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Líbranos del mal

Dejé de creer en la iglesia católica cuando cumplí la mayoría de edad y pude comenzar a hacerme cargo de mis decisiones. Entonces empezaba la universidad y mi carrera me alentó a consumir, en mayor medida y frecuencia, los medios de comunicación. Por el perfil de mis mejores maestros y el de mi propia ideología, mi acercamiento al periodismo se inclinó hacia las publicaciones críticas y de izquierda.

Justo por aquellos meses, el exsacerdote Marcial Maciel fallecía y medios como Proceso yLa Jornada retomaban el caso del fundador de los Legionarios de Cristo, quien estaba involucrado en decenas de abusos sexuales a niños sin que se le hubiera juzgado legalmente y sin que El Vaticano ni el papa Juan Pablo II hubieran tomado acciones contundentes en su contra sino hasta 2006, siendo que los abusos habían sido denunciados desde 1997. La iglesia decidió, sencillamente, retirarlo del ministerio sacerdotal y le recomendó consagrarse a una vida de oración y penitencia, casi 10 años después de las acusaciones iniciales.

A pesar de que la religión católica me fue inculcada desde niño y de que prácticamente la totalidad de mi familia obedece a este culto, la repugnante indignación que me provocó el conocimiento de la compleja cadena de encubrimientos en cada eslabón de la organización eclesiástica para proteger a un sacerdote pederasta que, por demás, atribuía millones de dólares de ganancias para El Vaticano cada año, me llevó a tomar la decisión de renunciar permanentemente a ella; además de que sus personalidades más ensalzadas, como Karol Wojtyla (Juan Pablo II) y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), pasaron de ser personajes admirables, casi santos, a viles criminales dentro de mi particular percepción de los hechos.

La crudeza de mis palabras y lo radical de mis decisiones son producto de toda la información que leí entonces sobre los delitos cometidos por el bastardo Maciel y la cúpula que le auspiciaba. No podía ser indiferente a las dolorosas declaraciones con que las víctimas acusaban al sacerdote y la nula respuesta que recibían por parte de la iglesia en sus súplicas por apoyo. ¿Con qué ingenuidad podría yo seguir creyendo en la profesión de una fe que abandona a sus seguidores en momentos oscuros? Y no me refiero sólo a una poderosa jerarquía atrincherada en la Basílica de San Pedro sino a cada uno de los párrocos de las capillas locales, quienes gozan del privilegio del anonimato mediático para hacer oídos sordos y vista gorda ante los crímenes sexuales que se cometen cada día dentro de su propia organización. ¿Acaso los denuncian frente a su congregación y exigen acciones eclesiásticas y legales en contra de los culpables? No. Si así fuera, un cisma habría ocurrido hace muchos años en el catolicismo.

Como dije, me motivó a cometer mi propio cisma la empatía con el dolor de las víctimas de Maciel, de quienes sólo leí sus declaraciones en papel, así como las de otros personajes involucrados en el caso. Sin embargo, nunca escuché sus voces ni tampoco vi sus rostros. Por cuanto pueda el lenguaje transmitir una emoción, sea esta positiva o negativa, a menos que sea utilizado por un genio literario, difícilmente es comparable con la emotividad que contagian el matiz y el tono de una voz o los gestos en la cara de quien habla. Si bien un texto puede ser efímero en nuestra mente, un semblante es duradero, trascendental y contundente en el recuerdo.

No había escuchado referencias sobre el documental Líbranos del mal, de Amy Berg, hasta hace poco. Ahora sé que incluso estuvo nominado a un Óscar, pero desconozco cuánta gente en México lo ha visto o al menos ha oído alguna reseña al respecto. Por el ferviente catolicismo que se practica en nuestro país, dudo que la difusión haya sido sobresaliente. En dicho largometraje se aborda el caso del sacerdote católico irlandés Oliver O’Grady, quien confiesa abiertamente haber abusado de niños entre los años 70 y 90 y quien estuvo preso siete de los 14 años a los que fue condenado por sus delitos.

Más allá del hecho noticioso y de la impecable información que expone el documental, con declaraciones de O’Grady y de los superiores que lo encubrieron durante décadas, me calaron profundamente las intervenciones tanto de las víctimas como de sus padres. Vi en ellos, en sus palabras y en su pesar la misma tragedia por la que debieron haber pasado los perjudicados por Maciel. ¿Cuánto dolor puede provocar la traición a la confianza que una familia deposita en una figura casi divina y cómo daña a la fe y al espíritu de los afectados?

