Vuelo

Llevo cerca de seis horas montado en un avión de la línea Iberia, que me hace flotar 13 kilómetros por sobre el Océano Atlántico y que me ha alejado más que nunca de mi hogar y de mi patria. Mi destino es el hogar de castellanos, catalanes y vascos, lo que podría parecer emocionante para alguien como yo, que hoy se inaugura como turista global, siendo que todos sus viajes precedentes habían sido dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, puedo distinguir claramente una angustia a bordo. A bordo de mí, por supuesto, ya que el gran resto de los pasajeros agota las diez horas estimadas de este vuelo entre sueños, sudokus y consolas portátiles de videojuego.
Esta angustia, al parecer, me pertenece sólo a mí. Debo admitir que experimenté un ligero sobresalto cuando leí aquella nota del diario El País —que una sobrecargo me obsequió amablemente unos minutos después del despegue, a la voz de: “¿Quiere prensa española?”, y que hasta ahora ha sido mi principal entretenimiento— en donde afirman que antiguos combatientes de las fuerzas del caído ex dirigente libio Muamar Gadafi, tienen en su poder armamento ruso para derribar aviones comerciales y que la Unión Europea ha reconocido su incapacidad para rastrear y decomisar dicha artillería. Estoy consciente de la larga distancia entre el Atlántico y el desierto árabe, pero la paranoia de sobrevolar tierras desconocidas siempre le inquieta a uno. Pero éste conflicto internacional no es mi tormento personal.
Me incomoda, más bien, haber dejado mi país en el momento crítico y turbulento por el cual atraviesa, en medio de constantes movimientos y tomas callejeras, de los que, evidentemente, había sido convencido y animado partícipe hasta antes de mi partida. Me preocupa saber que hay cientos de miles de compatriotas luchando por conseguir, de una vez por todas, cambiar nuestro destino hacia un lugar feliz, y que yo no pueda acompañarles, seguro como estoy de que es éste, y no otro, el momento para lograrlo. Aunque me consuela la seguridad de que, sin saberlo ellos, mi corazón estará ahí, a su lado. Y mis fuerzas y mis esperanzas.
Ahora, poco a poco, nos hemos adentrado en el desconcierto de la oscuridad. De haber visto el espectáculo hermoso de una cama casi negra de nubes densas bajo nosotros y, en el horizonte, la delgada línea roja de la puesta de sol separándolas discretamente del vivo azul rey del cielo omnipresente, ya sólo nos queda la nada al exterior. Así, a ciegas, ¡desesperadamente a ciegas!, depositaré mi alma entre la lucha de mi tierra. Mientras tanto, prestaré atención a lo largo de mi visita al viejo continente, con la intención de averiguar en qué nos parecemos y por qué es que el mundo ha caído en esta depresión económicamente deshumanizada. Quizá ahí esté el problema y, por ende, la solución.
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