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Líbranos del mal

Dejé de creer en la iglesia católica cuando cumplí la mayoría de edad y pude comenzar a hacerme cargo de mis decisiones. Entonces empezaba la universidad y mi carrera me alentó a consumir, en mayor medida y frecuencia, los medios de comunicación. Por el perfil de mis mejores maestros y el de mi propia ideología, mi acercamiento al periodismo se inclinó hacia las publicaciones críticas y de izquierda.

Justo por aquellos meses, el exsacerdote Marcial Maciel fallecía y medios como Proceso yLa Jornada retomaban el caso del fundador de los Legionarios de Cristo, quien estaba involucrado en decenas de abusos sexuales a niños sin que se le hubiera juzgado legalmente y sin que El Vaticano ni el papa Juan Pablo II hubieran tomado acciones contundentes en su contra sino hasta 2006, siendo que los abusos habían sido denunciados desde 1997. La iglesia decidió, sencillamente, retirarlo del ministerio sacerdotal y le recomendó consagrarse a una vida de oración y penitencia, casi 10 años después de las acusaciones iniciales.

A pesar de que la religión católica me fue inculcada desde niño y de que prácticamente la totalidad de mi familia obedece a este culto, la repugnante indignación que me provocó el conocimiento de la compleja cadena de encubrimientos en cada eslabón de la organización eclesiástica para proteger a un sacerdote pederasta que, por demás, atribuía millones de dólares de ganancias para El Vaticano cada año, me llevó a tomar la decisión de renunciar permanentemente a ella; además de que sus personalidades más ensalzadas, como Karol Wojtyla (Juan Pablo II) y Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), pasaron de ser personajes admirables, casi santos, a viles criminales dentro de mi particular percepción de los hechos.

La crudeza de mis palabras y lo radical de mis decisiones son producto de toda la información que leí entonces sobre los delitos cometidos por el bastardo Maciel y la cúpula que le auspiciaba. No podía ser indiferente a las dolorosas declaraciones con que las víctimas acusaban al sacerdote y la nula respuesta que recibían por parte de la iglesia en sus súplicas por apoyo. ¿Con qué ingenuidad podría yo seguir creyendo en la profesión de una fe que abandona a sus seguidores en momentos oscuros? Y no me refiero sólo a una poderosa jerarquía atrincherada en la Basílica de San Pedro sino a cada uno de los párrocos de las capillas locales, quienes gozan del privilegio del anonimato mediático para hacer oídos sordos y vista gorda ante los crímenes sexuales que se cometen cada día dentro de su propia organización. ¿Acaso los denuncian frente a su congregación y exigen acciones eclesiásticas y legales en contra de los culpables? No. Si así fuera, un cisma habría ocurrido hace muchos años en el catolicismo.

Como dije, me motivó a cometer mi propio cisma la empatía con el dolor de las víctimas de Maciel, de quienes sólo leí sus declaraciones en papel, así como las de otros personajes involucrados en el caso. Sin embargo, nunca escuché sus voces ni tampoco vi sus rostros. Por cuanto pueda el lenguaje transmitir una emoción, sea esta positiva o negativa, a menos que sea utilizado por un genio literario, difícilmente es comparable con la emotividad que contagian el matiz y el tono de una voz o los gestos en la cara de quien habla. Si bien un texto puede ser efímero en nuestra mente, un semblante es duradero, trascendental y contundente en el recuerdo.

No había escuchado referencias sobre el documental Líbranos del mal, de Amy Berg, hasta hace poco. Ahora sé que incluso estuvo nominado a un Óscar, pero desconozco cuánta gente en México lo ha visto o al menos ha oído alguna reseña al respecto. Por el ferviente catolicismo que se practica en nuestro país, dudo que la difusión haya sido sobresaliente. En dicho largometraje se aborda el caso del sacerdote católico irlandés Oliver O’Grady, quien confiesa abiertamente haber abusado de niños entre los años 70 y 90 y quien estuvo preso siete de los 14 años a los que fue condenado por sus delitos.

Más allá del hecho noticioso y de la impecable información que expone el documental, con declaraciones de O’Grady y de los superiores que lo encubrieron durante décadas, me calaron profundamente las intervenciones tanto de las víctimas como de sus padres. Vi en ellos, en sus palabras y en su pesar la misma tragedia por la que debieron haber pasado los perjudicados por Maciel. ¿Cuánto dolor puede provocar la traición a la confianza que una familia deposita en una figura casi divina y cómo daña a la fe y al espíritu de los afectados?