No pretendo convencer a nadie de abandonar sus cultos ni de generar rencores ajenos contra ninguno, sino de compartir una obra que, al menos a mí, me ha confirmado el atino de mis decisiones por medio de la exhibición de la injusticia que nos es ocultada sistemáticamente e incluso negada cuando la cuestionamos. Cada cual será libre de formar sus propios argumentos al final, pero estoy convencido de que sería insensato y absurdo censurar para nosotros mismos la realidad. Al menos la empatía con las víctimas podría alentarnos a tomar acciones que cambien de una vez por todas los abusos en cada una de las esferas de nuestra vida, incluida la espiritual. Nosotros somos el único camino.

Tierra caliza

Tenía ganas de escribir un cuento maldito, ahora que traigo las pupilas sangrientas y la piel ceniza. En este periodo de histeria, no podría desprenderme de palabras de amor ni de conceptos melosos. Traigo las uñas mal mordidas y las rodillas raspadas con heridas punzantes. Salté desde mi tren de vida, que atravesaba montañas verdes con cascadas y ríos color de plata, para estrellarme contra la tierra seca y áspera de los problemas del mundo; esta tierra sobre la que no nos arrastramos todos, pero a partir de la que sí construimos terribles moles de acero y carbono para olvidarnos del hambre de sus piedras calientes.

Hay quien ara y hurga entre la cal y el polvo de este suelo, con esperanza al principio, neciamente más tarde y finalmente enajenado por promesas imposibles aunque cautivadoras. Algunos, incluso, convencidos e idiotizados por la desgastante rutina, incitan a otros a rasguñar la piedra caliza para cercenarse los dedos e hidratar con su sangre una tierra que nada húmedo devolverá a cambio. De ella surgen sólo alacranes, serpientes y los huesos cascados de quienes fueron devorados por la creta.

Luego me pregunté si debía sentir codicia contra estos excavadores ilusos. De haber querido, habrían apedreádome cuando, después de irme de bruces y de rasguñarme el mentón contra la tierra seca, me puse de pie a regañadientes, gritándoles maldiciones. Pero nadie volteó siquiera a verme. Sólo un viejo, y se lo tragó el polvo.

La culpa es de la cal y las grandes rocas salvajes que ésta forma. Esas que esta gente rasca sin recibir nada a cambio más que sangre en los nudillos y polvareda en los pulmones. La tierra se blinda, codiciosa, contra la clemencia de las tripas hambrientas y los labios resecos de los excavadores, que buscan desesperadamente los retoños de las semillas cuya existencia les fue prometida durante toda su vida. Pero esa tierra insolente nada les obsequia.

Ni siquiera las lágrimas de angustia refrescan este suelo seco.

Un impulso humano y razonable me obliga a gritarles que subamos al tren y nos larguemos de este sitio inhóspito. Pero cómo, si de aquí somos y aquí están enterrados nuestros muertos. Cómo entregar la tierra al árido clima que sopla desde el norte. La gente rasca porque está segura de que hay oro y plata tras las rocas, tras la cal y tras su sangre.

“Acá es permanente la temporada de vacas flacas”, me dice un hombre discreto, de cabello blanco y acento tropical. “Es mejor que te pongas a cavar”.

Mas yo no creo que sea el último remedio. Había otros que viajaban conmigo a bordo de ese tren. Voy a esperar a que vuelvan, abandonen los vagones y me ayuden a nutrir esta tierra, a sacudir el polvo y a sembrar árboles frondosos.

Lecciones de pueblo bicicletero

Qué equivocados estaban quienes desecharon a la bicicleta como medio de transporte primario y la devaluaron a equivalente de subdesarrollo, al grado ridículo de adjetivar de “bicicletero” a un pueblo, con la burda intención de acusarlo por su pobreza o ignorancia. Cuál sería la sorpresa de estos inquisidores urbanistas si pisaran territorios de primer mundo que contradijeran sus hipócritas teorías y les demostraran que, en realidad, los incultos eran ellos. Para estos casos, no hay mejor lección de modernidad en dos ruedas a pedales que la ofrecida por los Países Bajos, popularmente reconocidos como Holanda, y especialmente por su capital, la revolucionaria ciudad de Ámsterdam.

Viajar no significa únicamente diversión, ocio o aprendizaje. Enfrentarnos cara a cara con una cultura distinta, en su entorno natural, es igual a pararse delante de un espejo o impactar a toda velocidad contra un muro: ninguno puede salir ileso. Se hace turismo para sacudirse la conciencia; los souvenirs no dan fe de nada hasta que se demuestre, con acciones, lo contrario. Por lo tanto, si se visita Ámsterdam, el mejor recuerdito que uno puede llevarse no es un dulce aromatizado a marihuana, sino, por supuesto, una bicicleta, porque es ésta su principal demostración de vanguardia y modernidad.

