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¡Silencio!

Vivimos en un mundo de ruido. Hay ruido en los medios, en los chismes y hasta en la música. Cuánta cantidad de basura auditiva no sale a diario de las panificadoras discográficas, que la producen en serie como si de alimentarnos de nuevos éxitos dependiera nuestra supervivencia. Aunque, claro, su objetivo no es darnos de comer sonido sublime, sino consumir ellos las toneladas de billetes que sus residuos —reciclados una y otra vez— les retribuyen. Se debe pepenar entre montañas de estiércol para encontrar, cual brillantes gemas de un tesoro escondido bajo la miseria, la belleza, la vitalidad o la melancolía de una pieza musical camuflada entre el resto.

Las ciudades son grandes monumentos al ruido. Las calles, las avenidas y las carreteras no son más que ondas para conducir el ruido a todos los rincones de una urbe. Hay máquinas machacando la calma cada segundo; la estrujan y la desaparecen sin remedio mientras dura el día. Máquinas de acero y de carne y hueso. A veces, en un lunes cualquiera por la madrugada, apenas rasguñando la medianoche del domingo anterior, se puede sentir tranquilidad en una metrópoli, cuando la gente descansa y toma fuerzas para despedazar la paz el resto de la semana. El asfalto es una puta olvidada los lunes por la madrugada.

El ruido se mete hasta en el vuelo íntimo y espiritual que son los sueños. Soñar es, sin duda, la actividad privada por excelencia de las personas. Mientras soñamos, somos libres de inventarnos una nueva realidad a nuestra imagen y conveniencia, por más ridícula que le parezca al resto. En un sueño podemos matar a quien queramos y coger con quien deseemos. Nos apoderamos del alma de cualquiera sin que el otro pueda siquiera sospecharlo, a menos que cometamos la estupidez de contárselo a alguien.

Pero el maldito ruido proveniente de los clichés de la televisión, el cine y la literatura nos abruma los sueños. ¿Acaso alguno ha soñado tener sexo con la mujer o el hombre de sus sueños en algún lugar inconveniente, como entre las llamas del infierno, en las puertas del paraíso o frente a Dios mismo? ¿Alguien ha hecho el amor salvajemente con Dios o, más peligroso e inmoral aún, con el mismísimo Satanás? Seguramente no; y si lo han hecho, debió haber sido increíble. Aunque, admítanlo, a la mayoría ni siquiera se le había pasado por la cabeza, porque no es una fantasía corriente. ¡Está prohibido cogerse a un dios o a un demonio! Y nos bombardean con ruido todo el tiempo para no permitirnos esa libertad, porque debe necesitarse una claridad de mente muy especial para poder soñar una experiencia tan fascinante.

Ni siquiera el amor puede salvarse del ruido. Quizá éste menos que ninguno. Cuando nos enamoramos de alguien es cuando más atormentamos con ruido a nuestro pequeño, aunque narcisista cerebro. Nos llenamos la cabeza de miedos, paranoias y especulaciones. ¡Puro pinche ruido! Que si nos quieren o no; que si nos engañan o no; que si fingen el orgasmo o no. Nos atormentamos la vida con tantas pendejadas que, cuando estamos superándolas por fin, ya nos mandaron al carajo por idiotas. El amor —y es aquí donde radican todos los misterios de este arte suculento— está hecho para los sordos del corazón y las tripas; para aquellos que no se enteran siquiera de la montaña de problemitas minúsculos que a otros apabulla. Sepan que el amor debe oírse como un paro cardíaco y un hambre de tres días. Si son capaces de escucharlo, lo demás es simplemente ruido.

¡Silencio! Paren su maldito tren. Hay que aprender a escuchar el silencio. Es un sonido que retumba en los oídos, los hace estallar y provoca sordera. La sordera necesaria para poder inmiscuirnos en nosotros mismos. No hay meditación tan poderosa como la que se musicaliza con la sinfonía del silencio. Es más grave y poderoso que el Om, como el sonido de la tierra cuando tiembla; aunque, en este caso, nos sacude la cabeza a nosotros. Es un error pensar que el silencio es la ausencia de los sonidos, sino que es la nota más profunda de la naturaleza. Basta con darle el tiempo necesario a los oídos y al cerebro para que lo registren. Cuando lo consigan, verán que no podrán soportar el estruendo por mucho tiempo. Es avasallador. Pero en un mundo lleno de ruido, necesitamos un contrapeso ocasionalmente.

