Tierra caliza

Tenía ganas de escribir un cuento maldito, ahora que traigo las pupilas sangrientas y la piel ceniza. En este periodo de histeria, no podría desprenderme de palabras de amor ni de conceptos melosos. Traigo las uñas mal mordidas y las rodillas raspadas con heridas punzantes. Salté desde mi tren de vida, que atravesaba montañas verdes con cascadas y ríos color de plata, para estrellarme contra la tierra seca y áspera de los problemas del mundo; esta tierra sobre la que no nos arrastramos todos, pero a partir de la que sí construimos terribles moles de acero y carbono para olvidarnos del hambre de sus piedras calientes.

Hay quien ara y hurga entre la cal y el polvo de este suelo, con esperanza al principio, neciamente más tarde y finalmente enajenado por promesas imposibles aunque cautivadoras. Algunos, incluso, convencidos e idiotizados por la desgastante rutina, incitan a otros a rasguñar la piedra caliza para cercenarse los dedos e hidratar con su sangre una tierra que nada húmedo devolverá a cambio. De ella surgen sólo alacranes, serpientes y los huesos cascados de quienes fueron devorados por la creta.

Luego me pregunté si debía sentir codicia contra estos excavadores ilusos. De haber querido, habrían apedreádome cuando, después de irme de bruces y de rasguñarme el mentón contra la tierra seca, me puse de pie a regañadientes, gritándoles maldiciones. Pero nadie volteó siquiera a verme. Sólo un viejo, y se lo tragó el polvo.

La culpa es de la cal y las grandes rocas salvajes que ésta forma. Esas que esta gente rasca sin recibir nada a cambio más que sangre en los nudillos y polvareda en los pulmones. La tierra se blinda, codiciosa, contra la clemencia de las tripas hambrientas y los labios resecos de los excavadores, que buscan desesperadamente los retoños de las semillas cuya existencia les fue prometida durante toda su vida. Pero esa tierra insolente nada les obsequia.

Ni siquiera las lágrimas de angustia refrescan este suelo seco.

Un impulso humano y razonable me obliga a gritarles que subamos al tren y nos larguemos de este sitio inhóspito. Pero cómo, si de aquí somos y aquí están enterrados nuestros muertos. Cómo entregar la tierra al árido clima que sopla desde el norte. La gente rasca porque está segura de que hay oro y plata tras las rocas, tras la cal y tras su sangre.

“Acá es permanente la temporada de vacas flacas”, me dice un hombre discreto, de cabello blanco y acento tropical. “Es mejor que te pongas a cavar”.

Mas yo no creo que sea el último remedio. Había otros que viajaban conmigo a bordo de ese tren. Voy a esperar a que vuelvan, abandonen los vagones y me ayuden a nutrir esta tierra, a sacudir el polvo y a sembrar árboles frondosos.

¡Silencio!

Vivimos en un mundo de ruido. Hay ruido en los medios, en los chismes y hasta en la música. Cuánta cantidad de basura auditiva no sale a diario de las panificadoras discográficas, que la producen en serie como si de alimentarnos de nuevos éxitos dependiera nuestra supervivencia. Aunque, claro, su objetivo no es darnos de comer sonido sublime, sino consumir ellos las toneladas de billetes que sus residuos —reciclados una y otra vez— les retribuyen. Se debe pepenar entre montañas de estiércol para encontrar, cual brillantes gemas de un tesoro escondido bajo la miseria, la belleza, la vitalidad o la melancolía de una pieza musical camuflada entre el resto.

Las ciudades son grandes monumentos al ruido. Las calles, las avenidas y las carreteras no son más que ondas para conducir el ruido a todos los rincones de una urbe. Hay máquinas machacando la calma cada segundo; la estrujan y la desaparecen sin remedio mientras dura el día. Máquinas de acero y de carne y hueso. A veces, en un lunes cualquiera por la madrugada, apenas rasguñando la medianoche del domingo anterior, se puede sentir tranquilidad en una metrópoli, cuando la gente descansa y toma fuerzas para despedazar la paz el resto de la semana. El asfalto es una puta olvidada los lunes por la madrugada.

