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El arte de la justificación

De pronto crucé la frontera entra Austria e Italia cual piedra de granizo contra suelo caliente: me deshelé por completo. La dureza de los vocablos germánicos tornó súbitamente en musicalidad latina, así como la frialdad de los Alpes desciende hasta la calidez del mar Adriático. Las tablas de esquí se traducen en góndolas venecianas mientras que las pálidas y quebradizas piernas de las mujeres adquieren tono, ritmo y melodía. Las divisiones políticas no son cuestión exclusiva de la geografía terráquea.

Así son los puentes de Venecia, como atractivas piernas que conectan al suelo entre sus islas y lo conducen hasta las supremas cúpulas de su arquitectura. Uno se mueve entre ellas a través de venas —que serían la acepción perfecta para su nombre—, cuya estrechez no admite la navegación más que de delgadas, estilizadas y elegantísimas embarcaciones, como si de modelos se tratara, esculpidas incluso a mano, de la misma manera que los dioses formaron al hombre a partir del barro. Una estética excelsa es la constante a lo largo del panorama italiano.

Fiel a las ondas del agua que le rodea y se entromete por todos los rincones de su fisonomía, la plaza de San Marcos es una extensión petrificada de los canales de Venecia. Alrededor la enmarcan una cadena constante de arcos, que llegan al clímax en la fachada de la basílica hasta apuntar al cielo desde la perfecta redondez de sus domos. Sus arquivoltas, además, complementan este homenaje a la parábola líquida con murales coloreados a partir de piedras preciosas y láminas de oro, así como los rayos del sol perturban las tonalidades del mar.

En cambio, Roma es la cumbre del politeísmo arquitectónico. Desde que Rómulo y Remo fueron rescatados de las aguas del Tíber hasta que la iglesia católica decidió agandallarse una porción del territorio romano para establecer ahí el cerebro de sus operaciones internacionales, cada una de las etapas que han ocupado fragmentos del cronograma de la capital italiana la convierten en el centro mundial de la diversidad edificativa, porque sobre el suelo de Roma ha sido adorada cualquier cantidad de dioses.

A lo largo de su historia, el hombre ha construido edificios monumentales únicamente por dos motivos: para satisfacer a sus deidades o para complacerse a sí mismo. El Coliseo es una exaltación del ocio en su más perversa expresión; los romanos, a través de la grandeza de su monumento, erigieron una mole con tal de justificar la diversión que encontraban en la violencia. La malicia, en algún momento, se transforma en ceños perplejos y susurros de admiración frente al anfiteatro ¿No ocurre lo mismo, acaso, con la brillante arquitectura arábiga de la Plaza de las Ventas en Madrid? A veces el arte puede ser el argumento ideal para acreditar la muerte.

Sobre esa misma tierra caliente donde alguna ocasión murieron los gladiadores, se levanta un par de tremendas construcciones: el Panteón de Agripa y el complejo arquitectónico del Vaticano. En su diseño, sus creadores implantaron las más notables capacidades humanas, con el fin exclusivo de que los templos fueran una ofrenda preciosa para sus respectivos dioses. El gran empeño es evidente, sobre todo, en las cúpulas de ambos edificios, en cuya planeación debieron participar los artistas más sobresalientes de sus épocas. Basta con aclarar que fue el legendario Michelangelo Buonarroti el visionario de la gigantesca cabeza de la Basílica de San Pedro, inspirado por la que llamó su hermana gemela: la cúpula de la basílica florentina.

Lo que Stendhal padeció frente a la Santa Cruz, en Florencia, no es exageración, presunción ni charlatanería. Cada una de las cinceladuras sobre sus muros externos es la virtud del éxtasis que el Renacimiento generó en la vida artística de Europa. Se nota en los trazos el ansia del hombre por terminar para siempre con el oscurantismo de la Edad Media y explorar los límites de su libertad creativa. Aunque, después de todo, el motivo seguía siendo Dios.

En Florencia respiran las obras supremas del Renacimiento, creaciones verdaderamente majestuosas. Ahí se esconde de la intemperie, tras los muros de la Galería de la Academia, el inmaculado David, sobre cuyo mármol Miguel Ángel proyectara el espíritu renovador de la ciudad en esa época, a través, precisamente, de una figura religiosa. El gran artista del ocaso medieval fue incapaz de idear más allá de los límites cristianos, de la misma manera que sus demás contemporáneos; aunque con ese pretexto, elaboraron obras majestuosas.

