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Seamos jóvenes de nuevo

Hoy, México es sinónimo de crisis. Como sociedad, estamos frente a uno de esos presentes íntimamente casados con el futuro. Es cierto que cada día vivido es determinante para lo que ocurrirá en el siguiente; toda acción desatará una reacción, muchas veces impredecible. Pero este momento por el que nuestra historia atraviesa es especial, porque hay en el ambiente una energía insólita, una de esas con espíritu transformador. Positiva. Inmensurable.

Es evidente la paranoia radiada de la violencia por el narcotráfico y la subsecuente militarización del país, y podría confundirse el calentamiento actual de nuestro clima social con este hecho. Sin embargo, sería tan erróneo como combatir el fuego con fuego, considerar que el genocidio de los últimos seis años ha sido el catalizador único de nuestro ahora.

El presente es una larga suma de desgracias sociales, cuyas generaciones volcánicas más recientes han escupido el magma que se pudría en las entrañas de su formación. La actual furia del Popocatépetl no es sino una invitación de la naturaleza a unirse con ella para exigir el respeto que cada uno se merece. Los sistemas político-económicos que han regido mundialmente en las últimas décadas, metieron sus ideologías dentro de una olla a presión que, ahora, no ha soportado más, y está liberando, poco a poco, a través de una sutil válvula de escape, movimientos que pretenden acabar con ellos definitivamente.

Acá, en nuestro país, fieles a los ciclos naturales del tiempo, hemos visto renovarse a las luchas históricas de nuestro pueblo en ese músculo social que es la juventud. Serían la tragedia de una nación la pasividad y la indiferencia de sus jóvenes ante su realidad. ¿Quiénes, si no ellos, son capaces de plantarse frente al poder sin temerle, ni rehuirle, ni obedecerle?

Antes del 11 de mayo, ese día en que la voz del hartazgo social se manifestó a través de los universitarios, la conferencia que había preparado para este día era una crítica abierta hacia los estudiantes y sus centros de educación superior, por la ausencia de un humanismo entre la enseñanza de unos y el aprendizaje de otros, opacado por la demanda técnica del campo laboral neoliberalista que les espera a los jóvenes al superar las aulas. No veía en ellos, hasta entonces, principalmente en los pertenecientes a la Universidad Nacional, a su espíritu clamando por la raza, así como el gran humanista les había encomendado en su lema. El eco de los goyas provenía de un vacío, más que del fragor de sus voces unidas.

Afortunadamente —y lo digo con orgullo—, a partir del rechazo al candidato del PRI en la Universidad Iberoamericana, y, más tarde, con el surgimiento del movimiento #YoSoy132, los universitarios pusieron en serio cuestionamiento mis palabras y me obligaron a replantear mi postura acerca de ellos.

No puedo más que celebrar, como joven que aún soy, el despertar de mis iguales. ¡Y sumármeles, por supuesto! Puedo asegurar que durante las marchas y mítines del insurgente movimiento, he visto en los ojos y los puños de los estudiantes ese humanismo que tanto nos preocupaba, como sociedad, no ver surgir nunca. He visto en las lágrimas de hombres y mujeres que han acompañado a los universitarios en este nuevo proceso, el entusiasmo más sincero por ver a esta generación convertirse en esa esperanza de bienestar por la que habían luchado durante toda su vida. Ahora, ¡válgame el destino!, caminan y gritan por la calle, codo a codo, para volverla realidad.

Este movimiento es humanista porque persigue la dicha común a través del civismo de las instituciones. No es una consigna egoísta la que los jóvenes exigen, sino la voz de todo un pueblo. La libertad de informarse y la democracia que han encontrado en las redes sociales, las pretenden para el resto. ¿Acaso hay acto más patriótico que ese? No debe existir un argumento válido contra la postura de los universitarios, que bajo el lema de “México” quieren que el conocimiento llegue a cada rincón de su país. ¿O es que alguien se opone contra su petición de alfabetizar a todo el pueblo?

Mi reclamo, sin embargo, todavía es vigente contra las propias universidades, ya que éstas han permanecido estáticas en contraste con la dialéctica de sus alumnos, contrario a lo que socialmente se espera de ellas.

Cuando surge una universidad, se supone que ésta será una productora de cultura, un recinto donde se promoverá una espiritualidad de la que luego harán gala sus egresados y docentes en aras de mejorar su entorno y, por consiguiente, el de los demás. Hay cierta clase de fuerza centrípeta para la esperanza en una universidad, tanto para quienes forman parte de ella como para el resto de las comunidades inmediatas. Recae en ella la responsabilidad de ser una orientación filosófica, más allá del simple hecho de transmitir conocimientos específicos de una materia.

