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Líbranos del mal

Dejé de creer en la iglesia católica cuando cumplí la mayoría de edad y pude comenzar a hacerme cargo de mis decisiones. Entonces empezaba la universidad y mi carrera me alentó a consumir, en mayor medida y frecuencia, los medios de comunicación. Por el perfil de mis mejores maestros y el de mi propia ideología, mi acercamiento al periodismo se inclinó hacia las publicaciones críticas y de izquierda.

Justo por aquellos meses, el exsacerdote Marcial Maciel fallecía y medios como Proceso yLa Jornada retomaban el caso del fundador de los Legionarios de Cristo, quien estaba involucrado en decenas de abusos sexuales a niños sin que se le hubiera juzgado legalmente y sin que El Vaticano ni el papa Juan Pablo II hubieran tomado acciones contundentes en su contra sino hasta 2006, siendo que los abusos habían sido denunciados desde 1997. La iglesia decidió, sencillamente, retirarlo del ministerio sacerdotal y le recomendó consagrarse a una vida de oración y penitencia, casi 10 años después de las acusaciones iniciales.

A pesar de que la religión católica me fue inculcada desde niño y de que prácticamente la totalidad de mi familia obedece a este culto, la repugnante indignación que me provocó el conocimiento de la compleja cadena de encubrimientos en cada eslabón de la organización eclesiástica para proteger a un sacerdote pederasta que, por demás, atribuía millones de dólares de ganancias para El Vaticano cada año, me llevó a tomar la decisión de renunciar permanentemente a ella; además de que sus personalidades más ensalzadas, como Karol Wojtyla (Juan Pablo II) y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), pasaron de ser personajes admirables, casi santos, a viles criminales dentro de mi particular percepción de los hechos.

La crudeza de mis palabras y lo radical de mis decisiones son producto de toda la información que leí entonces sobre los delitos cometidos por el bastardo Maciel y la cúpula que le auspiciaba. No podía ser indiferente a las dolorosas declaraciones con que las víctimas acusaban al sacerdote y la nula respuesta que recibían por parte de la iglesia en sus súplicas por apoyo. ¿Con qué ingenuidad podría yo seguir creyendo en la profesión de una fe que abandona a sus seguidores en momentos oscuros? Y no me refiero sólo a una poderosa jerarquía atrincherada en la Basílica de San Pedro sino a cada uno de los párrocos de las capillas locales, quienes gozan del privilegio del anonimato mediático para hacer oídos sordos y vista gorda ante los crímenes sexuales que se cometen cada día dentro de su propia organización. ¿Acaso los denuncian frente a su congregación y exigen acciones eclesiásticas y legales en contra de los culpables? No. Si así fuera, un cisma habría ocurrido hace muchos años en el catolicismo.

Como dije, me motivó a cometer mi propio cisma la empatía con el dolor de las víctimas de Maciel, de quienes sólo leí sus declaraciones en papel, así como las de otros personajes involucrados en el caso. Sin embargo, nunca escuché sus voces ni tampoco vi sus rostros. Por cuanto pueda el lenguaje transmitir una emoción, sea esta positiva o negativa, a menos que sea utilizado por un genio literario, difícilmente es comparable con la emotividad que contagian el matiz y el tono de una voz o los gestos en la cara de quien habla. Si bien un texto puede ser efímero en nuestra mente, un semblante es duradero, trascendental y contundente en el recuerdo.

No había escuchado referencias sobre el documental Líbranos del mal, de Amy Berg, hasta hace poco. Ahora sé que incluso estuvo nominado a un Óscar, pero desconozco cuánta gente en México lo ha visto o al menos ha oído alguna reseña al respecto. Por el ferviente catolicismo que se practica en nuestro país, dudo que la difusión haya sido sobresaliente. En dicho largometraje se aborda el caso del sacerdote católico irlandés Oliver O’Grady, quien confiesa abiertamente haber abusado de niños entre los años 70 y 90 y quien estuvo preso siete de los 14 años a los que fue condenado por sus delitos.