Italia, en su generalidad, es la justificación perfecta de la religiosidad, especialmente del cristianismo. Cada uno de los artistas que colaboraron en su soberbia construcción, tenía en mente satisfacer su culto, y para ello persiguieron la grandeza en todo momento. Provoca nostalgia suponer lo que aquellos grandes creadores habrían podido hacer sin el peso de una divinidad sobre ellos. Sin embargo, también resulta difícil imaginar qué tan lejos hubieran llegado sin la inspiración de un ente superior a ellos mismos. El Coliseo es una pista, pero no puede asegurarnos nada al final. Así que quizá, y lo afirmo sólo en tono de sospecha, la religión nos conviene como pretexto para labrar y admirar las piezas de arte más sorprendentes de nuestra historia. Y nada más.

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Entre el ámbar y la memoria

No hace falta más que ir a Praga y pedir una cerveza para entenderla por completo. Claro que el sabor del fermento de cebada checo es delicioso, si bien son dueños de la denominación Pilsen, nativa de su ciudad homónima. Mas el ritual de la orden en el bar ocurre con una peculiaridad tan original como su pivo, ya que los meseros juegan al memorama con las peticiones de los clientes: intentan recordarlas todas sin la ayuda de una libreta; y no sólo la bebida, sino cualquier platillo de la carta que les encarguen. Fascinantemente, cumplen con cada una de las órdenes.

Praga es igual a la memoria de sus meseros. Parece que decidió permanecer en el recuerdo de su majestuoso pasado, cuando la realeza austro-húngara la saturó de palacios fantásticos, dignos de cualquier leyenda de princesas y dragones. No hay respiro para la mediocridad ni la indecencia arquitectónicas; cada pincelada pétrea fue concebida con la misma elegancia de la construcción final. Sus estrechas calles y acogedores callejones son el único sitio donde podría concebirse la aparición de hadas madrinas.

Sin embargo, ya oscurecido el cielo sobre Praga, toda ella es recubierta por una resina de ámbar para fosilizar su belleza frente a nuestros ojos, como si viéramos al mosquito milenario atrapado dentro de una piedra translúcida y pudiéramos adivinar su vuelo antiguo y enterarnos de los secretos de su época. Asimismo, surgen como susurros las historias de la metrópoli checa, desde cada uno de sus recovecos góticos y sus pilares renacentistas.

Solamente existió un mesero que se atrevió a tomar nota del espíritu de Praga, cuya osadía se vio obligado a pagar con la vida a corta edad. No es que la ciudad provoque un malestar como el de Gregorio Samsa, sino que la cápsula de tiempo dentro de la cual pervive hace incomprensible al resto del mundo, y eso es lo que debe confundir a sus habitantes. Desde el número 22 del Callejón del Oro, Kafka confirmó el esplendor de su cuna con puño y letra, a sólo 100 metros del castillo que inspirara su histórica novela. ¿O es que habrá otra manera de compararse frente a Praga que como un bicho despreciable?

No hay nada de la memoria de esta ciudad que ella misma olvide. Desde el medieval Puente de Carlos hasta los últimos años de su régimen comunista, cada recuerdo permanece tatuado arquitectónicamente alrededor de las aguas de la eterna juventud que riega a través de Praga el río Moldava. ¿Para qué olvidar si lo puede conservar todo intacto? Incluso su moneda, la corona checa, ha resistido el embate de la globalización económica europea. Cada uno de sus rasgos permanecen intactos, como un poema aprendido y disecado entre los labios de la Tierra.

Cuando se deja Praga, se le recuerda como se memoriza un cuento de buenas noches que se le narrará a un niño para que duerma con una sonrisa de esperanza. Aunque es un hecho que no hay cuentista convincente ni palabras ideales para hablar del recuerdo perpetuo de Praga como ella misma puede hacerlo, si bien lo ha visto todo en piedra propia durante el paso de cada uno de sus siglos, y no hay virtud más apreciable que la buena memoria.