No pretendo convencer a nadie de abandonar sus cultos ni de generar rencores ajenos contra ninguno, sino de compartir una obra que, al menos a mí, me ha confirmado el atino de mis decisiones por medio de la exhibición de la injusticia que nos es ocultada sistemáticamente e incluso negada cuando la cuestionamos. Cada cual será libre de formar sus propios argumentos al final, pero estoy convencido de que sería insensato y absurdo censurar para nosotros mismos la realidad. Al menos la empatía con las víctimas podría alentarnos a tomar acciones que cambien de una vez por todas los abusos en cada una de las esferas de nuestra vida, incluida la espiritual. Nosotros somos el único camino.

El arte de la justificación

De pronto crucé la frontera entra Austria e Italia cual piedra de granizo contra suelo caliente: me deshelé por completo. La dureza de los vocablos germánicos tornó súbitamente en musicalidad latina, así como la frialdad de los Alpes desciende hasta la calidez del mar Adriático. Las tablas de esquí se traducen en góndolas venecianas mientras que las pálidas y quebradizas piernas de las mujeres adquieren tono, ritmo y melodía. Las divisiones políticas no son cuestión exclusiva de la geografía terráquea.

Así son los puentes de Venecia, como atractivas piernas que conectan al suelo entre sus islas y lo conducen hasta las supremas cúpulas de su arquitectura. Uno se mueve entre ellas a través de venas —que serían la acepción perfecta para su nombre—, cuya estrechez no admite la navegación más que de delgadas, estilizadas y elegantísimas embarcaciones, como si de modelos se tratara, esculpidas incluso a mano, de la misma manera que los dioses formaron al hombre a partir del barro. Una estética excelsa es la constante a lo largo del panorama italiano.

Fiel a las ondas del agua que le rodea y se entromete por todos los rincones de su fisonomía, la plaza de San Marcos es una extensión petrificada de los canales de Venecia. Alrededor la enmarcan una cadena constante de arcos, que llegan al clímax en la fachada de la basílica hasta apuntar al cielo desde la perfecta redondez de sus domos. Sus arquivoltas, además, complementan este homenaje a la parábola líquida con murales coloreados a partir de piedras preciosas y láminas de oro, así como los rayos del sol perturban las tonalidades del mar.

En cambio, Roma es la cumbre del politeísmo arquitectónico. Desde que Rómulo y Remo fueron rescatados de las aguas del Tíber hasta que la iglesia católica decidió agandallarse una porción del territorio romano para establecer ahí el cerebro de sus operaciones internacionales, cada una de las etapas que han ocupado fragmentos del cronograma de la capital italiana la convierten en el centro mundial de la diversidad edificativa, porque sobre el suelo de Roma ha sido adorada cualquier cantidad de dioses.

A lo largo de su historia, el hombre ha construido edificios monumentales únicamente por dos motivos: para satisfacer a sus deidades o para complacerse a sí mismo. El Coliseo es una exaltación del ocio en su más perversa expresión; los romanos, a través de la grandeza de su monumento, erigieron una mole con tal de justificar la diversión que encontraban en la violencia. La malicia, en algún momento, se transforma en ceños perplejos y susurros de admiración frente al anfiteatro ¿No ocurre lo mismo, acaso, con la brillante arquitectura arábiga de la Plaza de las Ventas en Madrid? A veces el arte puede ser el argumento ideal para acreditar la muerte.

Sobre esa misma tierra caliente donde alguna ocasión murieron los gladiadores, se levanta un par de tremendas construcciones: el Panteón de Agripa y el complejo arquitectónico del Vaticano. En su diseño, sus creadores implantaron las más notables capacidades humanas, con el fin exclusivo de que los templos fueran una ofrenda preciosa para sus respectivos dioses. El gran empeño es evidente, sobre todo, en las cúpulas de ambos edificios, en cuya planeación debieron participar los artistas más sobresalientes de sus épocas. Basta con aclarar que fue el legendario Michelangelo Buonarroti el visionario de la gigantesca cabeza de la Basílica de San Pedro, inspirado por la que llamó su hermana gemela: la cúpula de la basílica florentina.

Lo que Stendhal padeció frente a la Santa Cruz, en Florencia, no es exageración, presunción ni charlatanería. Cada una de las cinceladuras sobre sus muros externos es la virtud del éxtasis que el Renacimiento generó en la vida artística de Europa. Se nota en los trazos el ansia del hombre por terminar para siempre con el oscurantismo de la Edad Media y explorar los límites de su libertad creativa. Aunque, después de todo, el motivo seguía siendo Dios.