Los neerlandeses lo saben, por eso la han colocado en un escaño superior al peatón mismo en sus normas viales, para enaltecer frente a los ojos del extranjero su superioridad urbana. Lo suyo no es altanería ni mucho menos barbarismo, no debe confundirse. Es que si no lo hicieran así, los demás seríamos tan torpes como para no verlo.

Luego, de la mano de la bicicleta es que nos conducen hacia los demás puntos de su superioridad cultural y urbana sobre la nuestra. Si no nos obligaran a respetar el paso de sus dos ruedas a base de atropellos y toques de campanillas, serían incomprensibles, para nosotros, todas las otras libertades que han conquistado. De no ser por la pureza que irradian sus bicicletas, los turistas medievales —que somos todos— no pararían de persignarse frente a los escaparates del Barrio Rojo o entre el penetrante aroma que emana de las coffee shops.

De no ser por la bicicleta, Ámsterdam no sería, para nuestras subdesarrolladas conciencias, más que la capital del libertinaje legalmente establecido. No asimilaríamos el hecho de que los neerlandeses han sido el primer pueblo en aprender las lecciones de la historia: cuanto más prohíbes, peor se pone. Pero es un hecho que nos desconcierta la escasa violencia y la notable ausencia de policías en una ciudad que se ha abierto a todo lo que nosotros todavía consideramos tabúes en el resto del mundo.

Ámsterdam no es valiosa por su arquitectura clásica ni sus antiguos canales; eso está bien sólo para las fotografías. Esta ciudad vale su peso en libertad, y para respirarla hay que dejarse conquistar por ella, meterle las narices y los ojos hasta el fondo. Es necesario inhalar el humo de la yerba calcinada en sus calles y mirar a los ojos a las mujeres bajo las luces rojas. Hay que desnudar a Ámsterdam y permitir que a nosotros nos despoje de nuestros prejuicios moralistas hipócritas. Finalmente, lo que perseguimos es vivir en nuestra Ámsterdam particular, donde haya riqueza bien distribuida, ecología y, por supuesto, libertad. Y, dado que todos quisiéramos formar parte de un pueblo bicicletero como éste, podemos empezar por lo más obvio: ¡montémonos sobre una bicicleta!

Vuelo

Llevo cerca de seis horas montado en un avión de la línea Iberia, que me hace flotar 13 kilómetros por sobre el Océano Atlántico y que me ha alejado más que nunca de mi hogar y de mi patria. Mi destino es el hogar de castellanos, catalanes y vascos, lo que podría parecer emocionante para alguien como yo, que hoy se inaugura como turista global, siendo que todos sus viajes precedentes habían sido dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, puedo distinguir claramente una angustia a bordo. A bordo de mí, por supuesto, ya que el gran resto de los pasajeros agota las diez horas estimadas de este vuelo entre sueños, sudokus y consolas portátiles de videojuego.
Esta angustia, al parecer, me pertenece sólo a mí. Debo admitir que experimenté un ligero sobresalto cuando leí aquella nota del diario El País —que una sobrecargo me obsequió amablemente unos minutos después del despegue, a la voz de: “¿Quiere prensa española?”, y que hasta ahora ha sido mi principal entretenimiento— en donde afirman que antiguos combatientes de las fuerzas del caído ex dirigente libio Muamar Gadafi, tienen en su poder armamento ruso para derribar aviones comerciales y que la Unión Europea ha reconocido su incapacidad para rastrear y decomisar dicha artillería. Estoy consciente de la larga distancia entre el Atlántico y el desierto árabe, pero la paranoia de sobrevolar tierras desconocidas siempre le inquieta a uno. Pero éste conflicto internacional no es mi tormento personal.
Me incomoda, más bien, haber dejado mi país en el momento crítico y turbulento por el cual atraviesa, en medio de constantes movimientos y tomas callejeras, de los que, evidentemente, había sido convencido y animado partícipe hasta antes de mi partida. Me preocupa saber que hay cientos de miles de compatriotas luchando por conseguir, de una vez por todas, cambiar nuestro destino hacia un lugar feliz, y que yo no pueda acompañarles, seguro como estoy de que es éste, y no otro, el momento para lograrlo. Aunque me consuela la seguridad de que, sin saberlo ellos, mi corazón estará ahí, a su lado. Y mis fuerzas y mis esperanzas.
Ahora, poco a poco, nos hemos adentrado en el desconcierto de la oscuridad. De haber visto el espectáculo hermoso de una cama casi negra de nubes densas bajo nosotros y, en el horizonte, la delgada línea roja de la puesta de sol separándolas discretamente del vivo azul rey del cielo omnipresente, ya sólo nos queda la nada al exterior. Así, a ciegas, ¡desesperadamente a ciegas!, depositaré mi alma entre la lucha de mi tierra. Mientras tanto, prestaré atención a lo largo de mi visita al viejo continente, con la intención de averiguar en qué nos parecemos y por qué es que el mundo ha caído en esta depresión económicamente deshumanizada. Quizá ahí esté el problema y, por ende, la solución.