Lecciones de pueblo bicicletero

Qué equivocados estaban quienes desecharon a la bicicleta como medio de transporte primario y la devaluaron a equivalente de subdesarrollo, al grado ridículo de adjetivar de “bicicletero” a un pueblo, con la burda intención de acusarlo por su pobreza o ignorancia. Cuál sería la sorpresa de estos inquisidores urbanistas si pisaran territorios de primer mundo que contradijeran sus hipócritas teorías y les demostraran que, en realidad, los incultos eran ellos. Para estos casos, no hay mejor lección de modernidad en dos ruedas a pedales que la ofrecida por los Países Bajos, popularmente reconocidos como Holanda, y especialmente por su capital, la revolucionaria ciudad de Ámsterdam.

Viajar no significa únicamente diversión, ocio o aprendizaje. Enfrentarnos cara a cara con una cultura distinta, en su entorno natural, es igual a pararse delante de un espejo o impactar a toda velocidad contra un muro: ninguno puede salir ileso. Se hace turismo para sacudirse la conciencia; los souvenirs no dan fe de nada hasta que se demuestre, con acciones, lo contrario. Por lo tanto, si se visita Ámsterdam, el mejor recuerdito que uno puede llevarse no es un dulce aromatizado a marihuana, sino, por supuesto, una bicicleta, porque es ésta su principal demostración de vanguardia y modernidad.

Los neerlandeses lo saben, por eso la han colocado en un escaño superior al peatón mismo en sus normas viales, para enaltecer frente a los ojos del extranjero su superioridad urbana. Lo suyo no es altanería ni mucho menos barbarismo, no debe confundirse. Es que si no lo hicieran así, los demás seríamos tan torpes como para no verlo.

Luego, de la mano de la bicicleta es que nos conducen hacia los demás puntos de su superioridad cultural y urbana sobre la nuestra. Si no nos obligaran a respetar el paso de sus dos ruedas a base de atropellos y toques de campanillas, serían incomprensibles, para nosotros, todas las otras libertades que han conquistado. De no ser por la pureza que irradian sus bicicletas, los turistas medievales —que somos todos— no pararían de persignarse frente a los escaparates del Barrio Rojo o entre el penetrante aroma que emana de las coffee shops.

De no ser por la bicicleta, Ámsterdam no sería, para nuestras subdesarrolladas conciencias, más que la capital del libertinaje legalmente establecido. No asimilaríamos el hecho de que los neerlandeses han sido el primer pueblo en aprender las lecciones de la historia: cuanto más prohíbes, peor se pone. Pero es un hecho que nos desconcierta la escasa violencia y la notable ausencia de policías en una ciudad que se ha abierto a todo lo que nosotros todavía consideramos tabúes en el resto del mundo.

Ámsterdam no es valiosa por su arquitectura clásica ni sus antiguos canales; eso está bien sólo para las fotografías. Esta ciudad vale su peso en libertad, y para respirarla hay que dejarse conquistar por ella, meterle las narices y los ojos hasta el fondo. Es necesario inhalar el humo de la yerba calcinada en sus calles y mirar a los ojos a las mujeres bajo las luces rojas. Hay que desnudar a Ámsterdam y permitir que a nosotros nos despoje de nuestros prejuicios moralistas hipócritas. Finalmente, lo que perseguimos es vivir en nuestra Ámsterdam particular, donde haya riqueza bien distribuida, ecología y, por supuesto, libertad. Y, dado que todos quisiéramos formar parte de un pueblo bicicletero como éste, podemos empezar por lo más obvio: ¡montémonos sobre una bicicleta!

El mito de la ciudad perfecta

Existen ciudades cuyas justas dimensiones son incomprensibles si no se llega a ellas con prejuicios sobre su representación histórica en la conciencia colectiva de la humanidad. Cuando se las visita, se vuelve imprescindible el pomposo conocimiento popular del arte y las ciencias procedentes o inspiradas por sus fronteras con hálito supremo, casi celestial. Las referencias a sus innovadores, renovadores y soñadores deben convertirse en parte misma del lenguaje, como se repite de memoria el himno de un país o se reza mecánicamente el Padre Nuestro en una iglesia; así, sin emotividad, pero también falto de errores o arritmias. Y no porque visitarlas sea una rutina tediosa, mucho menos si se comete el acierto por primera vez, sino por el hecho de tener bien presente, en todo momento, la fascinante aura mágica que les rodea y flota sobre sus callejones y corrientes. Sólo de esta manera, por ejemplo, puede entenderse, aunque sea en un diminuto aspecto de los miles que la conforman, una ciudad tan enigmática como París.