Más allá del hecho noticioso y de la impecable información que expone el documental, con declaraciones de O’Grady y de los superiores que lo encubrieron durante décadas, me calaron profundamente las intervenciones tanto de las víctimas como de sus padres. Vi en ellos, en sus palabras y en su pesar la misma tragedia por la que debieron haber pasado los perjudicados por Maciel. ¿Cuánto dolor puede provocar la traición a la confianza que una familia deposita en una figura casi divina y cómo daña a la fe y al espíritu de los afectados?

No pretendo convencer a nadie de abandonar sus cultos ni de generar rencores ajenos contra ninguno, sino de compartir una obra que, al menos a mí, me ha confirmado el atino de mis decisiones por medio de la exhibición de la injusticia que nos es ocultada sistemáticamente e incluso negada cuando la cuestionamos. Cada cual será libre de formar sus propios argumentos al final, pero estoy convencido de que sería insensato y absurdo censurar para nosotros mismos la realidad. Al menos la empatía con las víctimas podría alentarnos a tomar acciones que cambien de una vez por todas los abusos en cada una de las esferas de nuestra vida, incluida la espiritual. Nosotros somos el único camino.

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¡Silencio!

Vivimos en un mundo de ruido. Hay ruido en los medios, en los chismes y hasta en la música. Cuánta cantidad de basura auditiva no sale a diario de las panificadoras discográficas, que la producen en serie como si de alimentarnos de nuevos éxitos dependiera nuestra supervivencia. Aunque, claro, su objetivo no es darnos de comer sonido sublime, sino consumir ellos las toneladas de billetes que sus residuos —reciclados una y otra vez— les retribuyen. Se debe pepenar entre montañas de estiércol para encontrar, cual brillantes gemas de un tesoro escondido bajo la miseria, la belleza, la vitalidad o la melancolía de una pieza musical camuflada entre el resto.

Las ciudades son grandes monumentos al ruido. Las calles, las avenidas y las carreteras no son más que ondas para conducir el ruido a todos los rincones de una urbe. Hay máquinas machacando la calma cada segundo; la estrujan y la desaparecen sin remedio mientras dura el día. Máquinas de acero y de carne y hueso. A veces, en un lunes cualquiera por la madrugada, apenas rasguñando la medianoche del domingo anterior, se puede sentir tranquilidad en una metrópoli, cuando la gente descansa y toma fuerzas para despedazar la paz el resto de la semana. El asfalto es una puta olvidada los lunes por la madrugada.

El ruido se mete hasta en el vuelo íntimo y espiritual que son los sueños. Soñar es, sin duda, la actividad privada por excelencia de las personas. Mientras soñamos, somos libres de inventarnos una nueva realidad a nuestra imagen y conveniencia, por más ridícula que le parezca al resto. En un sueño podemos matar a quien queramos y coger con quien deseemos. Nos apoderamos del alma de cualquiera sin que el otro pueda siquiera sospecharlo, a menos que cometamos la estupidez de contárselo a alguien.

Pero el maldito ruido proveniente de los clichés de la televisión, el cine y la literatura nos abruma los sueños. ¿Acaso alguno ha soñado tener sexo con la mujer o el hombre de sus sueños en algún lugar inconveniente, como entre las llamas del infierno, en las puertas del paraíso o frente a Dios mismo? ¿Alguien ha hecho el amor salvajemente con Dios o, más peligroso e inmoral aún, con el mismísimo Satanás? Seguramente no; y si lo han hecho, debió haber sido increíble. Aunque, admítanlo, a la mayoría ni siquiera se le había pasado por la cabeza, porque no es una fantasía corriente. ¡Está prohibido cogerse a un dios o a un demonio! Y nos bombardean con ruido todo el tiempo para no permitirnos esa libertad, porque debe necesitarse una claridad de mente muy especial para poder soñar una experiencia tan fascinante.