Seamos jóvenes de nuevo

Hoy, México es sinónimo de crisis. Como sociedad, estamos frente a uno de esos presentes íntimamente casados con el futuro. Es cierto que cada día vivido es determinante para lo que ocurrirá en el siguiente; toda acción desatará una reacción, muchas veces impredecible. Pero este momento por el que nuestra historia atraviesa es especial, porque hay en el ambiente una energía insólita, una de esas con espíritu transformador. Positiva. Inmensurable.

Es evidente la paranoia radiada de la violencia por el narcotráfico y la subsecuente militarización del país, y podría confundirse el calentamiento actual de nuestro clima social con este hecho. Sin embargo, sería tan erróneo como combatir el fuego con fuego, considerar que el genocidio de los últimos seis años ha sido el catalizador único de nuestro ahora.

El presente es una larga suma de desgracias sociales, cuyas generaciones volcánicas más recientes han escupido el magma que se pudría en las entrañas de su formación. La actual furia del Popocatépetl no es sino una invitación de la naturaleza a unirse con ella para exigir el respeto que cada uno se merece. Los sistemas político-económicos que han regido mundialmente en las últimas décadas, metieron sus ideologías dentro de una olla a presión que, ahora, no ha soportado más, y está liberando, poco a poco, a través de una sutil válvula de escape, movimientos que pretenden acabar con ellos definitivamente.

Acá, en nuestro país, fieles a los ciclos naturales del tiempo, hemos visto renovarse a las luchas históricas de nuestro pueblo en ese músculo social que es la juventud. Serían la tragedia de una nación la pasividad y la indiferencia de sus jóvenes ante su realidad. ¿Quiénes, si no ellos, son capaces de plantarse frente al poder sin temerle, ni rehuirle, ni obedecerle?

Antes del 11 de mayo, ese día en que la voz del hartazgo social se manifestó a través de los universitarios, la conferencia que había preparado para este día era una crítica abierta hacia los estudiantes y sus centros de educación superior, por la ausencia de un humanismo entre la enseñanza de unos y el aprendizaje de otros, opacado por la demanda técnica del campo laboral neoliberalista que les espera a los jóvenes al superar las aulas. No veía en ellos, hasta entonces, principalmente en los pertenecientes a la Universidad Nacional, a su espíritu clamando por la raza, así como el gran humanista les había encomendado en su lema. El eco de los goyas provenía de un vacío, más que del fragor de sus voces unidas.

Afortunadamente —y lo digo con orgullo—, a partir del rechazo al candidato del PRI en la Universidad Iberoamericana, y, más tarde, con el surgimiento del movimiento #YoSoy132, los universitarios pusieron en serio cuestionamiento mis palabras y me obligaron a replantear mi postura acerca de ellos.

No puedo más que celebrar, como joven que aún soy, el despertar de mis iguales. ¡Y sumármeles, por supuesto! Puedo asegurar que durante las marchas y mítines del insurgente movimiento, he visto en los ojos y los puños de los estudiantes ese humanismo que tanto nos preocupaba, como sociedad, no ver surgir nunca. He visto en las lágrimas de hombres y mujeres que han acompañado a los universitarios en este nuevo proceso, el entusiasmo más sincero por ver a esta generación convertirse en esa esperanza de bienestar por la que habían luchado durante toda su vida. Ahora, ¡válgame el destino!, caminan y gritan por la calle, codo a codo, para volverla realidad.

Este movimiento es humanista porque persigue la dicha común a través del civismo de las instituciones. No es una consigna egoísta la que los jóvenes exigen, sino la voz de todo un pueblo. La libertad de informarse y la democracia que han encontrado en las redes sociales, las pretenden para el resto. ¿Acaso hay acto más patriótico que ese? No debe existir un argumento válido contra la postura de los universitarios, que bajo el lema de “México” quieren que el conocimiento llegue a cada rincón de su país. ¿O es que alguien se opone contra su petición de alfabetizar a todo el pueblo?

Mi reclamo, sin embargo, todavía es vigente contra las propias universidades, ya que éstas han permanecido estáticas en contraste con la dialéctica de sus alumnos, contrario a lo que socialmente se espera de ellas.