El ruido se mete hasta en el vuelo íntimo y espiritual que son los sueños. Soñar es, sin duda, la actividad privada por excelencia de las personas. Mientras soñamos, somos libres de inventarnos una nueva realidad a nuestra imagen y conveniencia, por más ridícula que le parezca al resto. En un sueño podemos matar a quien queramos y coger con quien deseemos. Nos apoderamos del alma de cualquiera sin que el otro pueda siquiera sospecharlo, a menos que cometamos la estupidez de contárselo a alguien.

Pero el maldito ruido proveniente de los clichés de la televisión, el cine y la literatura nos abruma los sueños. ¿Acaso alguno ha soñado tener sexo con la mujer o el hombre de sus sueños en algún lugar inconveniente, como entre las llamas del infierno, en las puertas del paraíso o frente a Dios mismo? ¿Alguien ha hecho el amor salvajemente con Dios o, más peligroso e inmoral aún, con el mismísimo Satanás? Seguramente no; y si lo han hecho, debió haber sido increíble. Aunque, admítanlo, a la mayoría ni siquiera se le había pasado por la cabeza, porque no es una fantasía corriente. ¡Está prohibido cogerse a un dios o a un demonio! Y nos bombardean con ruido todo el tiempo para no permitirnos esa libertad, porque debe necesitarse una claridad de mente muy especial para poder soñar una experiencia tan fascinante.

Ni siquiera el amor puede salvarse del ruido. Quizá éste menos que ninguno. Cuando nos enamoramos de alguien es cuando más atormentamos con ruido a nuestro pequeño, aunque narcisista cerebro. Nos llenamos la cabeza de miedos, paranoias y especulaciones. ¡Puro pinche ruido! Que si nos quieren o no; que si nos engañan o no; que si fingen el orgasmo o no. Nos atormentamos la vida con tantas pendejadas que, cuando estamos superándolas por fin, ya nos mandaron al carajo por idiotas. El amor —y es aquí donde radican todos los misterios de este arte suculento— está hecho para los sordos del corazón y las tripas; para aquellos que no se enteran siquiera de la montaña de problemitas minúsculos que a otros apabulla. Sepan que el amor debe oírse como un paro cardíaco y un hambre de tres días. Si son capaces de escucharlo, lo demás es simplemente ruido.

¡Silencio! Paren su maldito tren. Hay que aprender a escuchar el silencio. Es un sonido que retumba en los oídos, los hace estallar y provoca sordera. La sordera necesaria para poder inmiscuirnos en nosotros mismos. No hay meditación tan poderosa como la que se musicaliza con la sinfonía del silencio. Es más grave y poderoso que el Om, como el sonido de la tierra cuando tiembla; aunque, en este caso, nos sacude la cabeza a nosotros. Es un error pensar que el silencio es la ausencia de los sonidos, sino que es la nota más profunda de la naturaleza. Basta con darle el tiempo necesario a los oídos y al cerebro para que lo registren. Cuando lo consigan, verán que no podrán soportar el estruendo por mucho tiempo. Es avasallador. Pero en un mundo lleno de ruido, necesitamos un contrapeso ocasionalmente.

No es un debraye ni un ejercicio asiático o hippie; es cierto que el silencio tiene un sonido. Sólo cállense, dejen de leer e interrúmpanse a sí mismos. Que nada más suene a su alrededor. Cuando sus tímpanos hayan dejado de vibrar por el ruido que estaban escuchando antes, el Silencio aparecerá.

Hojas de plátano

Desde el plátano,
las gotas caen al suelo
en grandes chorros.

La madre de Tania había sembrado un plátano en medio de su diminuto jardín tres años atrás, cuando ella todavía era una pequeña de quince años y consideraba un fenómeno mágico el nacimiento de un gran árbol a partir de una semillita insignificante. Entonces creía en Dios. De otra manera, sin la intervención de un hálito divino de vida, le parecía imposible que aquello ocurriera. Y su madre le decía: “Hija, Dios está en las plantas”, cuando la niña preguntaba acerca de la asombrosa biología de la naturaleza.

Aunque Tania no necesitaba que se lo recordaran. Su juego favorito era recostarse en la hamaca que su padre había colgado en el mismo jardincito donde ahora rebozaba de vida el grandioso plátano, cerrar los ojos e imaginar cómo es que sucedían los fenómenos más inexplicables del mundo. Fue sobre esa hamaca donde comprendió que la guerra era la mayor demostración del hombre por parecer más humano y menos animal, que el hambre era la principal fortaleza interna de las personas y el amor, su pobreza más codiciada.