Ni siquiera el amor puede salvarse del ruido. Quizá éste menos que ninguno. Cuando nos enamoramos de alguien es cuando más atormentamos con ruido a nuestro pequeño, aunque narcisista cerebro. Nos llenamos la cabeza de miedos, paranoias y especulaciones. ¡Puro pinche ruido! Que si nos quieren o no; que si nos engañan o no; que si fingen el orgasmo o no. Nos atormentamos la vida con tantas pendejadas que, cuando estamos superándolas por fin, ya nos mandaron al carajo por idiotas. El amor —y es aquí donde radican todos los misterios de este arte suculento— está hecho para los sordos del corazón y las tripas; para aquellos que no se enteran siquiera de la montaña de problemitas minúsculos que a otros apabulla. Sepan que el amor debe oírse como un paro cardíaco y un hambre de tres días. Si son capaces de escucharlo, lo demás es simplemente ruido.

¡Silencio! Paren su maldito tren. Hay que aprender a escuchar el silencio. Es un sonido que retumba en los oídos, los hace estallar y provoca sordera. La sordera necesaria para poder inmiscuirnos en nosotros mismos. No hay meditación tan poderosa como la que se musicaliza con la sinfonía del silencio. Es más grave y poderoso que el Om, como el sonido de la tierra cuando tiembla; aunque, en este caso, nos sacude la cabeza a nosotros. Es un error pensar que el silencio es la ausencia de los sonidos, sino que es la nota más profunda de la naturaleza. Basta con darle el tiempo necesario a los oídos y al cerebro para que lo registren. Cuando lo consigan, verán que no podrán soportar el estruendo por mucho tiempo. Es avasallador. Pero en un mundo lleno de ruido, necesitamos un contrapeso ocasionalmente.

No es un debraye ni un ejercicio asiático o hippie; es cierto que el silencio tiene un sonido. Sólo cállense, dejen de leer e interrúmpanse a sí mismos. Que nada más suene a su alrededor. Cuando sus tímpanos hayan dejado de vibrar por el ruido que estaban escuchando antes, el Silencio aparecerá.

Hojas de plátano

Desde el plátano,
las gotas caen al suelo
en grandes chorros.

La madre de Tania había sembrado un plátano en medio de su diminuto jardín tres años atrás, cuando ella todavía era una pequeña de quince años y consideraba un fenómeno mágico el nacimiento de un gran árbol a partir de una semillita insignificante. Entonces creía en Dios. De otra manera, sin la intervención de un hálito divino de vida, le parecía imposible que aquello ocurriera. Y su madre le decía: “Hija, Dios está en las plantas”, cuando la niña preguntaba acerca de la asombrosa biología de la naturaleza.

Aunque Tania no necesitaba que se lo recordaran. Su juego favorito era recostarse en la hamaca que su padre había colgado en el mismo jardincito donde ahora rebozaba de vida el grandioso plátano, cerrar los ojos e imaginar cómo es que sucedían los fenómenos más inexplicables del mundo. Fue sobre esa hamaca donde comprendió que la guerra era la mayor demostración del hombre por parecer más humano y menos animal, que el hambre era la principal fortaleza interna de las personas y el amor, su pobreza más codiciada.

Luego, desde que su madre sembró el insignificante esqueje a medio jardín y le prometió que de éste surgiría un árbol alto, fuerte y de grandes hojas, que le regalarían una sombra espléndida para que pudiera seguir leyendo las fábulas de Horacio Quiroga aun durante las horas más abrumadoras del Sol al mediodía, Tania no se despegaba ya de ese rincón de la casa.

Al cumplir los dieciocho años, el árbol de plátano ya había alcanzado los cuatro metros de altura y sus hojas eran lo suficientemente amplias para cubrir del Sol la hamaca sobre la que Tania todavía se echaba a leer kilómetros de literatura y a descifrar los misterios existenciales que le atizaban constantemente. Lo único que podía arruinarle la intimidad del jardín, la hamaca y el plátano, era la lluvia. A pesar de que le encantaba mirar las tormentas eléctricas desde la fría humedad de la ventana de su recámara, no estaba dispuesta a permitir que las letras de sus libros se disolvieran entre sus manos en medio de torrentes de agua. Por eso, dentro de ella, ciertamente odiaba un poco que lloviera.

