Macario

Estoy sentado dentro de una alcantarilla mientras viene la noche. Aquí no hay ranas que alboroten el ambiente con su canto; de hecho no habría ruido alguno si no fuera por mis audífonos que reproducen el mejor soul de Erykah Badu, el susurro del viento nacido del paso de las páginas y los marcados tacones de una señorita en dirección de la salida de esta biblioteca, alcantarilla providencial donde caen los residuos de una sociedad atrofiada. Y como sé del menosprecio a mi razón fuera de estos muros, he venido a tirarme aquí, ataviado de frustración en los puños y las sienes, con el firme objetivo de contarles mi historia.

Me dan ganas de estrellar mi cabeza contra el suelo para recordar el sonido de un tambor. No es que esté lleno de demonios, como lo asegura la gente; más bien pretendo esfumar la maldad de los otros. Quisiera de un segundo a otro terminar con la traición, la deshonra y la infidelidad. Si no golpeo mi cabeza, parece que nunca podré entender por qué una persona es capaz de matar a otra. Otra como yo, que piense diferente. La chirimía sólo se burla de nuestro destino auto-digestivo. Quizá por eso prefiero los tambores y su rabia furiosa que todo lo aniquila a su paso retumbante, como implacables pasos de elefante sobre el cirquero.

Quisiera, también, de la dulce leche de Felipa, más buena que la de Tetra-Pack. Qué digo: ¡ni la venida en botella de vidrio es tan suculenta como la suya! Ese jarabe de vida, ardiente como alarido revolucionario, hace que se le olvide a uno el infierno; que habitamos dentro de las mismas llamas del averno. Porque esto, y no otra cosa, es el pinche Infierno. Por eso me gusta pensar en Felipa por las noches, para olvidarme del miedo de despertarme al día siguiente, cuando al salir a la calle volverán a apedrearme en la cabeza, queriendo asesinar mis ideas.

A veces me consuela especular que hay alguien arriba pidiendo perdón por mis pecados. He pecado de pensamientopalabraobra u omisión; ¡incluso he pensado en un mundo mejor a través de la literaturaenseñándola a quienes la han olvidadoMea culpa. Por eso he llegado a sentirme desterrado del paraíso que todos los demás compiten por ganarse. A mí me resta esperanzarme, pues llevo la carrera perdida desde el vestidor. Uno sigue dando de topes, pero la cabeza no se hace nada, y en mi cuarto sigue habiendo chinches, cucarachas y alacranes, como debe ser en el infierno.

¿Qué no entienden que la sangre no tiene el mismo sabor que la leche de Felipa? Aunque me remienden las rajaduras y salga costra, mis manos irán de nuevo a arrancarlas, para que no se olvide dónde está la herida. Cuesta así trabajo decidirse en salir del cuarto o quedarse ahí encerrado, a oscuras. Adentro, uno se arriesga a los piquetes de alacrán. Cuando caen del techo, no queda más que esperar a que hagan su recorrido hasta el suelo. No se debe permitir ni siquiera el temblor de los huesos. Los alacranes lo sienten todo.

Felipa no se molesta si me ve comiendo todo el tiempo: ella sabe que mi hambre no se apacigua nunca. Yo siempre estoy entrado en ganas de comer. Entre las flores y los animales busco alimentarme; aunque siempre termino devorando una persona. Lo hago porque me dijeron que los hombres somos nuestro propio lobo. Somos aullidos solitarios, pero bestias a fin de cuentas. Por eso me gusta la noche, porque es cuando Felipa me invade con su cálida y dulce leche como miel. Mis tragos más grandes son nocturnos. Sólo así se me olvida el infierno en que vivimos, con la promesa de los bultos que tiene Felipa donde tenemos solamente las costillas, delante del corazón.

A Felipa también la llamo Libertad.

*Basado en el cuento Macario, de Juan Rulfo.

Anuncios

Acordes de tensión