El turista regular, sin embargo, corre la suerte de hallar en la capital de Francia a la metrópolis más vulgar del planeta, célebremente hablando. Nadie tiene tanto bagaje cultural respecto a una ciudad extranjera como sobre París. Si se realizara una encuesta universal conforme a la cantidad de monumentos que cualquier persona corriente pudiera referir acerca de una urbe ajena a la suya, el primer puesto sería, sin duda alguna, para la Ciudad Luz. O si se preguntara por el lugar que mayor inspiración ha proveído a artistas de todos los lugares y épocas del mundo, la ciudad francesa sería nuevamente la vencedora.

París es, sencillamente, magnificente. Tiene grandeza por donde se le mire. No es necesario, siquiera, describir lo imponente de la Torre Eiffel, del Arco del Triunfo o del palacio de Versalles, puesto que, efectivamente, son tan formidables como se nos hace creer. También es cierto que el Moulin Rouge es el mejor cabaret sobre la faz de la tierra, que las bailarinas son esculturas de carne y hueso y que se cubren apenas con un hilito. No nos han mentido tampoco respecto al ambiente formidable del barrio artístico de Montmartre, donde cualquier bohemio quisiera quedarse de por vida. Todo, absolutamente todo lo que hayamos escuchado sobre París es verdadero.

Uno la visita solamente para confirmar sus sospechas. Después de mirar la Eiffel iluminada, navegar sobre el Sena y confirmar la arquitectura sublime de la Catedral de Notre Dame, no queda duda de que la Ilustración no hubiera podido ocurrir en otro lugar ni de por qué Carlos Fuentes quiso descansar en el cementerio de Montparnasse para la eternidad. La Gioconda, la expresión artística de mayor intriga en la historia, reside en la ciudad más bella que el hombre haya podido idear jamás.

París es tan magnífica que ha debido sobredimensionarse su único defecto para no considerarla perfecta, aunque éste sea tan insignificante como un cabello en el platillo favorito: el mal olor de sus habitantes. No obstante, cabe aclarar que el pestilente fenómeno apenas roza a la elegancia parisina. Incluso puedo afirmar, con un trago de saliva en la garganta y una gota de sudor nervioso corriendo por mi frente, que me he sofocado hasta saciarme con el aroma exquisito de tantas y tantas señoritas galas, perfume digno de la grandeza perpetua que siempre vivirá en París para maravillarnos hasta el fin de los tiempos, sin importar cuántas veces regresemos ni cuántos mitos verdaderos nos cuenten sobre ella.