Curiosamente, era una tarde soleada aquella en que su madre le llamó por teléfono para avisarle que su padre estaba en el hospital, muy grave y casi inconsciente. Que fuera pronto. Tania, nerviosa y desconcertada, no se percató de haber dejado su antología favorita de haikus japoneses sobre la hamaca.

Cuando entró en la habitación, su padre miraba por la ventana la tormenta que ya caía sobre la ciudad. Escuchó entrar a Tania y apenas tuvo fuerzas para girar la cabeza, levantar el brazo y pedirle con una seña que se acercara a él. Entonces, con el último aliento de sus músculos, apretó la mano de su hija, le regaló la sonrisa más amorosa que ella jamás vería y le dijo: “Tania, pequeña, en la lluvia encontrarás todo lo que yo hubiera querido enseñarte”. Y cerró los ojos para siempre.

Tres días después, de vuelta en casa con su madre, Tania encontró su libro de haikus hecho trizas por las cascadas de agua que habían caído sobre él durante aquellos últimos días. Quiso hojearlo para buscar sobrevivientes entre las páginas, pero el papel se le deshacía en las manos. Botó el libro sobre el pasto, se tiró en la hamaca y comenzó a llorar inconsolablemente. No podía pensar sino en su padre y en el enorme vacío que su pérdida significaría para su vida.

Instantáneamente, la lluvia cayó de nuevo con fuerza, y Tania quedó empapada en un momento. Así que ya no le importó quedarse ahí, recostada, dejando que el agua le recorriera el rostro para borrar el rastro de sus lágrimas. Sin embargo, pronto se percató de que el chorro que caía hasta su cara era especialmente grueso y pesado; volteó hacia el cielo y entonces notó que aquel brote venía directamente desde lo alto del plátano. Tania permaneció con la mirada en alto, observando ese curioso fenómeno.

Las gotas de lluvia caían sobre las hojas del plátano y se reunían como si fueran de mercurio, formando gotas de mayor tamaño. Su peso, cada vez más grande por las pequeñas chispas de agua que seguían uniéndoseles, las arrastraba lentamente hacia la orilla de la hoja, donde se encontraban con otras grandes gotas y se integraban con ellas. Entonces, la sustancia líquida, el ser mismo de la gota era tan grande y tan sólido que se desprendía de la hoja y caía libremente hacia la tierra. Después se filtraría entre el suelo, junto con todas las grandes gotas que también habían obedecido a la gravedad, hasta llegar a las raíces del plátano, que las bebería y se nutriría de ellas para crecer más alto, rebozar más verde y extender más allá sus frondosas orejas de elefante.

En ese momento, Tania recordó las últimas palabras de su padre: la lluvia acababa de darle la lección más importante de su vida, así como él le había prometido. Las pequeñas, ínfimas gotas de agua que venían directamente del cielo, encontraban en las hojas del plátano un instante de coincidencia, de la misma forma que tantas caras cruzan frente a nosotros a lo largo de nuestro paso por este mundo. Pero las diminutas gotas se hermanaban entre sí, y juntas se volvían más fuertes: ¡adquirían naturaleza! De esta manera, unidas, recorrían el camino de la hoja hasta las últimas consecuencias. Finalmente, conformadas como un poderoso chorro de agua, habiendo conseguido toda la sabiduría que una chispa podía adquirir sobre una hoja de plátano, caían hasta la tierra para nutrirla. Ese era su precioso legado, su imborrable recuerdo.