En Florencia respiran las obras supremas del Renacimiento, creaciones verdaderamente majestuosas. Ahí se esconde de la intemperie, tras los muros de la Galería de la Academia, el inmaculado David, sobre cuyo mármol Miguel Ángel proyectara el espíritu renovador de la ciudad en esa época, a través, precisamente, de una figura religiosa. El gran artista del ocaso medieval fue incapaz de idear más allá de los límites cristianos, de la misma manera que sus demás contemporáneos; aunque con ese pretexto, elaboraron obras majestuosas.

Italia, en su generalidad, es la justificación perfecta de la religiosidad, especialmente del cristianismo. Cada uno de los artistas que colaboraron en su soberbia construcción, tenía en mente satisfacer su culto, y para ello persiguieron la grandeza en todo momento. Provoca nostalgia suponer lo que aquellos grandes creadores habrían podido hacer sin el peso de una divinidad sobre ellos. Sin embargo, también resulta difícil imaginar qué tan lejos hubieran llegado sin la inspiración de un ente superior a ellos mismos. El Coliseo es una pista, pero no puede asegurarnos nada al final. Así que quizá, y lo afirmo sólo en tono de sospecha, la religión nos conviene como pretexto para labrar y admirar las piezas de arte más sorprendentes de nuestra historia. Y nada más.

Lecciones de pueblo bicicletero

Qué equivocados estaban quienes desecharon a la bicicleta como medio de transporte primario y la devaluaron a equivalente de subdesarrollo, al grado ridículo de adjetivar de “bicicletero” a un pueblo, con la burda intención de acusarlo por su pobreza o ignorancia. Cuál sería la sorpresa de estos inquisidores urbanistas si pisaran territorios de primer mundo que contradijeran sus hipócritas teorías y les demostraran que, en realidad, los incultos eran ellos. Para estos casos, no hay mejor lección de modernidad en dos ruedas a pedales que la ofrecida por los Países Bajos, popularmente reconocidos como Holanda, y especialmente por su capital, la revolucionaria ciudad de Ámsterdam.

Viajar no significa únicamente diversión, ocio o aprendizaje. Enfrentarnos cara a cara con una cultura distinta, en su entorno natural, es igual a pararse delante de un espejo o impactar a toda velocidad contra un muro: ninguno puede salir ileso. Se hace turismo para sacudirse la conciencia; los souvenirs no dan fe de nada hasta que se demuestre, con acciones, lo contrario. Por lo tanto, si se visita Ámsterdam, el mejor recuerdito que uno puede llevarse no es un dulce aromatizado a marihuana, sino, por supuesto, una bicicleta, porque es ésta su principal demostración de vanguardia y modernidad.

Los neerlandeses lo saben, por eso la han colocado en un escaño superior al peatón mismo en sus normas viales, para enaltecer frente a los ojos del extranjero su superioridad urbana. Lo suyo no es altanería ni mucho menos barbarismo, no debe confundirse. Es que si no lo hicieran así, los demás seríamos tan torpes como para no verlo.

Luego, de la mano de la bicicleta es que nos conducen hacia los demás puntos de su superioridad cultural y urbana sobre la nuestra. Si no nos obligaran a respetar el paso de sus dos ruedas a base de atropellos y toques de campanillas, serían incomprensibles, para nosotros, todas las otras libertades que han conquistado. De no ser por la pureza que irradian sus bicicletas, los turistas medievales —que somos todos— no pararían de persignarse frente a los escaparates del Barrio Rojo o entre el penetrante aroma que emana de las coffee shops.

De no ser por la bicicleta, Ámsterdam no sería, para nuestras subdesarrolladas conciencias, más que la capital del libertinaje legalmente establecido. No asimilaríamos el hecho de que los neerlandeses han sido el primer pueblo en aprender las lecciones de la historia: cuanto más prohíbes, peor se pone. Pero es un hecho que nos desconcierta la escasa violencia y la notable ausencia de policías en una ciudad que se ha abierto a todo lo que nosotros todavía consideramos tabúes en el resto del mundo.

Ámsterdam no es valiosa por su arquitectura clásica ni sus antiguos canales; eso está bien sólo para las fotografías. Esta ciudad vale su peso en libertad, y para respirarla hay que dejarse conquistar por ella, meterle las narices y los ojos hasta el fondo. Es necesario inhalar el humo de la yerba calcinada en sus calles y mirar a los ojos a las mujeres bajo las luces rojas. Hay que desnudar a Ámsterdam y permitir que a nosotros nos despoje de nuestros prejuicios moralistas hipócritas. Finalmente, lo que perseguimos es vivir en nuestra Ámsterdam particular, donde haya riqueza bien distribuida, ecología y, por supuesto, libertad. Y, dado que todos quisiéramos formar parte de un pueblo bicicletero como éste, podemos empezar por lo más obvio: ¡montémonos sobre una bicicleta!

