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Tierra caliza

Tenía ganas de escribir un cuento maldito, ahora que traigo las pupilas sangrientas y la piel ceniza. En este periodo de histeria, no podría desprenderme de palabras de amor ni de conceptos melosos. Traigo las uñas mal mordidas y las rodillas raspadas con heridas punzantes. Salté desde mi tren de vida, que atravesaba montañas verdes con cascadas y ríos color de plata, para estrellarme contra la tierra seca y áspera de los problemas del mundo; esta tierra sobre la que no nos arrastramos todos, pero a partir de la que sí construimos terribles moles de acero y carbono para olvidarnos del hambre de sus piedras calientes.

Hay quien ara y hurga entre la cal y el polvo de este suelo, con esperanza al principio, neciamente más tarde y finalmente enajenado por promesas imposibles aunque cautivadoras. Algunos, incluso, convencidos e idiotizados por la desgastante rutina, incitan a otros a rasguñar la piedra caliza para cercenarse los dedos e hidratar con su sangre una tierra que nada húmedo devolverá a cambio. De ella surgen sólo alacranes, serpientes y los huesos cascados de quienes fueron devorados por la creta.

Luego me pregunté si debía sentir codicia contra estos excavadores ilusos. De haber querido, habrían apedreádome cuando, después de irme de bruces y de rasguñarme el mentón contra la tierra seca, me puse de pie a regañadientes, gritándoles maldiciones. Pero nadie volteó siquiera a verme. Sólo un viejo, y se lo tragó el polvo.

La culpa es de la cal y las grandes rocas salvajes que ésta forma. Esas que esta gente rasca sin recibir nada a cambio más que sangre en los nudillos y polvareda en los pulmones. La tierra se blinda, codiciosa, contra la clemencia de las tripas hambrientas y los labios resecos de los excavadores, que buscan desesperadamente los retoños de las semillas cuya existencia les fue prometida durante toda su vida. Pero esa tierra insolente nada les obsequia.

Ni siquiera las lágrimas de angustia refrescan este suelo seco.

Un impulso humano y razonable me obliga a gritarles que subamos al tren y nos larguemos de este sitio inhóspito. Pero cómo, si de aquí somos y aquí están enterrados nuestros muertos. Cómo entregar la tierra al árido clima que sopla desde el norte. La gente rasca porque está segura de que hay oro y plata tras las rocas, tras la cal y tras su sangre.

“Acá es permanente la temporada de vacas flacas”, me dice un hombre discreto, de cabello blanco y acento tropical. “Es mejor que te pongas a cavar”.

Mas yo no creo que sea el último remedio. Había otros que viajaban conmigo a bordo de ese tren. Voy a esperar a que vuelvan, abandonen los vagones y me ayuden a nutrir esta tierra, a sacudir el polvo y a sembrar árboles frondosos.