Luego, desde que su madre sembró el insignificante esqueje a medio jardín y le prometió que de éste surgiría un árbol alto, fuerte y de grandes hojas, que le regalarían una sombra espléndida para que pudiera seguir leyendo las fábulas de Horacio Quiroga aun durante las horas más abrumadoras del Sol al mediodía, Tania no se despegaba ya de ese rincón de la casa.

Al cumplir los dieciocho años, el árbol de plátano ya había alcanzado los cuatro metros de altura y sus hojas eran lo suficientemente amplias para cubrir del Sol la hamaca sobre la que Tania todavía se echaba a leer kilómetros de literatura y a descifrar los misterios existenciales que le atizaban constantemente. Lo único que podía arruinarle la intimidad del jardín, la hamaca y el plátano, era la lluvia. A pesar de que le encantaba mirar las tormentas eléctricas desde la fría humedad de la ventana de su recámara, no estaba dispuesta a permitir que las letras de sus libros se disolvieran entre sus manos en medio de torrentes de agua. Por eso, dentro de ella, ciertamente odiaba un poco que lloviera.

Curiosamente, era una tarde soleada aquella en que su madre le llamó por teléfono para avisarle que su padre estaba en el hospital, muy grave y casi inconsciente. Que fuera pronto. Tania, nerviosa y desconcertada, no se percató de haber dejado su antología favorita de haikus japoneses sobre la hamaca.

Cuando entró en la habitación, su padre miraba por la ventana la tormenta que ya caía sobre la ciudad. Escuchó entrar a Tania y apenas tuvo fuerzas para girar la cabeza, levantar el brazo y pedirle con una seña que se acercara a él. Entonces, con el último aliento de sus músculos, apretó la mano de su hija, le regaló la sonrisa más amorosa que ella jamás vería y le dijo: “Tania, pequeña, en la lluvia encontrarás todo lo que yo hubiera querido enseñarte”. Y cerró los ojos para siempre.

Tres días después, de vuelta en casa con su madre, Tania encontró su libro de haikus hecho trizas por las cascadas de agua que habían caído sobre él durante aquellos últimos días. Quiso hojearlo para buscar sobrevivientes entre las páginas, pero el papel se le deshacía en las manos. Botó el libro sobre el pasto, se tiró en la hamaca y comenzó a llorar inconsolablemente. No podía pensar sino en su padre y en el enorme vacío que su pérdida significaría para su vida.

Instantáneamente, la lluvia cayó de nuevo con fuerza, y Tania quedó empapada en un momento. Así que ya no le importó quedarse ahí, recostada, dejando que el agua le recorriera el rostro para borrar el rastro de sus lágrimas. Sin embargo, pronto se percató de que el chorro que caía hasta su cara era especialmente grueso y pesado; volteó hacia el cielo y entonces notó que aquel brote venía directamente desde lo alto del plátano. Tania permaneció con la mirada en alto, observando ese curioso fenómeno.

Las gotas de lluvia caían sobre las hojas del plátano y se reunían como si fueran de mercurio, formando gotas de mayor tamaño. Su peso, cada vez más grande por las pequeñas chispas de agua que seguían uniéndoseles, las arrastraba lentamente hacia la orilla de la hoja, donde se encontraban con otras grandes gotas y se integraban con ellas. Entonces, la sustancia líquida, el ser mismo de la gota era tan grande y tan sólido que se desprendía de la hoja y caía libremente hacia la tierra. Después se filtraría entre el suelo, junto con todas las grandes gotas que también habían obedecido a la gravedad, hasta llegar a las raíces del plátano, que las bebería y se nutriría de ellas para crecer más alto, rebozar más verde y extender más allá sus frondosas orejas de elefante.

En ese momento, Tania recordó las últimas palabras de su padre: la lluvia acababa de darle la lección más importante de su vida, así como él le había prometido. Las pequeñas, ínfimas gotas de agua que venían directamente del cielo, encontraban en las hojas del plátano un instante de coincidencia, de la misma forma que tantas caras cruzan frente a nosotros a lo largo de nuestro paso por este mundo. Pero las diminutas gotas se hermanaban entre sí, y juntas se volvían más fuertes: ¡adquirían naturaleza! De esta manera, unidas, recorrían el camino de la hoja hasta las últimas consecuencias. Finalmente, conformadas como un poderoso chorro de agua, habiendo conseguido toda la sabiduría que una chispa podía adquirir sobre una hoja de plátano, caían hasta la tierra para nutrirla. Ese era su precioso legado, su imborrable recuerdo.