La osa y el madroño

Madrid tiene un olor ácido, sin otros adjetivos posibles. Es un aroma que ni los mismos madrileños pueden explicar, porque no lo notan siquiera. Obviamente, después de tener el olfato saturado del humo del Distrito Federal, cualquier mínimo contacto con un aire más limpio provoca un caos dentro de la propia nariz. Hasta ahora, la explicación más razonable que he escuchado es que el viento veraniego arrastra hasta la capital española el polen de los árboles que tímidamente cubren los cerros de alrededor, y posiblemente sea éste el culpable de tan ambigua fragancia.
Desde que uno pasa del avión a la terminal del aeropuerto de Barajas, el primer mundo se hace presente. La modernidad, como llamamos celosamente a todo aquello que nos supera, está en cada rincón, desde los vitrales que abordan la generalidad de la construcción y las miles de luces que a través de ellos se reflejan hasta el pequeño tren automático que conduce a los recién aterrizados entre la compleja maraña de escaleras eléctricas y ascensores hacia las bandas donde pueden recuperar su equipaje.
Las carreteras, avenidas y calles madrileñas dejan fluir entre ellas a miles de automóviles lujosos —o así les considero yo, que vengo de un país subdesarrollado—, lo que me obliga a preguntarme: ¿dónde está su crisis? En fin, cada cuál tiene sus necesidades, y la verdad es que el nivel de vida en España es caro. Cuando llegamos al hotel —mediante un taxi de aeropuerto Mercedes-Benz—, preguntamos por el precio del internet en sus computadoras, y estuvimos a punto del colapso cuando nos ofrecieron la dichosa tarifa: un euro por cada 10 minutos. De lo contrario, debíamos resignarnos con los 30 minutos gratuitos que el hotel regala a sus huéspedes para sus dispositivos móviles o computadoras. En fin, lo de menos era el acceso a la red; de cualquier manera, sería poco el tiempo que Madrid nos permitiría pasar en las habitaciones.
No se puede comparar el folclor de las calles de la Ciudad de México con el madrileño, y, de hecho, con ninguno, pero es un hecho que hay vida en las aceras de esta metrópoli europea. Habitan en ella, por supuesto, toda clase de artistas callejeros: músicos, bailarines, pintores y estatuistas, como en cualquier otra gran ciudad; aunque no es ésta la característica que la hace diferente y acogedora.
Caminar entre las venas de Madrid significa encontrarse con el mundo. Hay en sus calles tantas culturas y nacionalidades que aquello parece el ombligo del mundo: españoles, marroquís, indios, alemanes, portugueses, árabes, ingleses, lainoamericanos, franceses, turcos, italianos, africanos, chinos, japoneses, y un sin fin de rostros e idiomas a veces irreconocibles. Al menos para mí, hasta ahora, se ha convertido en la capital cosmopolita del mundo; no había visto nunca una pluriculturalidad tan rica como la de Madrid. Es emocionante codearse con una hindú en el metro, hacer fila en la tienda detrás de una musulmana y beberse una caña —cerveza— con Fanta de limón en un bar de tapas mientras que un grupo de francesas se carcajea en la mesa de junto.
Existe también la opción de intercambiar miradas con una chica africana en la estación de Atocha, donde se toma un tren rápido que viaja a 180 kilómetros por hora y que en poco más de 60 minutos le lleva a uno hasta Toledo, antigua capital de España. Ahí, el furor no es como el de Madrid. De hecho, el silencio y la tranquilidad son una constante en medio de edificios y murallas medievales. Por entre sus callejones y balcones, aún en perfecto estado, el tiempo se detiene. Se pude percibir la nostalgia de sus colinas empedradas, que añoran el paso de carruajes, caballeros y doncellas. En Toledo debió haberse quedado la nobleza española.
De esto, en Madrid sólo hay resquicios. En esta capital cosmopolita se debe ser ciudadano del mundo o se muere. Hay que perder el pudor para aprovechar las excesivas horas de sol y el calor avasallante de sus coordenadas; mejor quitarse la playera para ejercitarse en los gimnasios al aire libre o, de plano, dejarse el bikini para tomar bronceado sobre los pastos del parque del Buen Retiro, al cabo que en Madrid, durante el verano, las faldas cortas son la regla y las miradas lascivas han terminado por aburrirse con tal exceso.
Sí, todavía existe una familia real que posee grandes y lujosos palacios y que es querida por el pueblo; pero la vida diaria no da tregua para la altanería ni para quedarse viendo cómo se agita fervientemente la ciudad frente a uno. Por el contrario, Madrid está hecha para abusar de ella; aunque abre sus piernas sólo para los curiosos, para quienes lo quieren todo sin reservas. Está llena de trenes, autobuses y taxis de lujo; las bicicletas y las motos pueden aparcarse en casi cualquier esquina y, lo mejor de todo, el peatón tiene preferencia por sobre los demás para atravesar las callejuelas más estrechas, pero también para cruzar la ancha extensión de la Gran Vía.
Al principio, da pavor apoderarse del paso de peatones indicado con azul sobre el pavimento, pero son los mismos automovilistas quienes se detienen cuando le ven a uno parado sobre la acera. Y es tan sencillo acostumbrarse a esta cultura vial que luego no hay quien siquiera se fije en los autos que circulan. “¡Cuidado, que soy peatón y voy a cruzar la calle!”. Y, por increíble que parezca, los coches frenan sin ningún reproche.
Incluso entre peatones, la circulación fluye maravillosamente. En el metro, por ejemplo, la gente se orilla a la derecha en los pasillos y las escaleras eléctricas si no le comen las prisas, ya que la izquierda queda libre para darle paso a los apresurados. ¡Bueno, funciona tan eficientemente como su futbol!
Todo este mecanismo perfecto tiene su máximo esplendor en la plaza del Sol, desde la cual se desprenden una serie de vías peatonales, como rayos del Astro Rey, donde se aloja la vida comercial más importante de los madrileños. Los escaparates se mezclan entre moda, calzado, tabaquerías y recuerditos españoles, además de la pintoresca presencia de los vendedores ambulantes: inmigrantes africanos ilegales que ofrecen artículos de imitación, como bolsos femeninos y gafas de sol. Aquí también, como ocurre en México, deben recoger sus puestos frente a los ojos de la policía, que no hace más que pasar de largo. El comercio informal es un respiro para los países con altas tasas de desempleo en todo el mundo.
Ya por la tarde —a las ocho o nueve, cuando el sol todavía está bien presente sobre Madrid—, después de haber agotado el fervor de la metrópolis, llega el tiempo de invadir los cientos de bares esparcidos por toda la ciudad, junto a los amigos, para tapear con ellos. Se bebe caña, vino o tinto de verano, acompañados de exquisitas porciones de guisados o botanas para no perder la cordura con los tragos. Las famosas tapas.
Si uno sale del bar lo suficientemente tarde y, además, le coge una marcha de mineros que no termina de pasar después de 30 minutos, no debe preocuparle el transporte para regresar a casa, pues el último tren de cada base parte a la 1:30 de la madrugada. O, si se prefiere, la caminata nocturna es perfectamente segura y acogedora, y se puede disfrutar de la estética iluminación de sus fuentes y palacios. No tiene la misma mística apreciar la Cibeles montada en su carruaje con el sol aplanando sus formas que con la luz de la noche, cuya sutileza estiliza cada curva con sus sombras.
Tanto esplendor, por supuesto, hace olvidar, o mejor dicho, disfrutar del aroma ácido del aire madrileño, que no es otro que el desprendido por la efervescencia de su gente, de su verano, de su Sol, de su diversidad, de su vanguardia y, sobre todo, de su entusiasmo. Madrid no espera ser como otra, porque todas viven en ella bajo el resguardo de la osa y el madroño.