Cuando surge una universidad, se supone que ésta será una productora de cultura, un recinto donde se promoverá una espiritualidad de la que luego harán gala sus egresados y docentes en aras de mejorar su entorno y, por consiguiente, el de los demás. Hay cierta clase de fuerza centrípeta para la esperanza en una universidad, tanto para quienes forman parte de ella como para el resto de las comunidades inmediatas. Recae en ella la responsabilidad de ser una orientación filosófica, más allá del simple hecho de transmitir conocimientos específicos de una materia.

De hecho, como cualquier otro sistema orgánico, una universidad debe estar precedida de ciertos fundamentos de lo que habrá de cultivarse en ella, pues de esta manera su personal se involucra al grado de adquirir una responsabilidad moral con su casa de estudios. Cuando la dirección filosófica de una institución es comprendida y adoptada por quienes la conforman, surgen los valores como síntoma de identidad, que más tarde serán esparcidos y fecundados al igual que polen en el campo de la sociedad.

Precisamente, la universidad, a través de la cultura, debe ser un campo fértil de valores que amalgamen la diversidad de filosofías que en ella convergen, siempre y cuando logre forjar esa identidad entre sus miembros, a partir de una dirección y fundamentos muy bien establecidos. Es entonces cuando podemos hablar de una academia humanizada, si entendemos el humanismo como una “reacción del espíritu sobre la acción del mundo material, que determina un proceso a partir de una fase empírica y se eleva de ahí en busca de las altas cumbres que significan los valores humanos” (Bueno, Miguel; 1960).

No obstante, en la actualidad se ha entrometido un elemento en esta labor: el surgimiento de las instituciones técnicas de educación superior, cuya filosofía llegó a romper el paradigma teórico-cultural que hasta entonces prevalecía en este nivel. Y la problemática se acentúa cuando aparece la educación privada, que encuentra su génesis en la solución de un par de obstáculos: la demanda de aulas que la universidad pública ha sido incapaz de satisfacer, por una parte, y las necesidades específicas del sector empresarial, por la otra.

Es una realidad que los grandes grupos corporativos han decidido fundar sus propios centros de formación para preparar profesionistas capaces de cubrir puestos específicos dentro de sus industrias. Ergo, la enseñanza que imparten es principalmente técnica y, por ende, funcional de acuerdo con sus intereses. Además, su filosofía académica no es otra que la de sus fundamentos empresariales, la cual transmiten íntegra a los profesionales del futuro.

Es cierto que las escuelas deben adaptarse a las circunstancias que sus alumnos encontrarán al egresar, y quizá sea ésta la razón por la cual han adoptado modelos poco humanistas y excesivamente técnicos; aunque también es un hecho que la filosofía que le transmiten a los estudiantes influye en la conformación del exterior. Por tanto, la universidad no puede deslindarse de la tecnocracia impartida en las aulas como agente directo de la deformación de los valores en el resto de la sociedad. De alguna manera, la educación se convierte en una suerte de fábrica de producción en serie sin sentido, puesto que la aplicación de su técnica no persigue la sublimación de la cultura, sino, simplemente, la practicidad de la vida diaria.

Dicha deshumanización es notoria en la insultante ausencia de muestras de apoyo hacia el movimiento estudiantil por parte de sus propias universidades. Al día de hoy, apenas el rector de la UAM, Enrique Fernández Fassnacht, se ha pronunciado abiertamente en favor de los jóvenes; los demás han permanecido gélidos y apáticos. ¿Dónde quedaron esos verdaderos dirigentes universitarios que, como Javier Barros Sierra, marcharan junto a los estudiantes y les respaldaran moralmente con discursos y acciones concretas?

Nunca antes los alumnos habían superado tan notablemente a sus maestros. Informados y organizados a través de las redes sociales y la Internet, han superado las deficiencias que las universidades no cubren durante su formación. Como afirmara Sergio Aguayo, creo firmemente que los estudiantes le están dando una lección a toda la sociedad, y principalmente a sus escuelas; una lección de democracia, de honor y de patriotismo. Jamás, antes de las marchas y mítines de este movimiento, había percibido en carne propia un amor tan hondo por México. Las consignas que surgen de sus bocas vienen desde sus pechos, y son precisamente eso: amor. Y no existe valor humano más grande que ése.