Pasada la tormenta, Tania notó el espléndido brillo que recorría, de punta a punta, la grandeza del plátano en medio de su jardín. Se levantó de la hamaca, se arrimó al tronco y le propinó un tierno abrazo: había comprendido que venimos a este mundo para fundirnos como un solo ente; solamente unidos, verdaderamente compenetrados, podemos convertirnos en alimento de provecho para la lluvia que viene detrás de nosotros y para el frondoso plátano que es la vida.

El Sol había surgido nuevamente en lo alto del cielo.

Entre el ámbar y la memoria

No hace falta más que ir a Praga y pedir una cerveza para entenderla por completo. Claro que el sabor del fermento de cebada checo es delicioso, si bien son dueños de la denominación Pilsen, nativa de su ciudad homónima. Mas el ritual de la orden en el bar ocurre con una peculiaridad tan original como su pivo, ya que los meseros juegan al memorama con las peticiones de los clientes: intentan recordarlas todas sin la ayuda de una libreta; y no sólo la bebida, sino cualquier platillo de la carta que les encarguen. Fascinantemente, cumplen con cada una de las órdenes.

Praga es igual a la memoria de sus meseros. Parece que decidió permanecer en el recuerdo de su majestuoso pasado, cuando la realeza austro-húngara la saturó de palacios fantásticos, dignos de cualquier leyenda de princesas y dragones. No hay respiro para la mediocridad ni la indecencia arquitectónicas; cada pincelada pétrea fue concebida con la misma elegancia de la construcción final. Sus estrechas calles y acogedores callejones son el único sitio donde podría concebirse la aparición de hadas madrinas.

Sin embargo, ya oscurecido el cielo sobre Praga, toda ella es recubierta por una resina de ámbar para fosilizar su belleza frente a nuestros ojos, como si viéramos al mosquito milenario atrapado dentro de una piedra translúcida y pudiéramos adivinar su vuelo antiguo y enterarnos de los secretos de su época. Asimismo, surgen como susurros las historias de la metrópoli checa, desde cada uno de sus recovecos góticos y sus pilares renacentistas.

Solamente existió un mesero que se atrevió a tomar nota del espíritu de Praga, cuya osadía se vio obligado a pagar con la vida a corta edad. No es que la ciudad provoque un malestar como el de Gregorio Samsa, sino que la cápsula de tiempo dentro de la cual pervive hace incomprensible al resto del mundo, y eso es lo que debe confundir a sus habitantes. Desde el número 22 del Callejón del Oro, Kafka confirmó el esplendor de su cuna con puño y letra, a sólo 100 metros del castillo que inspirara su histórica novela. ¿O es que habrá otra manera de compararse frente a Praga que como un bicho despreciable?

No hay nada de la memoria de esta ciudad que ella misma olvide. Desde el medieval Puente de Carlos hasta los últimos años de su régimen comunista, cada recuerdo permanece tatuado arquitectónicamente alrededor de las aguas de la eterna juventud que riega a través de Praga el río Moldava. ¿Para qué olvidar si lo puede conservar todo intacto? Incluso su moneda, la corona checa, ha resistido el embate de la globalización económica europea. Cada uno de sus rasgos permanecen intactos, como un poema aprendido y disecado entre los labios de la Tierra.

Cuando se deja Praga, se le recuerda como se memoriza un cuento de buenas noches que se le narrará a un niño para que duerma con una sonrisa de esperanza. Aunque es un hecho que no hay cuentista convincente ni palabras ideales para hablar del recuerdo perpetuo de Praga como ella misma puede hacerlo, si bien lo ha visto todo en piedra propia durante el paso de cada uno de sus siglos, y no hay virtud más apreciable que la buena memoria.