Pasada la tormenta, Tania notó el espléndido brillo que recorría, de punta a punta, la grandeza del plátano en medio de su jardín. Se levantó de la hamaca, se arrimó al tronco y le propinó un tierno abrazo: había comprendido que venimos a este mundo para fundirnos como un solo ente; solamente unidos, verdaderamente compenetrados, podemos convertirnos en alimento de provecho para la lluvia que viene detrás de nosotros y para el frondoso plátano que es la vida.

El Sol había surgido nuevamente en lo alto del cielo.

El arte de la justificación

De pronto crucé la frontera entra Austria e Italia cual piedra de granizo contra suelo caliente: me deshelé por completo. La dureza de los vocablos germánicos tornó súbitamente en musicalidad latina, así como la frialdad de los Alpes desciende hasta la calidez del mar Adriático. Las tablas de esquí se traducen en góndolas venecianas mientras que las pálidas y quebradizas piernas de las mujeres adquieren tono, ritmo y melodía. Las divisiones políticas no son cuestión exclusiva de la geografía terráquea.

Así son los puentes de Venecia, como atractivas piernas que conectan al suelo entre sus islas y lo conducen hasta las supremas cúpulas de su arquitectura. Uno se mueve entre ellas a través de venas —que serían la acepción perfecta para su nombre—, cuya estrechez no admite la navegación más que de delgadas, estilizadas y elegantísimas embarcaciones, como si de modelos se tratara, esculpidas incluso a mano, de la misma manera que los dioses formaron al hombre a partir del barro. Una estética excelsa es la constante a lo largo del panorama italiano.

Fiel a las ondas del agua que le rodea y se entromete por todos los rincones de su fisonomía, la plaza de San Marcos es una extensión petrificada de los canales de Venecia. Alrededor la enmarcan una cadena constante de arcos, que llegan al clímax en la fachada de la basílica hasta apuntar al cielo desde la perfecta redondez de sus domos. Sus arquivoltas, además, complementan este homenaje a la parábola líquida con murales coloreados a partir de piedras preciosas y láminas de oro, así como los rayos del sol perturban las tonalidades del mar.

En cambio, Roma es la cumbre del politeísmo arquitectónico. Desde que Rómulo y Remo fueron rescatados de las aguas del Tíber hasta que la iglesia católica decidió agandallarse una porción del territorio romano para establecer ahí el cerebro de sus operaciones internacionales, cada una de las etapas que han ocupado fragmentos del cronograma de la capital italiana la convierten en el centro mundial de la diversidad edificativa, porque sobre el suelo de Roma ha sido adorada cualquier cantidad de dioses.

A lo largo de su historia, el hombre ha construido edificios monumentales únicamente por dos motivos: para satisfacer a sus deidades o para complacerse a sí mismo. El Coliseo es una exaltación del ocio en su más perversa expresión; los romanos, a través de la grandeza de su monumento, erigieron una mole con tal de justificar la diversión que encontraban en la violencia. La malicia, en algún momento, se transforma en ceños perplejos y susurros de admiración frente al anfiteatro ¿No ocurre lo mismo, acaso, con la brillante arquitectura arábiga de la Plaza de las Ventas en Madrid? A veces el arte puede ser el argumento ideal para acreditar la muerte.

Sobre esa misma tierra caliente donde alguna ocasión murieron los gladiadores, se levanta un par de tremendas construcciones: el Panteón de Agripa y el complejo arquitectónico del Vaticano. En su diseño, sus creadores implantaron las más notables capacidades humanas, con el fin exclusivo de que los templos fueran una ofrenda preciosa para sus respectivos dioses. El gran empeño es evidente, sobre todo, en las cúpulas de ambos edificios, en cuya planeación debieron participar los artistas más sobresalientes de sus épocas. Basta con aclarar que fue el legendario Michelangelo Buonarroti el visionario de la gigantesca cabeza de la Basílica de San Pedro, inspirado por la que llamó su hermana gemela: la cúpula de la basílica florentina.

