Hojas de plátano

Desde el plátano,
las gotas caen al suelo
en grandes chorros.

La madre de Tania había sembrado un plátano en medio de su diminuto jardín tres años atrás, cuando ella todavía era una pequeña de quince años y consideraba un fenómeno mágico el nacimiento de un gran árbol a partir de una semillita insignificante. Entonces creía en Dios. De otra manera, sin la intervención de un hálito divino de vida, le parecía imposible que aquello ocurriera. Y su madre le decía: “Hija, Dios está en las plantas”, cuando la niña preguntaba acerca de la asombrosa biología de la naturaleza.

Aunque Tania no necesitaba que se lo recordaran. Su juego favorito era recostarse en la hamaca que su padre había colgado en el mismo jardincito donde ahora rebozaba de vida el grandioso plátano, cerrar los ojos e imaginar cómo es que sucedían los fenómenos más inexplicables del mundo. Fue sobre esa hamaca donde comprendió que la guerra era la mayor demostración del hombre por parecer más humano y menos animal, que el hambre era la principal fortaleza interna de las personas y el amor, su pobreza más codiciada.

Luego, desde que su madre sembró el insignificante esqueje a medio jardín y le prometió que de éste surgiría un árbol alto, fuerte y de grandes hojas, que le regalarían una sombra espléndida para que pudiera seguir leyendo las fábulas de Horacio Quiroga aun durante las horas más abrumadoras del Sol al mediodía, Tania no se despegaba ya de ese rincón de la casa.

Al cumplir los dieciocho años, el árbol de plátano ya había alcanzado los cuatro metros de altura y sus hojas eran lo suficientemente amplias para cubrir del Sol la hamaca sobre la que Tania todavía se echaba a leer kilómetros de literatura y a descifrar los misterios existenciales que le atizaban constantemente. Lo único que podía arruinarle la intimidad del jardín, la hamaca y el plátano, era la lluvia. A pesar de que le encantaba mirar las tormentas eléctricas desde la fría humedad de la ventana de su recámara, no estaba dispuesta a permitir que las letras de sus libros se disolvieran entre sus manos en medio de torrentes de agua. Por eso, dentro de ella, ciertamente odiaba un poco que lloviera.

Curiosamente, era una tarde soleada aquella en que su madre le llamó por teléfono para avisarle que su padre estaba en el hospital, muy grave y casi inconsciente. Que fuera pronto. Tania, nerviosa y desconcertada, no se percató de haber dejado su antología favorita de haikus japoneses sobre la hamaca.

Cuando entró en la habitación, su padre miraba por la ventana la tormenta que ya caía sobre la ciudad. Escuchó entrar a Tania y apenas tuvo fuerzas para girar la cabeza, levantar el brazo y pedirle con una seña que se acercara a él. Entonces, con el último aliento de sus músculos, apretó la mano de su hija, le regaló la sonrisa más amorosa que ella jamás vería y le dijo: “Tania, pequeña, en la lluvia encontrarás todo lo que yo hubiera querido enseñarte”. Y cerró los ojos para siempre.

Tres días después, de vuelta en casa con su madre, Tania encontró su libro de haikus hecho trizas por las cascadas de agua que habían caído sobre él durante aquellos últimos días. Quiso hojearlo para buscar sobrevivientes entre las páginas, pero el papel se le deshacía en las manos. Botó el libro sobre el pasto, se tiró en la hamaca y comenzó a llorar inconsolablemente. No podía pensar sino en su padre y en el enorme vacío que su pérdida significaría para su vida.

Instantáneamente, la lluvia cayó de nuevo con fuerza, y Tania quedó empapada en un momento. Así que ya no le importó quedarse ahí, recostada, dejando que el agua le recorriera el rostro para borrar el rastro de sus lágrimas. Sin embargo, pronto se percató de que el chorro que caía hasta su cara era especialmente grueso y pesado; volteó hacia el cielo y entonces notó que aquel brote venía directamente desde lo alto del plátano. Tania permaneció con la mirada en alto, observando ese curioso fenómeno.

Las gotas de lluvia caían sobre las hojas del plátano y se reunían como si fueran de mercurio, formando gotas de mayor tamaño. Su peso, cada vez más grande por las pequeñas chispas de agua que seguían uniéndoseles, las arrastraba lentamente hacia la orilla de la hoja, donde se encontraban con otras grandes gotas y se integraban con ellas. Entonces, la sustancia líquida, el ser mismo de la gota era tan grande y tan sólido que se desprendía de la hoja y caía libremente hacia la tierra. Después se filtraría entre el suelo, junto con todas las grandes gotas que también habían obedecido a la gravedad, hasta llegar a las raíces del plátano, que las bebería y se nutriría de ellas para crecer más alto, rebozar más verde y extender más allá sus frondosas orejas de elefante.

En ese momento, Tania recordó las últimas palabras de su padre: la lluvia acababa de darle la lección más importante de su vida, así como él le había prometido. Las pequeñas, ínfimas gotas de agua que venían directamente del cielo, encontraban en las hojas del plátano un instante de coincidencia, de la misma forma que tantas caras cruzan frente a nosotros a lo largo de nuestro paso por este mundo. Pero las diminutas gotas se hermanaban entre sí, y juntas se volvían más fuertes: ¡adquirían naturaleza! De esta manera, unidas, recorrían el camino de la hoja hasta las últimas consecuencias. Finalmente, conformadas como un poderoso chorro de agua, habiendo conseguido toda la sabiduría que una chispa podía adquirir sobre una hoja de plátano, caían hasta la tierra para nutrirla. Ese era su precioso legado, su imborrable recuerdo.

Pasada la tormenta, Tania notó el espléndido brillo que recorría, de punta a punta, la grandeza del plátano en medio de su jardín. Se levantó de la hamaca, se arrimó al tronco y le propinó un tierno abrazo: había comprendido que venimos a este mundo para fundirnos como un solo ente; solamente unidos, verdaderamente compenetrados, podemos convertirnos en alimento de provecho para la lluvia que viene detrás de nosotros y para el frondoso plátano que es la vida.

El Sol había surgido nuevamente en lo alto del cielo.

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