Ahora que estamos en este recinto dolorosamente histórico, espero llevarme el espíritu de los jóvenes de entonces que, como los de ahora, levantaron la voz en nombre del pueblo entero. Quiero llevarme el entusiasmo del 68 a cuestas para transmitirlo en las subsecuentes reuniones del movimiento #YoSoy132. Pero quisiera que también ustedes se contagiaran de esa vibra estoica que le pertenece a esta plaza y anhelen, como la juventud de hoy, transformar esta realidad que nos carcome el alma. Sintámonos humanos de nuevo, y hagamos del conocimiento y los valores armas de bienestar. ¡Seamos, todos, jóvenes de nuevo! ¡Seamos humanistas! Porque cuando hay humanismo, hay esperanza.

*Esta conferencia formó parte del ciclo Reconstruir para construir el humanismo en México, una iniciativa de la gaceta Cariátide Brevedades Literarias, con el apoyo del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, el 23 de junio de 2012.

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Hay pocas expresiones sociales en nuestro país tan percudidas como la marcha. La invasión citadina de las avenidas principales en una ciudad como la de México es tan recurrente que ya representa parte de su paisaje urbano y parada obligatoria del turibús. Tanto, que es difícil comprender cómo es que una nueva caminata con pancartas y consignas vociferadas entre el smog y los claxons será tomada en cuenta. Los marchistas podrían considerarse afortunados si los automovilistas les mandan al carajo y un helicóptero merodea sobre sus cabezas durante, al menos, un tramo de su circuito.

Además, la culpa siempre la tienen el SME, los maestros o los campesinos. (¡Esos hijos de la chingada!). No por nada, a las empresas y sus godínez les generan pavor los sindicatos, que, dicen, sólo sirven para producir revoltosos huevones. Por eso, cuando Sicilia atravesó cientos de kilómetros para llegar hasta el centro de la ciudad —a paralizarla de nuevo— con un rugido de amor y paz —cristiano, no hippie—, decenas de miles se le unieron, porque consideraron que su movimiento sí era diferente y, sobre todo, sincero.

Y aunque la llama del poeta se extinguió pronto, como versos de haiku, su trascendencia perpetua permaneció en el ambiente, igual que la reflexión profunda de las milenarias brevedades japonesas. Desde aquella compenetración entre diversos sectores sociales bajo la bandera de No más sangre, esquirlas de hartazgo quedaron en el aire de esta ciudad. Una conciencia, parecida a la fe religiosa —muda, pero inquebrantable—, invadió a un pueblo que se creía incapaz de conjuntarse por una causa en común. Esa fue la gran lección de Sicilia para los demás.

El motor había sido hallado, pero hacía falta un chispazo, una combustión para despertar el músculo social. El genocidio de una guerra civil disfrazada de enfrentamiento entre delincuentes no sería suficiente, como se demostró en el abrazo del poeta. Haría falta, más bien, que a la ciudadanía le llegara el tiempo de confrontarse con su porvenir, ese muro espinoso que lleva a puntos de crisis a pueblos enteros, de todas las razas y culturas.

Un fraude, hace seis años, curtió la voluntad de los mexicanos. Ahora, meses antes de la elección de un nuevo dirigente para el próximo sexenio, han sido diversas las protestas contra el candidato que se afirma como el elegido por una élite para seguir cumpliéndole favores hasta 2018. La gente se dio cuenta de que no basta con demostrar el apoyo a un candidato en las urnas, sino que, dada la vulgar corrupción imperante en este país, hace falta lanzarse contra aquél a quien desprecian. Las redes sociales, de hecho, han venido a dar uno de los vuelcos más importantes en la difusión de información que aliente a otros a unirse a este contraataque ciudadano.

Consecuencia del uso de estas herramientas digitales como armas contra el cerco informativo de los antidemocráticos medios de comunicación, han sido principalmente los jóvenes quienes, desde sus teclados, han difundido su desprecio por el candidato de las oligarquías corruptas de una nación con heridas abiertas y punzantes, en busca de un despertar social. No obstante, la respuesta de otros sectores sociales había sido prácticamente nula. Puede deducirse, incluso, que muchos creyeran que la juventud jugaba a protestar desde un escritorio, a pelear una revolución virtual como si se tratase de un juego de video. Los pronósticos no adivinaban más que un game over risible e intrascendente.

A esto se sumó un tibio debate en el que se esperaba ver ridiculizado al candidato predestinado a la silla presidencial; lo cual, dado el mesurado formato que se preparó para protegerle, nunca ocurrió. De ahí que “El Elegido” saliera sintiéndose fortalecido y, quizá, hasta invencible. Tanto, que se tomó el atrevimiento de pisar nuevamente, desde la Feria del Libro de Guadalajara, un escenario intelectual para exponer su campaña. Creyó, sin duda, que presentarse ante universitarios de clases altas no le representaría ningún conflicto; si la izquierda más venenosa no le había podido despeinar, qué lograrían los hijos de algunas familias acomodadas.