No es un debraye ni un ejercicio asiático o hippie; es cierto que el silencio tiene un sonido. Sólo cállense, dejen de leer e interrúmpanse a sí mismos. Que nada más suene a su alrededor. Cuando sus tímpanos hayan dejado de vibrar por el ruido que estaban escuchando antes, el Silencio aparecerá.

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Seamos jóvenes de nuevo

Hoy, México es sinónimo de crisis. Como sociedad, estamos frente a uno de esos presentes íntimamente casados con el futuro. Es cierto que cada día vivido es determinante para lo que ocurrirá en el siguiente; toda acción desatará una reacción, muchas veces impredecible. Pero este momento por el que nuestra historia atraviesa es especial, porque hay en el ambiente una energía insólita, una de esas con espíritu transformador. Positiva. Inmensurable.

Es evidente la paranoia radiada de la violencia por el narcotráfico y la subsecuente militarización del país, y podría confundirse el calentamiento actual de nuestro clima social con este hecho. Sin embargo, sería tan erróneo como combatir el fuego con fuego, considerar que el genocidio de los últimos seis años ha sido el catalizador único de nuestro ahora.

El presente es una larga suma de desgracias sociales, cuyas generaciones volcánicas más recientes han escupido el magma que se pudría en las entrañas de su formación. La actual furia del Popocatépetl no es sino una invitación de la naturaleza a unirse con ella para exigir el respeto que cada uno se merece. Los sistemas político-económicos que han regido mundialmente en las últimas décadas, metieron sus ideologías dentro de una olla a presión que, ahora, no ha soportado más, y está liberando, poco a poco, a través de una sutil válvula de escape, movimientos que pretenden acabar con ellos definitivamente.

Acá, en nuestro país, fieles a los ciclos naturales del tiempo, hemos visto renovarse a las luchas históricas de nuestro pueblo en ese músculo social que es la juventud. Serían la tragedia de una nación la pasividad y la indiferencia de sus jóvenes ante su realidad. ¿Quiénes, si no ellos, son capaces de plantarse frente al poder sin temerle, ni rehuirle, ni obedecerle?

Antes del 11 de mayo, ese día en que la voz del hartazgo social se manifestó a través de los universitarios, la conferencia que había preparado para este día era una crítica abierta hacia los estudiantes y sus centros de educación superior, por la ausencia de un humanismo entre la enseñanza de unos y el aprendizaje de otros, opacado por la demanda técnica del campo laboral neoliberalista que les espera a los jóvenes al superar las aulas. No veía en ellos, hasta entonces, principalmente en los pertenecientes a la Universidad Nacional, a su espíritu clamando por la raza, así como el gran humanista les había encomendado en su lema. El eco de los goyas provenía de un vacío, más que del fragor de sus voces unidas.

Afortunadamente —y lo digo con orgullo—, a partir del rechazo al candidato del PRI en la Universidad Iberoamericana, y, más tarde, con el surgimiento del movimiento #YoSoy132, los universitarios pusieron en serio cuestionamiento mis palabras y me obligaron a replantear mi postura acerca de ellos.

No puedo más que celebrar, como joven que aún soy, el despertar de mis iguales. ¡Y sumármeles, por supuesto! Puedo asegurar que durante las marchas y mítines del insurgente movimiento, he visto en los ojos y los puños de los estudiantes ese humanismo que tanto nos preocupaba, como sociedad, no ver surgir nunca. He visto en las lágrimas de hombres y mujeres que han acompañado a los universitarios en este nuevo proceso, el entusiasmo más sincero por ver a esta generación convertirse en esa esperanza de bienestar por la que habían luchado durante toda su vida. Ahora, ¡válgame el destino!, caminan y gritan por la calle, codo a codo, para volverla realidad.