Lo que Stendhal padeció frente a la Santa Cruz, en Florencia, no es exageración, presunción ni charlatanería. Cada una de las cinceladuras sobre sus muros externos es la virtud del éxtasis que el Renacimiento generó en la vida artística de Europa. Se nota en los trazos el ansia del hombre por terminar para siempre con el oscurantismo de la Edad Media y explorar los límites de su libertad creativa. Aunque, después de todo, el motivo seguía siendo Dios.

En Florencia respiran las obras supremas del Renacimiento, creaciones verdaderamente majestuosas. Ahí se esconde de la intemperie, tras los muros de la Galería de la Academia, el inmaculado David, sobre cuyo mármol Miguel Ángel proyectara el espíritu renovador de la ciudad en esa época, a través, precisamente, de una figura religiosa. El gran artista del ocaso medieval fue incapaz de idear más allá de los límites cristianos, de la misma manera que sus demás contemporáneos; aunque con ese pretexto, elaboraron obras majestuosas.

Italia, en su generalidad, es la justificación perfecta de la religiosidad, especialmente del cristianismo. Cada uno de los artistas que colaboraron en su soberbia construcción, tenía en mente satisfacer su culto, y para ello persiguieron la grandeza en todo momento. Provoca nostalgia suponer lo que aquellos grandes creadores habrían podido hacer sin el peso de una divinidad sobre ellos. Sin embargo, también resulta difícil imaginar qué tan lejos hubieran llegado sin la inspiración de un ente superior a ellos mismos. El Coliseo es una pista, pero no puede asegurarnos nada al final. Así que quizá, y lo afirmo sólo en tono de sospecha, la religión nos conviene como pretexto para labrar y admirar las piezas de arte más sorprendentes de nuestra historia. Y nada más.

Entre el ámbar y la memoria

No hace falta más que ir a Praga y pedir una cerveza para entenderla por completo. Claro que el sabor del fermento de cebada checo es delicioso, si bien son dueños de la denominación Pilsen, nativa de su ciudad homónima. Mas el ritual de la orden en el bar ocurre con una peculiaridad tan original como su pivo, ya que los meseros juegan al memorama con las peticiones de los clientes: intentan recordarlas todas sin la ayuda de una libreta; y no sólo la bebida, sino cualquier platillo de la carta que les encarguen. Fascinantemente, cumplen con cada una de las órdenes.

Praga es igual a la memoria de sus meseros. Parece que decidió permanecer en el recuerdo de su majestuoso pasado, cuando la realeza austro-húngara la saturó de palacios fantásticos, dignos de cualquier leyenda de princesas y dragones. No hay respiro para la mediocridad ni la indecencia arquitectónicas; cada pincelada pétrea fue concebida con la misma elegancia de la construcción final. Sus estrechas calles y acogedores callejones son el único sitio donde podría concebirse la aparición de hadas madrinas.

Sin embargo, ya oscurecido el cielo sobre Praga, toda ella es recubierta por una resina de ámbar para fosilizar su belleza frente a nuestros ojos, como si viéramos al mosquito milenario atrapado dentro de una piedra translúcida y pudiéramos adivinar su vuelo antiguo y enterarnos de los secretos de su época. Asimismo, surgen como susurros las historias de la metrópoli checa, desde cada uno de sus recovecos góticos y sus pilares renacentistas.

Solamente existió un mesero que se atrevió a tomar nota del espíritu de Praga, cuya osadía se vio obligado a pagar con la vida a corta edad. No es que la ciudad provoque un malestar como el de Gregorio Samsa, sino que la cápsula de tiempo dentro de la cual pervive hace incomprensible al resto del mundo, y eso es lo que debe confundir a sus habitantes. Desde el número 22 del Callejón del Oro, Kafka confirmó el esplendor de su cuna con puño y letra, a sólo 100 metros del castillo que inspirara su histórica novela. ¿O es que habrá otra manera de compararse frente a Praga que como un bicho despreciable?