La osa y el madroño

Madrid tiene un olor ácido, sin otros adjetivos posibles. Es un aroma que ni los mismos madrileños pueden explicar, porque no lo notan siquiera. Obviamente, después de tener el olfato saturado del humo del Distrito Federal, cualquier mínimo contacto con un aire más limpio provoca un caos dentro de la propia nariz. Hasta ahora, la explicación más razonable que he escuchado es que el viento veraniego arrastra hasta la capital española el polen de los árboles que tímidamente cubren los cerros de alrededor, y posiblemente sea éste el culpable de tan ambigua fragancia.
Desde que uno pasa del avión a la terminal del aeropuerto de Barajas, el primer mundo se hace presente. La modernidad, como llamamos celosamente a todo aquello que nos supera, está en cada rincón, desde los vitrales que abordan la generalidad de la construcción y las miles de luces que a través de ellos se reflejan hasta el pequeño tren automático que conduce a los recién aterrizados entre la compleja maraña de escaleras eléctricas y ascensores hacia las bandas donde pueden recuperar su equipaje.
Las carreteras, avenidas y calles madrileñas dejan fluir entre ellas a miles de automóviles lujosos —o así les considero yo, que vengo de un país subdesarrollado—, lo que me obliga a preguntarme: ¿dónde está su crisis? En fin, cada cuál tiene sus necesidades, y la verdad es que el nivel de vida en España es caro. Cuando llegamos al hotel —mediante un taxi de aeropuerto Mercedes-Benz—, preguntamos por el precio del internet en sus computadoras, y estuvimos a punto del colapso cuando nos ofrecieron la dichosa tarifa: un euro por cada 10 minutos. De lo contrario, debíamos resignarnos con los 30 minutos gratuitos que el hotel regala a sus huéspedes para sus dispositivos móviles o computadoras. En fin, lo de menos era el acceso a la red; de cualquier manera, sería poco el tiempo que Madrid nos permitiría pasar en las habitaciones.
No se puede comparar el folclor de las calles de la Ciudad de México con el madrileño, y, de hecho, con ninguno, pero es un hecho que hay vida en las aceras de esta metrópoli europea. Habitan en ella, por supuesto, toda clase de artistas callejeros: músicos, bailarines, pintores y estatuistas, como en cualquier otra gran ciudad; aunque no es ésta la característica que la hace diferente y acogedora.
Caminar entre las venas de Madrid significa encontrarse con el mundo. Hay en sus calles tantas culturas y nacionalidades que aquello parece el ombligo del mundo: españoles, marroquís, indios, alemanes, portugueses, árabes, ingleses, lainoamericanos, franceses, turcos, italianos, africanos, chinos, japoneses, y un sin fin de rostros e idiomas a veces irreconocibles. Al menos para mí, hasta ahora, se ha convertido en la capital cosmopolita del mundo; no había visto nunca una pluriculturalidad tan rica como la de Madrid. Es emocionante codearse con una hindú en el metro, hacer fila en la tienda detrás de una musulmana y beberse una caña —cerveza— con Fanta de limón en un bar de tapas mientras que un grupo de francesas se carcajea en la mesa de junto.
Existe también la opción de intercambiar miradas con una chica africana en la estación de Atocha, donde se toma un tren rápido que viaja a 180 kilómetros por hora y que en poco más de 60 minutos le lleva a uno hasta Toledo, antigua capital de España. Ahí, el furor no es como el de Madrid. De hecho, el silencio y la tranquilidad son una constante en medio de edificios y murallas medievales. Por entre sus callejones y balcones, aún en perfecto estado, el tiempo se detiene. Se pude percibir la nostalgia de sus colinas empedradas, que añoran el paso de carruajes, caballeros y doncellas. En Toledo debió haberse quedado la nobleza española.
De esto, en Madrid sólo hay resquicios. En esta capital cosmopolita se debe ser ciudadano del mundo o se muere. Hay que perder el pudor para aprovechar las excesivas horas de sol y el calor avasallante de sus coordenadas; mejor quitarse la playera para ejercitarse en los gimnasios al aire libre o, de plano, dejarse el bikini para tomar bronceado sobre los pastos del parque del Buen Retiro, al cabo que en Madrid, durante el verano, las faldas cortas son la regla y las miradas lascivas han terminado por aburrirse con tal exceso.
Sí, todavía existe una familia real que posee grandes y lujosos palacios y que es querida por el pueblo; pero la vida diaria no da tregua para la altanería ni para quedarse viendo cómo se agita fervientemente la ciudad frente a uno. Por el contrario, Madrid está hecha para abusar de ella; aunque abre sus piernas sólo para los curiosos, para quienes lo quieren todo sin reservas. Está llena de trenes, autobuses y taxis de lujo; las bicicletas y las motos pueden aparcarse en casi cualquier esquina y, lo mejor de todo, el peatón tiene preferencia por sobre los demás para atravesar las callejuelas más estrechas, pero también para cruzar la ancha extensión de la Gran Vía.
Al principio, da pavor apoderarse del paso de peatones indicado con azul sobre el pavimento, pero son los mismos automovilistas quienes se detienen cuando le ven a uno parado sobre la acera. Y es tan sencillo acostumbrarse a esta cultura vial que luego no hay quien siquiera se fije en los autos que circulan. “¡Cuidado, que soy peatón y voy a cruzar la calle!”. Y, por increíble que parezca, los coches frenan sin ningún reproche.
Incluso entre peatones, la circulación fluye maravillosamente. En el metro, por ejemplo, la gente se orilla a la derecha en los pasillos y las escaleras eléctricas si no le comen las prisas, ya que la izquierda queda libre para darle paso a los apresurados. ¡Bueno, funciona tan eficientemente como su futbol!
Todo este mecanismo perfecto tiene su máximo esplendor en la plaza del Sol, desde la cual se desprenden una serie de vías peatonales, como rayos del Astro Rey, donde se aloja la vida comercial más importante de los madrileños. Los escaparates se mezclan entre moda, calzado, tabaquerías y recuerditos españoles, además de la pintoresca presencia de los vendedores ambulantes: inmigrantes africanos ilegales que ofrecen artículos de imitación, como bolsos femeninos y gafas de sol. Aquí también, como ocurre en México, deben recoger sus puestos frente a los ojos de la policía, que no hace más que pasar de largo. El comercio informal es un respiro para los países con altas tasas de desempleo en todo el mundo.
Ya por la tarde —a las ocho o nueve, cuando el sol todavía está bien presente sobre Madrid—, después de haber agotado el fervor de la metrópolis, llega el tiempo de invadir los cientos de bares esparcidos por toda la ciudad, junto a los amigos, para tapear con ellos. Se bebe caña, vino o tinto de verano, acompañados de exquisitas porciones de guisados o botanas para no perder la cordura con los tragos. Las famosas tapas.
Si uno sale del bar lo suficientemente tarde y, además, le coge una marcha de mineros que no termina de pasar después de 30 minutos, no debe preocuparle el transporte para regresar a casa, pues el último tren de cada base parte a la 1:30 de la madrugada. O, si se prefiere, la caminata nocturna es perfectamente segura y acogedora, y se puede disfrutar de la estética iluminación de sus fuentes y palacios. No tiene la misma mística apreciar la Cibeles montada en su carruaje con el sol aplanando sus formas que con la luz de la noche, cuya sutileza estiliza cada curva con sus sombras.
Tanto esplendor, por supuesto, hace olvidar, o mejor dicho, disfrutar del aroma ácido del aire madrileño, que no es otro que el desprendido por la efervescencia de su gente, de su verano, de su Sol, de su diversidad, de su vanguardia y, sobre todo, de su entusiasmo. Madrid no espera ser como otra, porque todas viven en ella bajo el resguardo de la osa y el madroño.