Este movimiento es humanista porque persigue la dicha común a través del civismo de las instituciones. No es una consigna egoísta la que los jóvenes exigen, sino la voz de todo un pueblo. La libertad de informarse y la democracia que han encontrado en las redes sociales, las pretenden para el resto. ¿Acaso hay acto más patriótico que ese? No debe existir un argumento válido contra la postura de los universitarios, que bajo el lema de “México” quieren que el conocimiento llegue a cada rincón de su país. ¿O es que alguien se opone contra su petición de alfabetizar a todo el pueblo?

Mi reclamo, sin embargo, todavía es vigente contra las propias universidades, ya que éstas han permanecido estáticas en contraste con la dialéctica de sus alumnos, contrario a lo que socialmente se espera de ellas.

Cuando surge una universidad, se supone que ésta será una productora de cultura, un recinto donde se promoverá una espiritualidad de la que luego harán gala sus egresados y docentes en aras de mejorar su entorno y, por consiguiente, el de los demás. Hay cierta clase de fuerza centrípeta para la esperanza en una universidad, tanto para quienes forman parte de ella como para el resto de las comunidades inmediatas. Recae en ella la responsabilidad de ser una orientación filosófica, más allá del simple hecho de transmitir conocimientos específicos de una materia.

De hecho, como cualquier otro sistema orgánico, una universidad debe estar precedida de ciertos fundamentos de lo que habrá de cultivarse en ella, pues de esta manera su personal se involucra al grado de adquirir una responsabilidad moral con su casa de estudios. Cuando la dirección filosófica de una institución es comprendida y adoptada por quienes la conforman, surgen los valores como síntoma de identidad, que más tarde serán esparcidos y fecundados al igual que polen en el campo de la sociedad.

Precisamente, la universidad, a través de la cultura, debe ser un campo fértil de valores que amalgamen la diversidad de filosofías que en ella convergen, siempre y cuando logre forjar esa identidad entre sus miembros, a partir de una dirección y fundamentos muy bien establecidos. Es entonces cuando podemos hablar de una academia humanizada, si entendemos el humanismo como una “reacción del espíritu sobre la acción del mundo material, que determina un proceso a partir de una fase empírica y se eleva de ahí en busca de las altas cumbres que significan los valores humanos” (Bueno, Miguel; 1960).

No obstante, en la actualidad se ha entrometido un elemento en esta labor: el surgimiento de las instituciones técnicas de educación superior, cuya filosofía llegó a romper el paradigma teórico-cultural que hasta entonces prevalecía en este nivel. Y la problemática se acentúa cuando aparece la educación privada, que encuentra su génesis en la solución de un par de obstáculos: la demanda de aulas que la universidad pública ha sido incapaz de satisfacer, por una parte, y las necesidades específicas del sector empresarial, por la otra.

Es una realidad que los grandes grupos corporativos han decidido fundar sus propios centros de formación para preparar profesionistas capaces de cubrir puestos específicos dentro de sus industrias. Ergo, la enseñanza que imparten es principalmente técnica y, por ende, funcional de acuerdo con sus intereses. Además, su filosofía académica no es otra que la de sus fundamentos empresariales, la cual transmiten íntegra a los profesionales del futuro.

Es cierto que las escuelas deben adaptarse a las circunstancias que sus alumnos encontrarán al egresar, y quizá sea ésta la razón por la cual han adoptado modelos poco humanistas y excesivamente técnicos; aunque también es un hecho que la filosofía que le transmiten a los estudiantes influye en la conformación del exterior. Por tanto, la universidad no puede deslindarse de la tecnocracia impartida en las aulas como agente directo de la deformación de los valores en el resto de la sociedad. De alguna manera, la educación se convierte en una suerte de fábrica de producción en serie sin sentido, puesto que la aplicación de su técnica no persigue la sublimación de la cultura, sino, simplemente, la practicidad de la vida diaria.