Su intrepidez se convirtió en el error más grande de su campaña. Hasta esa fecha, las protestas en su contra estaban delimitadas por una pantalla y una conexión a Internet; ofensivas, mas no dañinas. Pero su soberbia le dio vida a una conciencia colectiva que le hizo recobrar la memoria, puesto que había olvidado el aprieto en que un puñado de cuestionamientos inteligentes le podían meter. Se reencontró con su archienemigo: la información.

Y a pesar de los descarados intentos, sin prudencia ni profesionalismo, con que sus colaboradores pretendieron descalificar a aquellos ejemplares universitarios, nuevamente la virtud del pensamiento pudo más. Respaldados por el arma poderosa que representa la Internet para los jóvenes, presentaron las evidencias necesarias para acallar las injurias en su contra y, por si fuera poco, dieron origen a un movimiento social que por décadas el país no había visto nacer, en medio de tanta necesidad.23 de mayo

La intrascendencia pública que, dada la limitación virtual de las redes sociales, había tenido hasta entonces cualquier protesta contra el candidato, quedó atrás un 23 de mayo. Con sus credenciales en mano, los 131 estudiantes pioneros del reclamo convocaron a sus iguales a sumarse de a uno, y así dar comienzo a una gran colectividad consciente, con la bandera de la información izada en lo más alto. A través de las calles, sus voces exigían una nación de vuelta a sus hijos; no aceptarían un futuro quebrantado como su presente. Le gritaban a su patria que regresara con ellos: “¡México! ¡México!”.

No había surgido una réplica tan enérgica contra la manipulación de los encabezados de la prensa durante décadas en ese México que los jóvenes entrañan. Un movimiento contra el que los poderes más ambiciosos y corruptos ni siquiera pueden combatir en su génesis, pues esa democracia que los estudiantes descubrieron en las redes sociales, es a la que aspiran ahora en todos sus medios. La información a la que ellos tienen acceso, la pretenden para el resto. ¿Acaso hay mayor patriotismo que la búsqueda del bien común? No existe ninguna crítica válida contra el civismo.

Quizá, quitarse el miedo es lo más complicado. Sin embargo, una vez que la empatía por el bienestar se apodera del pensamiento de un individuo, de un grupo, de una avenida, de una ciudad entera, y se contagia luego a otros lugares, no hay nada a qué temer. El pueblo unido, consciente y decidido, jamás será vencido, manipulado o engañado. Una vez que los jóvenes comprendieron su peso específico dentro de la sociedad, tomaron las calles; y no para fastidiar a sus compatriotas, sino para contagiarles, sobre todo, su esperanza. No hay enemigo más dañino para un pueblo que la desilusión.

Este nuevo movimiento nació para desvanecer por completo a los fantasmas sociales y para disipar cualquier duda. A los jóvenes les interesa el destino de su país tanto como a cualquier individuo con un futuro incierto por delante, y decidieron encargarse de que éste sea justo y benevolente con cada uno de quienes lo conformen. Su clamor, por supuesto, exige por más de 132. Y, de a poco, esa cifra se multiplicará sin control.

“La patria los estaba esperando”.

La fantasía violenta del cine

Del cine acostumbro llevarme anhelos de vida. No puedo decir que adquiero experiencia o aprendo moralejas, porque sus historias no son más que melosas ficciones románticas. El hombre es incapaz de imaginar una tragedia mayor a la que puede cometer. Es irónico notar cuando montones de espectadores se tapan los ojos, gritan y suben los pies a sus butacas al momento de presenciar escenas violentas mientras que los periódicos El GráficoMetro y La Prensa se venden por toneladas, todavía goteando sangre por el exceso de tinta roja que la rotativa debió imprimir en cada ejemplar (¿acaso nadie se ha interesado en contabilizar los litros colorados que emplean esos diarios?).

El horror cinematográfico es sutil, ya viene horneado. Es decir: nunca nos lo proyectan crudo. De otra cosa escribiría ahora si el snuff no estuviera prohibido; pero en la realidad, incluso los japoneses juegan a la casita del terror. ¿Cuál es la diferencia pragmática entre la demencia de los asiáticos y la cómica charlatanería de Carlos Trejo? Un brinco, sudor frío y una noche en vela bajo las cobijas como máximo. Por eso un filme es una esperanza. Tal vez, en un mundo mejor, un payaso maldito saldrá de la coladera de nuestro baño y un ejército de aborígenes azules llegará de otro planeta para protegernos de él.