Seamos jóvenes de nuevo

Hoy, México es sinónimo de crisis. Como sociedad, estamos frente a uno de esos presentes íntimamente casados con el futuro. Es cierto que cada día vivido es determinante para lo que ocurrirá en el siguiente; toda acción desatará una reacción, muchas veces impredecible. Pero este momento por el que nuestra historia atraviesa es especial, porque hay en el ambiente una energía insólita, una de esas con espíritu transformador. Positiva. Inmensurable.

Es evidente la paranoia radiada de la violencia por el narcotráfico y la subsecuente militarización del país, y podría confundirse el calentamiento actual de nuestro clima social con este hecho. Sin embargo, sería tan erróneo como combatir el fuego con fuego, considerar que el genocidio de los últimos seis años ha sido el catalizador único de nuestro ahora.

El presente es una larga suma de desgracias sociales, cuyas generaciones volcánicas más recientes han escupido el magma que se pudría en las entrañas de su formación. La actual furia del Popocatépetl no es sino una invitación de la naturaleza a unirse con ella para exigir el respeto que cada uno se merece. Los sistemas político-económicos que han regido mundialmente en las últimas décadas, metieron sus ideologías dentro de una olla a presión que, ahora, no ha soportado más, y está liberando, poco a poco, a través de una sutil válvula de escape, movimientos que pretenden acabar con ellos definitivamente.

