El mito de la ciudad perfecta

Existen ciudades cuyas justas dimensiones son incomprensibles si no se llega a ellas con prejuicios sobre su representación histórica en la conciencia colectiva de la humanidad. Cuando se las visita, se vuelve imprescindible el pomposo conocimiento popular del arte y las ciencias procedentes o inspiradas por sus fronteras con hálito supremo, casi celestial. Las referencias a sus innovadores, renovadores y soñadores deben convertirse en parte misma del lenguaje, como se repite de memoria el himno de un país o se reza mecánicamente el Padre Nuestro en una iglesia; así, sin emotividad, pero también falto de errores o arritmias. Y no porque visitarlas sea una rutina tediosa, mucho menos si se comete el acierto por primera vez, sino por el hecho de tener bien presente, en todo momento, la fascinante aura mágica que les rodea y flota sobre sus callejones y corrientes. Sólo de esta manera, por ejemplo, puede entenderse, aunque sea en un diminuto aspecto de los miles que la conforman, una ciudad tan enigmática como París.

El turista regular, sin embargo, corre la suerte de hallar en la capital de Francia a la metrópolis más vulgar del planeta, célebremente hablando. Nadie tiene tanto bagaje cultural respecto a una ciudad extranjera como sobre París. Si se realizara una encuesta universal conforme a la cantidad de monumentos que cualquier persona corriente pudiera referir acerca de una urbe ajena a la suya, el primer puesto sería, sin duda alguna, para la Ciudad Luz. O si se preguntara por el lugar que mayor inspiración ha proveído a artistas de todos los lugares y épocas del mundo, la ciudad francesa sería nuevamente la vencedora.

París es, sencillamente, magnificente. Tiene grandeza por donde se le mire. No es necesario, siquiera, describir lo imponente de la Torre Eiffel, del Arco del Triunfo o del palacio de Versalles, puesto que, efectivamente, son tan formidables como se nos hace creer. También es cierto que el Moulin Rouge es el mejor cabaret sobre la faz de la tierra, que las bailarinas son esculturas de carne y hueso y que se cubren apenas con un hilito. No nos han mentido tampoco respecto al ambiente formidable del barrio artístico de Montmartre, donde cualquier bohemio quisiera quedarse de por vida. Todo, absolutamente todo lo que hayamos escuchado sobre París es verdadero.

Uno la visita solamente para confirmar sus sospechas. Después de mirar la Eiffel iluminada, navegar sobre el Sena y confirmar la arquitectura sublime de la Catedral de Notre Dame, no queda duda de que la Ilustración no hubiera podido ocurrir en otro lugar ni de por qué Carlos Fuentes quiso descansar en el cementerio de Montparnasse para la eternidad. La Gioconda, la expresión artística de mayor intriga en la historia, reside en la ciudad más bella que el hombre haya podido idear jamás.

París es tan magnífica que ha debido sobredimensionarse su único defecto para no considerarla perfecta, aunque éste sea tan insignificante como un cabello en el platillo favorito: el mal olor de sus habitantes. No obstante, cabe aclarar que el pestilente fenómeno apenas roza a la elegancia parisina. Incluso puedo afirmar, con un trago de saliva en la garganta y una gota de sudor nervioso corriendo por mi frente, que me he sofocado hasta saciarme con el aroma exquisito de tantas y tantas señoritas galas, perfume digno de la grandeza perpetua que siempre vivirá en París para maravillarnos hasta el fin de los tiempos, sin importar cuántas veces regresemos ni cuántos mitos verdaderos nos cuenten sobre ella.

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