No hay nada de la memoria de esta ciudad que ella misma olvide. Desde el medieval Puente de Carlos hasta los últimos años de su régimen comunista, cada recuerdo permanece tatuado arquitectónicamente alrededor de las aguas de la eterna juventud que riega a través de Praga el río Moldava. ¿Para qué olvidar si lo puede conservar todo intacto? Incluso su moneda, la corona checa, ha resistido el embate de la globalización económica europea. Cada uno de sus rasgos permanecen intactos, como un poema aprendido y disecado entre los labios de la Tierra.

Cuando se deja Praga, se le recuerda como se memoriza un cuento de buenas noches que se le narrará a un niño para que duerma con una sonrisa de esperanza. Aunque es un hecho que no hay cuentista convincente ni palabras ideales para hablar del recuerdo perpetuo de Praga como ella misma puede hacerlo, si bien lo ha visto todo en piedra propia durante el paso de cada uno de sus siglos, y no hay virtud más apreciable que la buena memoria.

Lecciones de pueblo bicicletero

Qué equivocados estaban quienes desecharon a la bicicleta como medio de transporte primario y la devaluaron a equivalente de subdesarrollo, al grado ridículo de adjetivar de “bicicletero” a un pueblo, con la burda intención de acusarlo por su pobreza o ignorancia. Cuál sería la sorpresa de estos inquisidores urbanistas si pisaran territorios de primer mundo que contradijeran sus hipócritas teorías y les demostraran que, en realidad, los incultos eran ellos. Para estos casos, no hay mejor lección de modernidad en dos ruedas a pedales que la ofrecida por los Países Bajos, popularmente reconocidos como Holanda, y especialmente por su capital, la revolucionaria ciudad de Ámsterdam.

Viajar no significa únicamente diversión, ocio o aprendizaje. Enfrentarnos cara a cara con una cultura distinta, en su entorno natural, es igual a pararse delante de un espejo o impactar a toda velocidad contra un muro: ninguno puede salir ileso. Se hace turismo para sacudirse la conciencia; los souvenirs no dan fe de nada hasta que se demuestre, con acciones, lo contrario. Por lo tanto, si se visita Ámsterdam, el mejor recuerdito que uno puede llevarse no es un dulce aromatizado a marihuana, sino, por supuesto, una bicicleta, porque es ésta su principal demostración de vanguardia y modernidad.

Los neerlandeses lo saben, por eso la han colocado en un escaño superior al peatón mismo en sus normas viales, para enaltecer frente a los ojos del extranjero su superioridad urbana. Lo suyo no es altanería ni mucho menos barbarismo, no debe confundirse. Es que si no lo hicieran así, los demás seríamos tan torpes como para no verlo.

Luego, de la mano de la bicicleta es que nos conducen hacia los demás puntos de su superioridad cultural y urbana sobre la nuestra. Si no nos obligaran a respetar el paso de sus dos ruedas a base de atropellos y toques de campanillas, serían incomprensibles, para nosotros, todas las otras libertades que han conquistado. De no ser por la pureza que irradian sus bicicletas, los turistas medievales —que somos todos— no pararían de persignarse frente a los escaparates del Barrio Rojo o entre el penetrante aroma que emana de las coffee shops.

De no ser por la bicicleta, Ámsterdam no sería, para nuestras subdesarrolladas conciencias, más que la capital del libertinaje legalmente establecido. No asimilaríamos el hecho de que los neerlandeses han sido el primer pueblo en aprender las lecciones de la historia: cuanto más prohíbes, peor se pone. Pero es un hecho que nos desconcierta la escasa violencia y la notable ausencia de policías en una ciudad que se ha abierto a todo lo que nosotros todavía consideramos tabúes en el resto del mundo.

Ámsterdam no es valiosa por su arquitectura clásica ni sus antiguos canales; eso está bien sólo para las fotografías. Esta ciudad vale su peso en libertad, y para respirarla hay que dejarse conquistar por ella, meterle las narices y los ojos hasta el fondo. Es necesario inhalar el humo de la yerba calcinada en sus calles y mirar a los ojos a las mujeres bajo las luces rojas. Hay que desnudar a Ámsterdam y permitir que a nosotros nos despoje de nuestros prejuicios moralistas hipócritas. Finalmente, lo que perseguimos es vivir en nuestra Ámsterdam particular, donde haya riqueza bien distribuida, ecología y, por supuesto, libertad. Y, dado que todos quisiéramos formar parte de un pueblo bicicletero como éste, podemos empezar por lo más obvio: ¡montémonos sobre una bicicleta!