Dicha deshumanización es notoria en la insultante ausencia de muestras de apoyo hacia el movimiento estudiantil por parte de sus propias universidades. Al día de hoy, apenas el rector de la UAM, Enrique Fernández Fassnacht, se ha pronunciado abiertamente en favor de los jóvenes; los demás han permanecido gélidos y apáticos. ¿Dónde quedaron esos verdaderos dirigentes universitarios que, como Javier Barros Sierra, marcharan junto a los estudiantes y les respaldaran moralmente con discursos y acciones concretas?

Nunca antes los alumnos habían superado tan notablemente a sus maestros. Informados y organizados a través de las redes sociales y la Internet, han superado las deficiencias que las universidades no cubren durante su formación. Como afirmara Sergio Aguayo, creo firmemente que los estudiantes le están dando una lección a toda la sociedad, y principalmente a sus escuelas; una lección de democracia, de honor y de patriotismo. Jamás, antes de las marchas y mítines de este movimiento, había percibido en carne propia un amor tan hondo por México. Las consignas que surgen de sus bocas vienen desde sus pechos, y son precisamente eso: amor. Y no existe valor humano más grande que ése.

Ahora que estamos en este recinto dolorosamente histórico, espero llevarme el espíritu de los jóvenes de entonces que, como los de ahora, levantaron la voz en nombre del pueblo entero. Quiero llevarme el entusiasmo del 68 a cuestas para transmitirlo en las subsecuentes reuniones del movimiento #YoSoy132. Pero quisiera que también ustedes se contagiaran de esa vibra estoica que le pertenece a esta plaza y anhelen, como la juventud de hoy, transformar esta realidad que nos carcome el alma. Sintámonos humanos de nuevo, y hagamos del conocimiento y los valores armas de bienestar. ¡Seamos, todos, jóvenes de nuevo! ¡Seamos humanistas! Porque cuando hay humanismo, hay esperanza.

*Esta conferencia formó parte del ciclo Reconstruir para construir el humanismo en México, una iniciativa de la gaceta Cariátide Brevedades Literarias, con el apoyo del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, el 23 de junio de 2012.

La fantasía violenta del cine

Del cine acostumbro llevarme anhelos de vida. No puedo decir que adquiero experiencia o aprendo moralejas, porque sus historias no son más que melosas ficciones románticas. El hombre es incapaz de imaginar una tragedia mayor a la que puede cometer. Es irónico notar cuando montones de espectadores se tapan los ojos, gritan y suben los pies a sus butacas al momento de presenciar escenas violentas mientras que los periódicos El GráficoMetro y La Prensa se venden por toneladas, todavía goteando sangre por el exceso de tinta roja que la rotativa debió imprimir en cada ejemplar (¿acaso nadie se ha interesado en contabilizar los litros colorados que emplean esos diarios?).

El horror cinematográfico es sutil, ya viene horneado. Es decir: nunca nos lo proyectan crudo. De otra cosa escribiría ahora si el snuff no estuviera prohibido; pero en la realidad, incluso los japoneses juegan a la casita del terror. ¿Cuál es la diferencia pragmática entre la demencia de los asiáticos y la cómica charlatanería de Carlos Trejo? Un brinco, sudor frío y una noche en vela bajo las cobijas como máximo. Por eso un filme es una esperanza. Tal vez, en un mundo mejor, un payaso maldito saldrá de la coladera de nuestro baño y un ejército de aborígenes azules llegará de otro planeta para protegernos de él.

Por eso me encantan las películas, porque —parafraseando a Luis Sepúlveda— a veces me hacen olvidar la barbarie humana, igual que las novelas de amor. Aunque no debe confundirse la capacidad del cine con aquella de la literatura: el primero nos muestra su ficción como nosotros mismos concebimos la realidad, viéndola y escuchándola; faltaría olerla, sentirla y degustarla, pero eso ya sería ponernos demasiado exquisitos. Por otro lado, a la literatura la engendramos particularmente; cada uno, de acuerdo a su retorcido cerebro, recrea las palabras con absoluto albedrío. Las letras nos convierten en nuestro propio cineasta.