Acá, en nuestro país, fieles a los ciclos naturales del tiempo, hemos visto renovarse a las luchas históricas de nuestro pueblo en ese músculo social que es la juventud. Serían la tragedia de una nación la pasividad y la indiferencia de sus jóvenes ante su realidad. ¿Quiénes, si no ellos, son capaces de plantarse frente al poder sin temerle, ni rehuirle, ni obedecerle?

Antes del 11 de mayo, ese día en que la voz del hartazgo social se manifestó a través de los universitarios, la conferencia que había preparado para este día era una crítica abierta hacia los estudiantes y sus centros de educación superior, por la ausencia de un humanismo entre la enseñanza de unos y el aprendizaje de otros, opacado por la demanda técnica del campo laboral neoliberalista que les espera a los jóvenes al superar las aulas. No veía en ellos, hasta entonces, principalmente en los pertenecientes a la Universidad Nacional, a su espíritu clamando por la raza, así como el gran humanista les había encomendado en su lema. El eco de los goyas provenía de un vacío, más que del fragor de sus voces unidas.

Afortunadamente —y lo digo con orgullo—, a partir del rechazo al candidato del PRI en la Universidad Iberoamericana, y, más tarde, con el surgimiento del movimiento #YoSoy132, los universitarios pusieron en serio cuestionamiento mis palabras y me obligaron a replantear mi postura acerca de ellos.

No puedo más que celebrar, como joven que aún soy, el despertar de mis iguales. ¡Y sumármeles, por supuesto! Puedo asegurar que durante las marchas y mítines del insurgente movimiento, he visto en los ojos y los puños de los estudiantes ese humanismo que tanto nos preocupaba, como sociedad, no ver surgir nunca. He visto en las lágrimas de hombres y mujeres que han acompañado a los universitarios en este nuevo proceso, el entusiasmo más sincero por ver a esta generación convertirse en esa esperanza de bienestar por la que habían luchado durante toda su vida. Ahora, ¡válgame el destino!, caminan y gritan por la calle, codo a codo, para volverla realidad.

Este movimiento es humanista porque persigue la dicha común a través del civismo de las instituciones. No es una consigna egoísta la que los jóvenes exigen, sino la voz de todo un pueblo. La libertad de informarse y la democracia que han encontrado en las redes sociales, las pretenden para el resto. ¿Acaso hay acto más patriótico que ese? No debe existir un argumento válido contra la postura de los universitarios, que bajo el lema de “México” quieren que el conocimiento llegue a cada rincón de su país. ¿O es que alguien se opone contra su petición de alfabetizar a todo el pueblo?

Mi reclamo, sin embargo, todavía es vigente contra las propias universidades, ya que éstas han permanecido estáticas en contraste con la dialéctica de sus alumnos, contrario a lo que socialmente se espera de ellas.

Cuando surge una universidad, se supone que ésta será una productora de cultura, un recinto donde se promoverá una espiritualidad de la que luego harán gala sus egresados y docentes en aras de mejorar su entorno y, por consiguiente, el de los demás. Hay cierta clase de fuerza centrípeta para la esperanza en una universidad, tanto para quienes forman parte de ella como para el resto de las comunidades inmediatas. Recae en ella la responsabilidad de ser una orientación filosófica, más allá del simple hecho de transmitir conocimientos específicos de una materia.

De hecho, como cualquier otro sistema orgánico, una universidad debe estar precedida de ciertos fundamentos de lo que habrá de cultivarse en ella, pues de esta manera su personal se involucra al grado de adquirir una responsabilidad moral con su casa de estudios. Cuando la dirección filosófica de una institución es comprendida y adoptada por quienes la conforman, surgen los valores como síntoma de identidad, que más tarde serán esparcidos y fecundados al igual que polen en el campo de la sociedad.

Precisamente, la universidad, a través de la cultura, debe ser un campo fértil de valores que amalgamen la diversidad de filosofías que en ella convergen, siempre y cuando logre forjar esa identidad entre sus miembros, a partir de una dirección y fundamentos muy bien establecidos. Es entonces cuando podemos hablar de una academia humanizada, si entendemos el humanismo como una “reacción del espíritu sobre la acción del mundo material, que determina un proceso a partir de una fase empírica y se eleva de ahí en busca de las altas cumbres que significan los valores humanos” (Bueno, Miguel; 1960).

No obstante, en la actualidad se ha entrometido un elemento en esta labor: el surgimiento de las instituciones técnicas de educación superior, cuya filosofía llegó a romper el paradigma teórico-cultural que hasta entonces prevalecía en este nivel. Y la problemática se acentúa cuando aparece la educación privada, que encuentra su génesis en la solución de un par de obstáculos: la demanda de aulas que la universidad pública ha sido incapaz de satisfacer, por una parte, y las necesidades específicas del sector empresarial, por la otra.

