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Lecciones de pueblo bicicletero

Qué equivocados estaban quienes desecharon a la bicicleta como medio de transporte primario y la devaluaron a equivalente de subdesarrollo, al grado ridículo de adjetivar de “bicicletero” a un pueblo, con la burda intención de acusarlo por su pobreza o ignorancia. Cuál sería la sorpresa de estos inquisidores urbanistas si pisaran territorios de primer mundo que contradijeran sus hipócritas teorías y les demostraran que, en realidad, los incultos eran ellos. Para estos casos, no hay mejor lección de modernidad en dos ruedas a pedales que la ofrecida por los Países Bajos, popularmente reconocidos como Holanda, y especialmente por su capital, la revolucionaria ciudad de Ámsterdam.

Viajar no significa únicamente diversión, ocio o aprendizaje. Enfrentarnos cara a cara con una cultura distinta, en su entorno natural, es igual a pararse delante de un espejo o impactar a toda velocidad contra un muro: ninguno puede salir ileso. Se hace turismo para sacudirse la conciencia; los souvenirs no dan fe de nada hasta que se demuestre, con acciones, lo contrario. Por lo tanto, si se visita Ámsterdam, el mejor recuerdito que uno puede llevarse no es un dulce aromatizado a marihuana, sino, por supuesto, una bicicleta, porque es ésta su principal demostración de vanguardia y modernidad.

Los neerlandeses lo saben, por eso la han colocado en un escaño superior al peatón mismo en sus normas viales, para enaltecer frente a los ojos del extranjero su superioridad urbana. Lo suyo no es altanería ni mucho menos barbarismo, no debe confundirse. Es que si no lo hicieran así, los demás seríamos tan torpes como para no verlo.

Luego, de la mano de la bicicleta es que nos conducen hacia los demás puntos de su superioridad cultural y urbana sobre la nuestra. Si no nos obligaran a respetar el paso de sus dos ruedas a base de atropellos y toques de campanillas, serían incomprensibles, para nosotros, todas las otras libertades que han conquistado. De no ser por la pureza que irradian sus bicicletas, los turistas medievales —que somos todos— no pararían de persignarse frente a los escaparates del Barrio Rojo o entre el penetrante aroma que emana de las coffee shops.

De no ser por la bicicleta, Ámsterdam no sería, para nuestras subdesarrolladas conciencias, más que la capital del libertinaje legalmente establecido. No asimilaríamos el hecho de que los neerlandeses han sido el primer pueblo en aprender las lecciones de la historia: cuanto más prohíbes, peor se pone. Pero es un hecho que nos desconcierta la escasa violencia y la notable ausencia de policías en una ciudad que se ha abierto a todo lo que nosotros todavía consideramos tabúes en el resto del mundo.

Ámsterdam no es valiosa por su arquitectura clásica ni sus antiguos canales; eso está bien sólo para las fotografías. Esta ciudad vale su peso en libertad, y para respirarla hay que dejarse conquistar por ella, meterle las narices y los ojos hasta el fondo. Es necesario inhalar el humo de la yerba calcinada en sus calles y mirar a los ojos a las mujeres bajo las luces rojas. Hay que desnudar a Ámsterdam y permitir que a nosotros nos despoje de nuestros prejuicios moralistas hipócritas. Finalmente, lo que perseguimos es vivir en nuestra Ámsterdam particular, donde haya riqueza bien distribuida, ecología y, por supuesto, libertad. Y, dado que todos quisiéramos formar parte de un pueblo bicicletero como éste, podemos empezar por lo más obvio: ¡montémonos sobre una bicicleta!

Macario

Estoy sentado dentro de una alcantarilla mientras viene la noche. Aquí no hay ranas que alboroten el ambiente con su canto; de hecho no habría ruido alguno si no fuera por mis audífonos que reproducen el mejor soul de Erykah Badu, el susurro del viento nacido del paso de las páginas y los marcados tacones de una señorita en dirección de la salida de esta biblioteca, alcantarilla providencial donde caen los residuos de una sociedad atrofiada. Y como sé del menosprecio a mi razón fuera de estos muros, he venido a tirarme aquí, ataviado de frustración en los puños y las sienes, con el firme objetivo de contarles mi historia.

Me dan ganas de estrellar mi cabeza contra el suelo para recordar el sonido de un tambor. No es que esté lleno de demonios, como lo asegura la gente; más bien pretendo esfumar la maldad de los otros. Quisiera de un segundo a otro terminar con la traición, la deshonra y la infidelidad. Si no golpeo mi cabeza, parece que nunca podré entender por qué una persona es capaz de matar a otra. Otra como yo, que piense diferente. La chirimía sólo se burla de nuestro destino auto-digestivo. Quizá por eso prefiero los tambores y su rabia furiosa que todo lo aniquila a su paso retumbante, como implacables pasos de elefante sobre el cirquero.

Quisiera, también, de la dulce leche de Felipa, más buena que la de Tetra-Pack. Qué digo: ¡ni la venida en botella de vidrio es tan suculenta como la suya! Ese jarabe de vida, ardiente como alarido revolucionario, hace que se le olvide a uno el infierno; que habitamos dentro de las mismas llamas del averno. Porque esto, y no otra cosa, es el pinche Infierno. Por eso me gusta pensar en Felipa por las noches, para olvidarme del miedo de despertarme al día siguiente, cuando al salir a la calle volverán a apedrearme en la cabeza, queriendo asesinar mis ideas.

A veces me consuela especular que hay alguien arriba pidiendo perdón por mis pecados. He pecado de pensamientopalabraobra u omisión; ¡incluso he pensado en un mundo mejor a través de la literaturaenseñándola a quienes la han olvidadoMea culpa. Por eso he llegado a sentirme desterrado del paraíso que todos los demás compiten por ganarse. A mí me resta esperanzarme, pues llevo la carrera perdida desde el vestidor. Uno sigue dando de topes, pero la cabeza no se hace nada, y en mi cuarto sigue habiendo chinches, cucarachas y alacranes, como debe ser en el infierno.

¿Qué no entienden que la sangre no tiene el mismo sabor que la leche de Felipa? Aunque me remienden las rajaduras y salga costra, mis manos irán de nuevo a arrancarlas, para que no se olvide dónde está la herida. Cuesta así trabajo decidirse en salir del cuarto o quedarse ahí encerrado, a oscuras. Adentro, uno se arriesga a los piquetes de alacrán. Cuando caen del techo, no queda más que esperar a que hagan su recorrido hasta el suelo. No se debe permitir ni siquiera el temblor de los huesos. Los alacranes lo sienten todo.

Felipa no se molesta si me ve comiendo todo el tiempo: ella sabe que mi hambre no se apacigua nunca. Yo siempre estoy entrado en ganas de comer. Entre las flores y los animales busco alimentarme; aunque siempre termino devorando una persona. Lo hago porque me dijeron que los hombres somos nuestro propio lobo. Somos aullidos solitarios, pero bestias a fin de cuentas. Por eso me gusta la noche, porque es cuando Felipa me invade con su cálida y dulce leche como miel. Mis tragos más grandes son nocturnos. Sólo así se me olvida el infierno en que vivimos, con la promesa de los bultos que tiene Felipa donde tenemos solamente las costillas, delante del corazón.

A Felipa también la llamo Libertad.

*Basado en el cuento Macario, de Juan Rulfo.