De hecho, como cualquier otro sistema orgánico, una universidad debe estar precedida de ciertos fundamentos de lo que habrá de cultivarse en ella, pues de esta manera su personal se involucra al grado de adquirir una responsabilidad moral con su casa de estudios. Cuando la dirección filosófica de una institución es comprendida y adoptada por quienes la conforman, surgen los valores como síntoma de identidad, que más tarde serán esparcidos y fecundados al igual que polen en el campo de la sociedad.

Precisamente, la universidad, a través de la cultura, debe ser un campo fértil de valores que amalgamen la diversidad de filosofías que en ella convergen, siempre y cuando logre forjar esa identidad entre sus miembros, a partir de una dirección y fundamentos muy bien establecidos. Es entonces cuando podemos hablar de una academia humanizada, si entendemos el humanismo como una “reacción del espíritu sobre la acción del mundo material, que determina un proceso a partir de una fase empírica y se eleva de ahí en busca de las altas cumbres que significan los valores humanos” (Bueno, Miguel; 1960).

No obstante, en la actualidad se ha entrometido un elemento en esta labor: el surgimiento de las instituciones técnicas de educación superior, cuya filosofía llegó a romper el paradigma teórico-cultural que hasta entonces prevalecía en este nivel. Y la problemática se acentúa cuando aparece la educación privada, que encuentra su génesis en la solución de un par de obstáculos: la demanda de aulas que la universidad pública ha sido incapaz de satisfacer, por una parte, y las necesidades específicas del sector empresarial, por la otra.

Es una realidad que los grandes grupos corporativos han decidido fundar sus propios centros de formación para preparar profesionistas capaces de cubrir puestos específicos dentro de sus industrias. Ergo, la enseñanza que imparten es principalmente técnica y, por ende, funcional de acuerdo con sus intereses. Además, su filosofía académica no es otra que la de sus fundamentos empresariales, la cual transmiten íntegra a los profesionales del futuro.

Es cierto que las escuelas deben adaptarse a las circunstancias que sus alumnos encontrarán al egresar, y quizá sea ésta la razón por la cual han adoptado modelos poco humanistas y excesivamente técnicos; aunque también es un hecho que la filosofía que le transmiten a los estudiantes influye en la conformación del exterior. Por tanto, la universidad no puede deslindarse de la tecnocracia impartida en las aulas como agente directo de la deformación de los valores en el resto de la sociedad. De alguna manera, la educación se convierte en una suerte de fábrica de producción en serie sin sentido, puesto que la aplicación de su técnica no persigue la sublimación de la cultura, sino, simplemente, la practicidad de la vida diaria.

Dicha deshumanización es notoria en la insultante ausencia de muestras de apoyo hacia el movimiento estudiantil por parte de sus propias universidades. Al día de hoy, apenas el rector de la UAM, Enrique Fernández Fassnacht, se ha pronunciado abiertamente en favor de los jóvenes; los demás han permanecido gélidos y apáticos. ¿Dónde quedaron esos verdaderos dirigentes universitarios que, como Javier Barros Sierra, marcharan junto a los estudiantes y les respaldaran moralmente con discursos y acciones concretas?

Nunca antes los alumnos habían superado tan notablemente a sus maestros. Informados y organizados a través de las redes sociales y la Internet, han superado las deficiencias que las universidades no cubren durante su formación. Como afirmara Sergio Aguayo, creo firmemente que los estudiantes le están dando una lección a toda la sociedad, y principalmente a sus escuelas; una lección de democracia, de honor y de patriotismo. Jamás, antes de las marchas y mítines de este movimiento, había percibido en carne propia un amor tan hondo por México. Las consignas que surgen de sus bocas vienen desde sus pechos, y son precisamente eso: amor. Y no existe valor humano más grande que ése.

Ahora que estamos en este recinto dolorosamente histórico, espero llevarme el espíritu de los jóvenes de entonces que, como los de ahora, levantaron la voz en nombre del pueblo entero. Quiero llevarme el entusiasmo del 68 a cuestas para transmitirlo en las subsecuentes reuniones del movimiento #YoSoy132. Pero quisiera que también ustedes se contagiaran de esa vibra estoica que le pertenece a esta plaza y anhelen, como la juventud de hoy, transformar esta realidad que nos carcome el alma. Sintámonos humanos de nuevo, y hagamos del conocimiento y los valores armas de bienestar. ¡Seamos, todos, jóvenes de nuevo! ¡Seamos humanistas! Porque cuando hay humanismo, hay esperanza.

*Esta conferencia formó parte del ciclo Reconstruir para construir el humanismo en México, una iniciativa de la gaceta Cariátide Brevedades Literarias, con el apoyo del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, el 23 de junio de 2012.

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