Es una realidad que los grandes grupos corporativos han decidido fundar sus propios centros de formación para preparar profesionistas capaces de cubrir puestos específicos dentro de sus industrias. Ergo, la enseñanza que imparten es principalmente técnica y, por ende, funcional de acuerdo con sus intereses. Además, su filosofía académica no es otra que la de sus fundamentos empresariales, la cual transmiten íntegra a los profesionales del futuro.

Es cierto que las escuelas deben adaptarse a las circunstancias que sus alumnos encontrarán al egresar, y quizá sea ésta la razón por la cual han adoptado modelos poco humanistas y excesivamente técnicos; aunque también es un hecho que la filosofía que le transmiten a los estudiantes influye en la conformación del exterior. Por tanto, la universidad no puede deslindarse de la tecnocracia impartida en las aulas como agente directo de la deformación de los valores en el resto de la sociedad. De alguna manera, la educación se convierte en una suerte de fábrica de producción en serie sin sentido, puesto que la aplicación de su técnica no persigue la sublimación de la cultura, sino, simplemente, la practicidad de la vida diaria.

Dicha deshumanización es notoria en la insultante ausencia de muestras de apoyo hacia el movimiento estudiantil por parte de sus propias universidades. Al día de hoy, apenas el rector de la UAM, Enrique Fernández Fassnacht, se ha pronunciado abiertamente en favor de los jóvenes; los demás han permanecido gélidos y apáticos. ¿Dónde quedaron esos verdaderos dirigentes universitarios que, como Javier Barros Sierra, marcharan junto a los estudiantes y les respaldaran moralmente con discursos y acciones concretas?

Nunca antes los alumnos habían superado tan notablemente a sus maestros. Informados y organizados a través de las redes sociales y la Internet, han superado las deficiencias que las universidades no cubren durante su formación. Como afirmara Sergio Aguayo, creo firmemente que los estudiantes le están dando una lección a toda la sociedad, y principalmente a sus escuelas; una lección de democracia, de honor y de patriotismo. Jamás, antes de las marchas y mítines de este movimiento, había percibido en carne propia un amor tan hondo por México. Las consignas que surgen de sus bocas vienen desde sus pechos, y son precisamente eso: amor. Y no existe valor humano más grande que ése.

Ahora que estamos en este recinto dolorosamente histórico, espero llevarme el espíritu de los jóvenes de entonces que, como los de ahora, levantaron la voz en nombre del pueblo entero. Quiero llevarme el entusiasmo del 68 a cuestas para transmitirlo en las subsecuentes reuniones del movimiento #YoSoy132. Pero quisiera que también ustedes se contagiaran de esa vibra estoica que le pertenece a esta plaza y anhelen, como la juventud de hoy, transformar esta realidad que nos carcome el alma. Sintámonos humanos de nuevo, y hagamos del conocimiento y los valores armas de bienestar. ¡Seamos, todos, jóvenes de nuevo! ¡Seamos humanistas! Porque cuando hay humanismo, hay esperanza.

*Esta conferencia formó parte del ciclo Reconstruir para construir el humanismo en México, una iniciativa de la gaceta Cariátide Brevedades Literarias, con el apoyo del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, el 23 de junio de 2012.

La fantasía violenta del cine

Del cine acostumbro llevarme anhelos de vida. No puedo decir que adquiero experiencia o aprendo moralejas, porque sus historias no son más que melosas ficciones románticas. El hombre es incapaz de imaginar una tragedia mayor a la que puede cometer. Es irónico notar cuando montones de espectadores se tapan los ojos, gritan y suben los pies a sus butacas al momento de presenciar escenas violentas mientras que los periódicos El GráficoMetro y La Prensa se venden por toneladas, todavía goteando sangre por el exceso de tinta roja que la rotativa debió imprimir en cada ejemplar (¿acaso nadie se ha interesado en contabilizar los litros colorados que emplean esos diarios?).

El horror cinematográfico es sutil, ya viene horneado. Es decir: nunca nos lo proyectan crudo. De otra cosa escribiría ahora si el snuff no estuviera prohibido; pero en la realidad, incluso los japoneses juegan a la casita del terror. ¿Cuál es la diferencia pragmática entre la demencia de los asiáticos y la cómica charlatanería de Carlos Trejo? Un brinco, sudor frío y una noche en vela bajo las cobijas como máximo. Por eso un filme es una esperanza. Tal vez, en un mundo mejor, un payaso maldito saldrá de la coladera de nuestro baño y un ejército de aborígenes azules llegará de otro planeta para protegernos de él.