A mí me gusta dividir mi gusto cinéfilo en dos: directores extranjeros, por un lado, y paisanos, por el otro. Esto no tiene nada que ver con cuestiones de calidad ni malinchismo; en todos lados se cuecen habas. Sucede, más bien, que mi auto-referencia dentro de unos y otros guiones es distinta: me identifico con mayor facilidad con la narrativa connacional, por obvias razones. Consecuentemente, también me cuesta menos trabajo entender sus intenciones creativas. Asegurar lo contrario sería una falsa pretensión. En todo caso, uno se sentiría confortable en Macondo y no en Comala, aquella tierra donde las ofrendas son una trivialidad inútil.

Vivimos en el llano en llamas. Acá, los amores son perros, sangrientos, mortales. Bien llamados hijos de la chingada, nos escoce reconocer que se cogieron a nuestra mamá también; así que, de acuerdo a los códigos que marca la Ley de Herodes, o te chingas o te jodes. Habitamos bajo California, al límite del tiempo, donde cada cual decide si quiere pertenecer a un mundo maravilloso o ser parte del verdadero pinche Infierno.

Ni siquiera se sienten las fronteras de una producción cuando desde su origen una historia fue cocida sobre las llamas de nuestra tierra. El fuego está ahí, corriendo a través de la sangre de su creador. Y también el dolor, la miseria, la pobreza, la inmundicia, la calamidad, la corrupción, la violencia y, por supuesto, la muerte. Habrá tragedia, ¿sí o no?, allá donde un mexicano se apropie del megáfono y la silla de director.

Todo lo anterior, yo lo supe hasta hace muy poco. No me bastó con haber repasado más de diez veces Children of men (Niños del hombre), de Alfonso Cuarón, para caer en la lógica de su guión. Tuvo que llegar la despiadada realidad a enseñármelo: la infancia —que no los niños— dirige el mundo. Aunque esta afirmación no tiene nada de mágica ni alegre; no se imaginen parques, globos ni algodones de azúcar. Esta niñez a la que me refiero tiene traumas, vicios y rencores, y con ellos crece para conformar un mundo igualmente perverso. Por eso el mundo infértil que Cuarón nos plantea se paraliza ante la presencia de un recién nacido, porque precisamente representa eso: una regeneración humana. Así que deben protegerla, como lo hacen los soldados al poner un alto al fuego mientras la madre sale con su hijo del edificio. Por ese motivo, la gitana da su vida a cambio del bienestar del bebé; y lo mismo hace Clive Owen. La humanidad entera comprendió entonces que si exponía a la criatura a aquella podredumbre, el futuro de su raza estaría condenado para siempre.

Con esta lógica, he podido explicarme la decadencia humanitaria que hoy vivimos. A causa de una tragedia, experimenté la catarsis de la pérdida de la inocencia, cuyas consecuencias padecemos con mayor amargura conforme pasan los años.

Una tarde de oficina cualquiera, apenas después de haber engullido el último bocado de ensalada que ese día me receté, un niño de apenas cinco años, sucio, débil y desorbitado, se acercó a mí, pidiéndome por una cucharada de anestesia para su verdadera hambre: de felicidad. Sin palabras, le gesticulé desabasto. Él lo intentó de nuevo, pero yo ya no supe qué hacer; sólo verlo y maldecirme a mí y a todos por lo miserable de ese rostro. Entonces, comprendida por ambos la situación, me soltó un golpe preciso al brazo y se marchó, molesto conmigo, como encargándome este texto.

Así supe que en 20 años, cuando él y yo volvamos a vernos las caras, me exigirá esa cucharada de nuevo; aunque entonces será con un arma, y su botín multiplicará con creces lo de un bocado. Y no sólo a mí me encontrará, sino a cualquiera de nosotros, para dotar de vida a este círculo vicioso, dentro del cual no pararemos de girar ni de producir guiones fantasiosos sobre la suave violencia que únicamente nos hace pensar: eso puede pasarme a mí cualquier día, a cualquier hora, en cualquier bocado.