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Entre el ámbar y la memoria

No hace falta más que ir a Praga y pedir una cerveza para entenderla por completo. Claro que el sabor del fermento de cebada checo es delicioso, si bien son dueños de la denominación Pilsen, nativa de su ciudad homónima. Mas el ritual de la orden en el bar ocurre con una peculiaridad tan original como su pivo, ya que los meseros juegan al memorama con las peticiones de los clientes: intentan recordarlas todas sin la ayuda de una libreta; y no sólo la bebida, sino cualquier platillo de la carta que les encarguen. Fascinantemente, cumplen con cada una de las órdenes.

Praga es igual a la memoria de sus meseros. Parece que decidió permanecer en el recuerdo de su majestuoso pasado, cuando la realeza austro-húngara la saturó de palacios fantásticos, dignos de cualquier leyenda de princesas y dragones. No hay respiro para la mediocridad ni la indecencia arquitectónicas; cada pincelada pétrea fue concebida con la misma elegancia de la construcción final. Sus estrechas calles y acogedores callejones son el único sitio donde podría concebirse la aparición de hadas madrinas.

Sin embargo, ya oscurecido el cielo sobre Praga, toda ella es recubierta por una resina de ámbar para fosilizar su belleza frente a nuestros ojos, como si viéramos al mosquito milenario atrapado dentro de una piedra translúcida y pudiéramos adivinar su vuelo antiguo y enterarnos de los secretos de su época. Asimismo, surgen como susurros las historias de la metrópoli checa, desde cada uno de sus recovecos góticos y sus pilares renacentistas.

Solamente existió un mesero que se atrevió a tomar nota del espíritu de Praga, cuya osadía se vio obligado a pagar con la vida a corta edad. No es que la ciudad provoque un malestar como el de Gregorio Samsa, sino que la cápsula de tiempo dentro de la cual pervive hace incomprensible al resto del mundo, y eso es lo que debe confundir a sus habitantes. Desde el número 22 del Callejón del Oro, Kafka confirmó el esplendor de su cuna con puño y letra, a sólo 100 metros del castillo que inspirara su histórica novela. ¿O es que habrá otra manera de compararse frente a Praga que como un bicho despreciable?

No hay nada de la memoria de esta ciudad que ella misma olvide. Desde el medieval Puente de Carlos hasta los últimos años de su régimen comunista, cada recuerdo permanece tatuado arquitectónicamente alrededor de las aguas de la eterna juventud que riega a través de Praga el río Moldava. ¿Para qué olvidar si lo puede conservar todo intacto? Incluso su moneda, la corona checa, ha resistido el embate de la globalización económica europea. Cada uno de sus rasgos permanecen intactos, como un poema aprendido y disecado entre los labios de la Tierra.

Cuando se deja Praga, se le recuerda como se memoriza un cuento de buenas noches que se le narrará a un niño para que duerma con una sonrisa de esperanza. Aunque es un hecho que no hay cuentista convincente ni palabras ideales para hablar del recuerdo perpetuo de Praga como ella misma puede hacerlo, si bien lo ha visto todo en piedra propia durante el paso de cada uno de sus siglos, y no hay virtud más apreciable que la buena memoria.