Por eso me encantan las películas, porque —parafraseando a Luis Sepúlveda— a veces me hacen olvidar la barbarie humana, igual que las novelas de amor. Aunque no debe confundirse la capacidad del cine con aquella de la literatura: el primero nos muestra su ficción como nosotros mismos concebimos la realidad, viéndola y escuchándola; faltaría olerla, sentirla y degustarla, pero eso ya sería ponernos demasiado exquisitos. Por otro lado, a la literatura la engendramos particularmente; cada uno, de acuerdo a su retorcido cerebro, recrea las palabras con absoluto albedrío. Las letras nos convierten en nuestro propio cineasta.

A mí me gusta dividir mi gusto cinéfilo en dos: directores extranjeros, por un lado, y paisanos, por el otro. Esto no tiene nada que ver con cuestiones de calidad ni malinchismo; en todos lados se cuecen habas. Sucede, más bien, que mi auto-referencia dentro de unos y otros guiones es distinta: me identifico con mayor facilidad con la narrativa connacional, por obvias razones. Consecuentemente, también me cuesta menos trabajo entender sus intenciones creativas. Asegurar lo contrario sería una falsa pretensión. En todo caso, uno se sentiría confortable en Macondo y no en Comala, aquella tierra donde las ofrendas son una trivialidad inútil.

Vivimos en el llano en llamas. Acá, los amores son perros, sangrientos, mortales. Bien llamados hijos de la chingada, nos escoce reconocer que se cogieron a nuestra mamá también; así que, de acuerdo a los códigos que marca la Ley de Herodes, o te chingas o te jodes. Habitamos bajo California, al límite del tiempo, donde cada cual decide si quiere pertenecer a un mundo maravilloso o ser parte del verdadero pinche Infierno.

Ni siquiera se sienten las fronteras de una producción cuando desde su origen una historia fue cocida sobre las llamas de nuestra tierra. El fuego está ahí, corriendo a través de la sangre de su creador. Y también el dolor, la miseria, la pobreza, la inmundicia, la calamidad, la corrupción, la violencia y, por supuesto, la muerte. Habrá tragedia, ¿sí o no?, allá donde un mexicano se apropie del megáfono y la silla de director.

Todo lo anterior, yo lo supe hasta hace muy poco. No me bastó con haber repasado más de diez veces Children of men (Niños del hombre), de Alfonso Cuarón, para caer en la lógica de su guión. Tuvo que llegar la despiadada realidad a enseñármelo: la infancia —que no los niños— dirige el mundo. Aunque esta afirmación no tiene nada de mágica ni alegre; no se imaginen parques, globos ni algodones de azúcar. Esta niñez a la que me refiero tiene traumas, vicios y rencores, y con ellos crece para conformar un mundo igualmente perverso. Por eso el mundo infértil que Cuarón nos plantea se paraliza ante la presencia de un recién nacido, porque precisamente representa eso: una regeneración humana. Así que deben protegerla, como lo hacen los soldados al poner un alto al fuego mientras la madre sale con su hijo del edificio. Por ese motivo, la gitana da su vida a cambio del bienestar del bebé; y lo mismo hace Clive Owen. La humanidad entera comprendió entonces que si exponía a la criatura a aquella podredumbre, el futuro de su raza estaría condenado para siempre.

Con esta lógica, he podido explicarme la decadencia humanitaria que hoy vivimos. A causa de una tragedia, experimenté la catarsis de la pérdida de la inocencia, cuyas consecuencias padecemos con mayor amargura conforme pasan los años.

Una tarde de oficina cualquiera, apenas después de haber engullido el último bocado de ensalada que ese día me receté, un niño de apenas cinco años, sucio, débil y desorbitado, se acercó a mí, pidiéndome por una cucharada de anestesia para su verdadera hambre: de felicidad. Sin palabras, le gesticulé desabasto. Él lo intentó de nuevo, pero yo ya no supe qué hacer; sólo verlo y maldecirme a mí y a todos por lo miserable de ese rostro. Entonces, comprendida por ambos la situación, me soltó un golpe preciso al brazo y se marchó, molesto conmigo, como encargándome este texto.

Así supe que en 20 años, cuando él y yo volvamos a vernos las caras, me exigirá esa cucharada de nuevo; aunque entonces será con un arma, y su botín multiplicará con creces lo de un bocado. Y no sólo a mí me encontrará, sino a cualquiera de nosotros, para dotar de vida a este círculo vicioso, dentro del cual no pararemos de girar ni de producir guiones fantasiosos sobre la suave violencia que únicamente nos hace pensar: eso puede pasarme a mí cualquier día, a cualquier hora, en cualquier bocado.