El mito de la ciudad perfecta

Existen ciudades cuyas justas dimensiones son incomprensibles si no se llega a ellas con prejuicios sobre su representación histórica en la conciencia colectiva de la humanidad. Cuando se las visita, se vuelve imprescindible el pomposo conocimiento popular del arte y las ciencias procedentes o inspiradas por sus fronteras con hálito supremo, casi celestial. Las referencias a sus innovadores, renovadores y soñadores deben convertirse en parte misma del lenguaje, como se repite de memoria el himno de un país o se reza mecánicamente el Padre Nuestro en una iglesia; así, sin emotividad, pero también falto de errores o arritmias. Y no porque visitarlas sea una rutina tediosa, mucho menos si se comete el acierto por primera vez, sino por el hecho de tener bien presente, en todo momento, la fascinante aura mágica que les rodea y flota sobre sus callejones y corrientes. Sólo de esta manera, por ejemplo, puede entenderse, aunque sea en un diminuto aspecto de los miles que la conforman, una ciudad tan enigmática como París.

El turista regular, sin embargo, corre la suerte de hallar en la capital de Francia a la metrópolis más vulgar del planeta, célebremente hablando. Nadie tiene tanto bagaje cultural respecto a una ciudad extranjera como sobre París. Si se realizara una encuesta universal conforme a la cantidad de monumentos que cualquier persona corriente pudiera referir acerca de una urbe ajena a la suya, el primer puesto sería, sin duda alguna, para la Ciudad Luz. O si se preguntara por el lugar que mayor inspiración ha proveído a artistas de todos los lugares y épocas del mundo, la ciudad francesa sería nuevamente la vencedora.

París es, sencillamente, magnificente. Tiene grandeza por donde se le mire. No es necesario, siquiera, describir lo imponente de la Torre Eiffel, del Arco del Triunfo o del palacio de Versalles, puesto que, efectivamente, son tan formidables como se nos hace creer. También es cierto que el Moulin Rouge es el mejor cabaret sobre la faz de la tierra, que las bailarinas son esculturas de carne y hueso y que se cubren apenas con un hilito. No nos han mentido tampoco respecto al ambiente formidable del barrio artístico de Montmartre, donde cualquier bohemio quisiera quedarse de por vida. Todo, absolutamente todo lo que hayamos escuchado sobre París es verdadero.

Uno la visita solamente para confirmar sus sospechas. Después de mirar la Eiffel iluminada, navegar sobre el Sena y confirmar la arquitectura sublime de la Catedral de Notre Dame, no queda duda de que la Ilustración no hubiera podido ocurrir en otro lugar ni de por qué Carlos Fuentes quiso descansar en el cementerio de Montparnasse para la eternidad. La Gioconda, la expresión artística de mayor intriga en la historia, reside en la ciudad más bella que el hombre haya podido idear jamás.

París es tan magnífica que ha debido sobredimensionarse su único defecto para no considerarla perfecta, aunque éste sea tan insignificante como un cabello en el platillo favorito: el mal olor de sus habitantes. No obstante, cabe aclarar que el pestilente fenómeno apenas roza a la elegancia parisina. Incluso puedo afirmar, con un trago de saliva en la garganta y una gota de sudor nervioso corriendo por mi frente, que me he sofocado hasta saciarme con el aroma exquisito de tantas y tantas señoritas galas, perfume digno de la grandeza perpetua que siempre vivirá en París para maravillarnos hasta el fin de los tiempos, sin importar cuántas veces regresemos ni cuántos mitos verdaderos nos cuenten sobre ella.