El mito de la ciudad perfecta

Existen ciudades cuyas justas dimensiones son incomprensibles si no se llega a ellas con prejuicios sobre su representación histórica en la conciencia colectiva de la humanidad. Cuando se las visita, se vuelve imprescindible el pomposo conocimiento popular del arte y las ciencias procedentes o inspiradas por sus fronteras con hálito supremo, casi celestial. Las referencias a sus innovadores, renovadores y soñadores deben convertirse en parte misma del lenguaje, como se repite de memoria el himno de un país o se reza mecánicamente el Padre Nuestro en una iglesia; así, sin emotividad, pero también falto de errores o arritmias. Y no porque visitarlas sea una rutina tediosa, mucho menos si se comete el acierto por primera vez, sino por el hecho de tener bien presente, en todo momento, la fascinante aura mágica que les rodea y flota sobre sus callejones y corrientes. Sólo de esta manera, por ejemplo, puede entenderse, aunque sea en un diminuto aspecto de los miles que la conforman, una ciudad tan enigmática como París.

El turista regular, sin embargo, corre la suerte de hallar en la capital de Francia a la metrópolis más vulgar del planeta, célebremente hablando. Nadie tiene tanto bagaje cultural respecto a una ciudad extranjera como sobre París. Si se realizara una encuesta universal conforme a la cantidad de monumentos que cualquier persona corriente pudiera referir acerca de una urbe ajena a la suya, el primer puesto sería, sin duda alguna, para la Ciudad Luz. O si se preguntara por el lugar que mayor inspiración ha proveído a artistas de todos los lugares y épocas del mundo, la ciudad francesa sería nuevamente la vencedora.

París es, sencillamente, magnificente. Tiene grandeza por donde se le mire. No es necesario, siquiera, describir lo imponente de la Torre Eiffel, del Arco del Triunfo o del palacio de Versalles, puesto que, efectivamente, son tan formidables como se nos hace creer. También es cierto que el Moulin Rouge es el mejor cabaret sobre la faz de la tierra, que las bailarinas son esculturas de carne y hueso y que se cubren apenas con un hilito. No nos han mentido tampoco respecto al ambiente formidable del barrio artístico de Montmartre, donde cualquier bohemio quisiera quedarse de por vida. Todo, absolutamente todo lo que hayamos escuchado sobre París es verdadero.

Uno la visita solamente para confirmar sus sospechas. Después de mirar la Eiffel iluminada, navegar sobre el Sena y confirmar la arquitectura sublime de la Catedral de Notre Dame, no queda duda de que la Ilustración no hubiera podido ocurrir en otro lugar ni de por qué Carlos Fuentes quiso descansar en el cementerio de Montparnasse para la eternidad. La Gioconda, la expresión artística de mayor intriga en la historia, reside en la ciudad más bella que el hombre haya podido idear jamás.

París es tan magnífica que ha debido sobredimensionarse su único defecto para no considerarla perfecta, aunque éste sea tan insignificante como un cabello en el platillo favorito: el mal olor de sus habitantes. No obstante, cabe aclarar que el pestilente fenómeno apenas roza a la elegancia parisina. Incluso puedo afirmar, con un trago de saliva en la garganta y una gota de sudor nervioso corriendo por mi frente, que me he sofocado hasta saciarme con el aroma exquisito de tantas y tantas señoritas galas, perfume digno de la grandeza perpetua que siempre vivirá en París para maravillarnos hasta el fin de los tiempos, sin importar cuántas veces regresemos ni cuántos mitos verdaderos nos cuenten sobre ella.