Por eso me encantan las películas, porque —parafraseando a Luis Sepúlveda— a veces me hacen olvidar la barbarie humana, igual que las novelas de amor. Aunque no debe confundirse la capacidad del cine con aquella de la literatura: el primero nos muestra su ficción como nosotros mismos concebimos la realidad, viéndola y escuchándola; faltaría olerla, sentirla y degustarla, pero eso ya sería ponernos demasiado exquisitos. Por otro lado, a la literatura la engendramos particularmente; cada uno, de acuerdo a su retorcido cerebro, recrea las palabras con absoluto albedrío. Las letras nos convierten en nuestro propio cineasta.

A mí me gusta dividir mi gusto cinéfilo en dos: directores extranjeros, por un lado, y paisanos, por el otro. Esto no tiene nada que ver con cuestiones de calidad ni malinchismo; en todos lados se cuecen habas. Sucede, más bien, que mi auto-referencia dentro de unos y otros guiones es distinta: me identifico con mayor facilidad con la narrativa connacional, por obvias razones. Consecuentemente, también me cuesta menos trabajo entender sus intenciones creativas. Asegurar lo contrario sería una falsa pretensión. En todo caso, uno se sentiría confortable en Macondo y no en Comala, aquella tierra donde las ofrendas son una trivialidad inútil.

Vivimos en el llano en llamas. Acá, los amores son perros, sangrientos, mortales. Bien llamados hijos de la chingada, nos escoce reconocer que se cogieron a nuestra mamá también; así que, de acuerdo a los códigos que marca la Ley de Herodes, o te chingas o te jodes. Habitamos bajo California, al límite del tiempo, donde cada cual decide si quiere pertenecer a un mundo maravilloso o ser parte del verdadero pinche Infierno.

Ni siquiera se sienten las fronteras de una producción cuando desde su origen una historia fue cocida sobre las llamas de nuestra tierra. El fuego está ahí, corriendo a través de la sangre de su creador. Y también el dolor, la miseria, la pobreza, la inmundicia, la calamidad, la corrupción, la violencia y, por supuesto, la muerte. Habrá tragedia, ¿sí o no?, allá donde un mexicano se apropie del megáfono y la silla de director.

Todo lo anterior, yo lo supe hasta hace muy poco. No me bastó con haber repasado más de diez veces Children of men (Niños del hombre), de Alfonso Cuarón, para caer en la lógica de su guión. Tuvo que llegar la despiadada realidad a enseñármelo: la infancia —que no los niños— dirige el mundo. Aunque esta afirmación no tiene nada de mágica ni alegre; no se imaginen parques, globos ni algodones de azúcar. Esta niñez a la que me refiero tiene traumas, vicios y rencores, y con ellos crece para conformar un mundo igualmente perverso. Por eso el mundo infértil que Cuarón nos plantea se paraliza ante la presencia de un recién nacido, porque precisamente representa eso: una regeneración humana. Así que deben protegerla, como lo hacen los soldados al poner un alto al fuego mientras la madre sale con su hijo del edificio. Por ese motivo, la gitana da su vida a cambio del bienestar del bebé; y lo mismo hace Clive Owen. La humanidad entera comprendió entonces que si exponía a la criatura a aquella podredumbre, el futuro de su raza estaría condenado para siempre.

Con esta lógica, he podido explicarme la decadencia humanitaria que hoy vivimos. A causa de una tragedia, experimenté la catarsis de la pérdida de la inocencia, cuyas consecuencias padecemos con mayor amargura conforme pasan los años.

Una tarde de oficina cualquiera, apenas después de haber engullido el último bocado de ensalada que ese día me receté, un niño de apenas cinco años, sucio, débil y desorbitado, se acercó a mí, pidiéndome por una cucharada de anestesia para su verdadera hambre: de felicidad. Sin palabras, le gesticulé desabasto. Él lo intentó de nuevo, pero yo ya no supe qué hacer; sólo verlo y maldecirme a mí y a todos por lo miserable de ese rostro. Entonces, comprendida por ambos la situación, me soltó un golpe preciso al brazo y se marchó, molesto conmigo, como encargándome este texto.

Así supe que en 20 años, cuando él y yo volvamos a vernos las caras, me exigirá esa cucharada de nuevo; aunque entonces será con un arma, y su botín multiplicará con creces lo de un bocado. Y no sólo a mí me encontrará, sino a cualquiera de nosotros, para dotar de vida a este círculo vicioso, dentro del cual no pararemos de girar ni de producir guiones fantasiosos sobre la suave violencia que únicamente nos hace pensar: eso puede pasarme a mí cualquier día, a cualquier hora, en cualquier bocado.