Vuelo

Llevo cerca de seis horas montado en un avión de la línea Iberia, que me hace flotar 13 kilómetros por sobre el Océano Atlántico y que me ha alejado más que nunca de mi hogar y de mi patria. Mi destino es el hogar de castellanos, catalanes y vascos, lo que podría parecer emocionante para alguien como yo, que hoy se inaugura como turista global, siendo que todos sus viajes precedentes habían sido dentro de sus propias fronteras. Sin embargo, puedo distinguir claramente una angustia a bordo. A bordo de mí, por supuesto, ya que el gran resto de los pasajeros agota las diez horas estimadas de este vuelo entre sueños, sudokus y consolas portátiles de videojuego.
Esta angustia, al parecer, me pertenece sólo a mí. Debo admitir que experimenté un ligero sobresalto cuando leí aquella nota del diario El País —que una sobrecargo me obsequió amablemente unos minutos después del despegue, a la voz de: “¿Quiere prensa española?”, y que hasta ahora ha sido mi principal entretenimiento— en donde afirman que antiguos combatientes de las fuerzas del caído ex dirigente libio Muamar Gadafi, tienen en su poder armamento ruso para derribar aviones comerciales y que la Unión Europea ha reconocido su incapacidad para rastrear y decomisar dicha artillería. Estoy consciente de la larga distancia entre el Atlántico y el desierto árabe, pero la paranoia de sobrevolar tierras desconocidas siempre le inquieta a uno. Pero éste conflicto internacional no es mi tormento personal.
Me incomoda, más bien, haber dejado mi país en el momento crítico y turbulento por el cual atraviesa, en medio de constantes movimientos y tomas callejeras, de los que, evidentemente, había sido convencido y animado partícipe hasta antes de mi partida. Me preocupa saber que hay cientos de miles de compatriotas luchando por conseguir, de una vez por todas, cambiar nuestro destino hacia un lugar feliz, y que yo no pueda acompañarles, seguro como estoy de que es éste, y no otro, el momento para lograrlo. Aunque me consuela la seguridad de que, sin saberlo ellos, mi corazón estará ahí, a su lado. Y mis fuerzas y mis esperanzas.
Ahora, poco a poco, nos hemos adentrado en el desconcierto de la oscuridad. De haber visto el espectáculo hermoso de una cama casi negra de nubes densas bajo nosotros y, en el horizonte, la delgada línea roja de la puesta de sol separándolas discretamente del vivo azul rey del cielo omnipresente, ya sólo nos queda la nada al exterior. Así, a ciegas, ¡desesperadamente a ciegas!, depositaré mi alma entre la lucha de mi tierra. Mientras tanto, prestaré atención a lo largo de mi visita al viejo continente, con la intención de averiguar en qué nos parecemos y por qué es que el mundo ha caído en esta depresión económicamente deshumanizada. Quizá ahí esté el problema y, por ende, la solución.