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El arte de la justificación

De pronto crucé la frontera entra Austria e Italia cual piedra de granizo contra suelo caliente: me deshelé por completo. La dureza de los vocablos germánicos tornó súbitamente en musicalidad latina, así como la frialdad de los Alpes desciende hasta la calidez del mar Adriático. Las tablas de esquí se traducen en góndolas venecianas mientras que las pálidas y quebradizas piernas de las mujeres adquieren tono, ritmo y melodía. Las divisiones políticas no son cuestión exclusiva de la geografía terráquea.

Así son los puentes de Venecia, como atractivas piernas que conectan al suelo entre sus islas y lo conducen hasta las supremas cúpulas de su arquitectura. Uno se mueve entre ellas a través de venas —que serían la acepción perfecta para su nombre—, cuya estrechez no admite la navegación más que de delgadas, estilizadas y elegantísimas embarcaciones, como si de modelos se tratara, esculpidas incluso a mano, de la misma manera que los dioses formaron al hombre a partir del barro. Una estética excelsa es la constante a lo largo del panorama italiano.

Fiel a las ondas del agua que le rodea y se entromete por todos los rincones de su fisonomía, la plaza de San Marcos es una extensión petrificada de los canales de Venecia. Alrededor la enmarcan una cadena constante de arcos, que llegan al clímax en la fachada de la basílica hasta apuntar al cielo desde la perfecta redondez de sus domos. Sus arquivoltas, además, complementan este homenaje a la parábola líquida con murales coloreados a partir de piedras preciosas y láminas de oro, así como los rayos del sol perturban las tonalidades del mar.

En cambio, Roma es la cumbre del politeísmo arquitectónico. Desde que Rómulo y Remo fueron rescatados de las aguas del Tíber hasta que la iglesia católica decidió agandallarse una porción del territorio romano para establecer ahí el cerebro de sus operaciones internacionales, cada una de las etapas que han ocupado fragmentos del cronograma de la capital italiana la convierten en el centro mundial de la diversidad edificativa, porque sobre el suelo de Roma ha sido adorada cualquier cantidad de dioses.

A lo largo de su historia, el hombre ha construido edificios monumentales únicamente por dos motivos: para satisfacer a sus deidades o para complacerse a sí mismo. El Coliseo es una exaltación del ocio en su más perversa expresión; los romanos, a través de la grandeza de su monumento, erigieron una mole con tal de justificar la diversión que encontraban en la violencia. La malicia, en algún momento, se transforma en ceños perplejos y susurros de admiración frente al anfiteatro ¿No ocurre lo mismo, acaso, con la brillante arquitectura arábiga de la Plaza de las Ventas en Madrid? A veces el arte puede ser el argumento ideal para acreditar la muerte.

Sobre esa misma tierra caliente donde alguna ocasión murieron los gladiadores, se levanta un par de tremendas construcciones: el Panteón de Agripa y el complejo arquitectónico del Vaticano. En su diseño, sus creadores implantaron las más notables capacidades humanas, con el fin exclusivo de que los templos fueran una ofrenda preciosa para sus respectivos dioses. El gran empeño es evidente, sobre todo, en las cúpulas de ambos edificios, en cuya planeación debieron participar los artistas más sobresalientes de sus épocas. Basta con aclarar que fue el legendario Michelangelo Buonarroti el visionario de la gigantesca cabeza de la Basílica de San Pedro, inspirado por la que llamó su hermana gemela: la cúpula de la basílica florentina.

Lo que Stendhal padeció frente a la Santa Cruz, en Florencia, no es exageración, presunción ni charlatanería. Cada una de las cinceladuras sobre sus muros externos es la virtud del éxtasis que el Renacimiento generó en la vida artística de Europa. Se nota en los trazos el ansia del hombre por terminar para siempre con el oscurantismo de la Edad Media y explorar los límites de su libertad creativa. Aunque, después de todo, el motivo seguía siendo Dios.

En Florencia respiran las obras supremas del Renacimiento, creaciones verdaderamente majestuosas. Ahí se esconde de la intemperie, tras los muros de la Galería de la Academia, el inmaculado David, sobre cuyo mármol Miguel Ángel proyectara el espíritu renovador de la ciudad en esa época, a través, precisamente, de una figura religiosa. El gran artista del ocaso medieval fue incapaz de idear más allá de los límites cristianos, de la misma manera que sus demás contemporáneos; aunque con ese pretexto, elaboraron obras majestuosas.

Italia, en su generalidad, es la justificación perfecta de la religiosidad, especialmente del cristianismo. Cada uno de los artistas que colaboraron en su soberbia construcción, tenía en mente satisfacer su culto, y para ello persiguieron la grandeza en todo momento. Provoca nostalgia suponer lo que aquellos grandes creadores habrían podido hacer sin el peso de una divinidad sobre ellos. Sin embargo, también resulta difícil imaginar qué tan lejos hubieran llegado sin la inspiración de un ente superior a ellos mismos. El Coliseo es una pista, pero no puede asegurarnos nada al final. Así que quizá, y lo afirmo sólo en tono de sospecha, la religión nos conviene como pretexto para labrar y admirar las piezas de arte más sorprendentes de nuestra historia. Y nada más.

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