Vuelo

Llevo cerca de seis horas montado en un avión de la línea Iberia, que me hace flotar 13 kilómetros por sobre el Océano Atlántico y que me ha alejado más que nunca de mi hogar y de mi patria. Mi destino es el hogar de castellanos, catalanes y vascos, lo que podría parecer emocionante para alguien como yo, que hoy se inaugura como turista global, siendo que todos sus viajes precedentes habían sido dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, puedo distinguir claramente una angustia a bordo. A bordo de mí, por supuesto, ya que el gran resto de los pasajeros agota las diez horas estimadas de este vuelo entre sueños, sudokus y consolas portátiles de videojuego.
Esta angustia, al parecer, me pertenece sólo a mí. Debo admitir que experimenté un ligero sobresalto cuando leí aquella nota del diario El País —que una sobrecargo me obsequió amablemente unos minutos después del despegue, a la voz de: “¿Quiere prensa española?”, y que hasta ahora ha sido mi principal entretenimiento— en donde afirman que antiguos combatientes de las fuerzas del caído ex dirigente libio Muamar Gadafi, tienen en su poder armamento ruso para derribar aviones comerciales y que la Unión Europea ha reconocido su incapacidad para rastrear y decomisar dicha artillería. Estoy consciente de la larga distancia entre el Atlántico y el desierto árabe, pero la paranoia de sobrevolar tierras desconocidas siempre le inquieta a uno. Pero éste conflicto internacional no es mi tormento personal.
Me incomoda, más bien, haber dejado mi país en el momento crítico y turbulento por el cual atraviesa, en medio de constantes movimientos y tomas callejeras, de los que, evidentemente, había sido convencido y animado partícipe hasta antes de mi partida. Me preocupa saber que hay cientos de miles de compatriotas luchando por conseguir, de una vez por todas, cambiar nuestro destino hacia un lugar feliz, y que yo no pueda acompañarles, seguro como estoy de que es éste, y no otro, el momento para lograrlo. Aunque me consuela la seguridad de que, sin saberlo ellos, mi corazón estará ahí, a su lado. Y mis fuerzas y mis esperanzas.
Ahora, poco a poco, nos hemos adentrado en el desconcierto de la oscuridad. De haber visto el espectáculo hermoso de una cama casi negra de nubes densas bajo nosotros y, en el horizonte, la delgada línea roja de la puesta de sol separándolas discretamente del vivo azul rey del cielo omnipresente, ya sólo nos queda la nada al exterior. Así, a ciegas, ¡desesperadamente a ciegas!, depositaré mi alma entre la lucha de mi tierra. Mientras tanto, prestaré atención a lo largo de mi visita al viejo continente, con la intención de averiguar en qué nos parecemos y por qué es que el mundo ha caído en esta depresión económicamente deshumanizada. Quizá ahí esté el problema y, por ende, la solución.

132

Hay pocas expresiones sociales en nuestro país tan percudidas como la marcha. La invasión citadina de las avenidas principales en una ciudad como la de México es tan recurrente que ya representa parte de su paisaje urbano y parada obligatoria del turibús. Tanto, que es difícil comprender cómo es que una nueva caminata con pancartas y consignas vociferadas entre el smog y los claxons será tomada en cuenta. Los marchistas podrían considerarse afortunados si los automovilistas les mandan al carajo y un helicóptero merodea sobre sus cabezas durante, al menos, un tramo de su circuito.

Además, la culpa siempre la tienen el SME, los maestros o los campesinos. (¡Esos hijos de la chingada!). No por nada, a las empresas y sus godínez les generan pavor los sindicatos, que, dicen, sólo sirven para producir revoltosos huevones. Por eso, cuando Sicilia atravesó cientos de kilómetros para llegar hasta el centro de la ciudad —a paralizarla de nuevo— con un rugido de amor y paz —cristiano, no hippie—, decenas de miles se le unieron, porque consideraron que su movimiento sí era diferente y, sobre todo, sincero.

Y aunque la llama del poeta se extinguió pronto, como versos de haiku, su trascendencia perpetua permaneció en el ambiente, igual que la reflexión profunda de las milenarias brevedades japonesas. Desde aquella compenetración entre diversos sectores sociales bajo la bandera de No más sangre, esquirlas de hartazgo quedaron en el aire de esta ciudad. Una conciencia, parecida a la fe religiosa —muda, pero inquebrantable—, invadió a un pueblo que se creía incapaz de conjuntarse por una causa en común. Esa fue la gran lección de Sicilia para los demás.

El motor había sido hallado, pero hacía falta un chispazo, una combustión para despertar el músculo social. El genocidio de una guerra civil disfrazada de enfrentamiento entre delincuentes no sería suficiente, como se demostró en el abrazo del poeta. Haría falta, más bien, que a la ciudadanía le llegara el tiempo de confrontarse con su porvenir, ese muro espinoso que lleva a puntos de crisis a pueblos enteros, de todas las razas y culturas.

Un fraude, hace seis años, curtió la voluntad de los mexicanos. Ahora, meses antes de la elección de un nuevo dirigente para el próximo sexenio, han sido diversas las protestas contra el candidato que se afirma como el elegido por una élite para seguir cumpliéndole favores hasta 2018. La gente se dio cuenta de que no basta con demostrar el apoyo a un candidato en las urnas, sino que, dada la vulgar corrupción imperante en este país, hace falta lanzarse contra aquél a quien desprecian. Las redes sociales, de hecho, han venido a dar uno de los vuelcos más importantes en la difusión de información que aliente a otros a unirse a este contraataque ciudadano.

Consecuencia del uso de estas herramientas digitales como armas contra el cerco informativo de los antidemocráticos medios de comunicación, han sido principalmente los jóvenes quienes, desde sus teclados, han difundido su desprecio por el candidato de las oligarquías corruptas de una nación con heridas abiertas y punzantes, en busca de un despertar social. No obstante, la respuesta de otros sectores sociales había sido prácticamente nula. Puede deducirse, incluso, que muchos creyeran que la juventud jugaba a protestar desde un escritorio, a pelear una revolución virtual como si se tratase de un juego de video. Los pronósticos no adivinaban más que un game over risible e intrascendente.

A esto se sumó un tibio debate en el que se esperaba ver ridiculizado al candidato predestinado a la silla presidencial; lo cual, dado el mesurado formato que se preparó para protegerle, nunca ocurrió. De ahí que “El Elegido” saliera sintiéndose fortalecido y, quizá, hasta invencible. Tanto, que se tomó el atrevimiento de pisar nuevamente, desde la Feria del Libro de Guadalajara, un escenario intelectual para exponer su campaña. Creyó, sin duda, que presentarse ante universitarios de clases altas no le representaría ningún conflicto; si la izquierda más venenosa no le había podido despeinar, qué lograrían los hijos de algunas familias acomodadas.

Su intrepidez se convirtió en el error más grande de su campaña. Hasta esa fecha, las protestas en su contra estaban delimitadas por una pantalla y una conexión a Internet; ofensivas, mas no dañinas. Pero su soberbia le dio vida a una conciencia colectiva que le hizo recobrar la memoria, puesto que había olvidado el aprieto en que un puñado de cuestionamientos inteligentes le podían meter. Se reencontró con su archienemigo: la información.

Y a pesar de los descarados intentos, sin prudencia ni profesionalismo, con que sus colaboradores pretendieron descalificar a aquellos ejemplares universitarios, nuevamente la virtud del pensamiento pudo más. Respaldados por el arma poderosa que representa la Internet para los jóvenes, presentaron las evidencias necesarias para acallar las injurias en su contra y, por si fuera poco, dieron origen a un movimiento social que por décadas el país no había visto nacer, en medio de tanta necesidad.23 de mayo

La intrascendencia pública que, dada la limitación virtual de las redes sociales, había tenido hasta entonces cualquier protesta contra el candidato, quedó atrás un 23 de mayo. Con sus credenciales en mano, los 131 estudiantes pioneros del reclamo convocaron a sus iguales a sumarse de a uno, y así dar comienzo a una gran colectividad consciente, con la bandera de la información izada en lo más alto. A través de las calles, sus voces exigían una nación de vuelta a sus hijos; no aceptarían un futuro quebrantado como su presente. Le gritaban a su patria que regresara con ellos: “¡México! ¡México!”.

No había surgido una réplica tan enérgica contra la manipulación de los encabezados de la prensa durante décadas en ese México que los jóvenes entrañan. Un movimiento contra el que los poderes más ambiciosos y corruptos ni siquiera pueden combatir en su génesis, pues esa democracia que los estudiantes descubrieron en las redes sociales, es a la que aspiran ahora en todos sus medios. La información a la que ellos tienen acceso, la pretenden para el resto. ¿Acaso hay mayor patriotismo que la búsqueda del bien común? No existe ninguna crítica válida contra el civismo.

Quizá, quitarse el miedo es lo más complicado. Sin embargo, una vez que la empatía por el bienestar se apodera del pensamiento de un individuo, de un grupo, de una avenida, de una ciudad entera, y se contagia luego a otros lugares, no hay nada a qué temer. El pueblo unido, consciente y decidido, jamás será vencido, manipulado o engañado. Una vez que los jóvenes comprendieron su peso específico dentro de la sociedad, tomaron las calles; y no para fastidiar a sus compatriotas, sino para contagiarles, sobre todo, su esperanza. No hay enemigo más dañino para un pueblo que la desilusión.

Este nuevo movimiento nació para desvanecer por completo a los fantasmas sociales y para disipar cualquier duda. A los jóvenes les interesa el destino de su país tanto como a cualquier individuo con un futuro incierto por delante, y decidieron encargarse de que éste sea justo y benevolente con cada uno de quienes lo conformen. Su clamor, por supuesto, exige por más de 132. Y, de a poco, esa cifra se multiplicará sin control.

“La patria los estaba esperando”.

Acordes de tensión